“Ayyy… ¡Los burros y los motores!”

HERMINIO ALBERTI LEÓN

“¡Uépale!… ¡Los tiempos han cambiado radicalmente y, con él, el transporte!” –así se expresa Pigli admirando cómo muchísimos motores le pasan a él, a Kutico y a Herminio casi rozándole el vehículo, mientras se aventuran en las montañas más altas del país-… Sin que ambos se den cuenta, mientras entraban sus maletas y equipos en el baúl del transporte que les llevaría en una aventura fotográfica sin límites, Píndaro se escurrió en el asiento trasero y se escondió hasta levantar su cabeza ya en carretera profunda… Poco a poco la fue sacando mientras les daba el susto del siglo… “¡Anjá!.. ¡Los sorprendí!… Si ustedes creían que vendrían sin mi se equivocan!”-exclamó-… Con una química envidiable, ahora son cuatro los que ríen a mandíbula batiente, mientras miran libremente a ambos lados de la carretera… Palmeras… Matas de cana… Sembrados de cajuiles… Plantíos de café orgánico… Un mundo increíble ante sus ojos!…
A medidas que ascienden una de las empinadas lomas, sus ojos se van abriendo de par en par, extasiados con la facilidad con que los campesinos tradicionales y una pléyade de jóvenes se trasladan a toda máquina en cualquier tipo de motocicleta… “¡Aquí sólo falta el Poeta de la Motocicleta para completar el escenario!” –exclama Píndaro-…
Herminio, quien con mucho cuidado está conduciendo, mira de reojo su medidor de velocidad y se asombra que mientras él mantiene una trayectoria de 25 kilómetros por hora, los amantes de la velocidad en la estrecha carretera superan los 65 kilómetros por hora… “¡Que destreza!”, -grita Pigli, mientras Kutico no se cansa de mirar ambos lados…
Luego de una hora y media ascendiendo, los cuatro deciden tomar en airecito y Herminio no pierde el tiempo y se orilla –que así se dice al estacionarse en pleno campo-… Luego de desmontarse, no vacilan en entrar en un colmadito que, para sorpresa de ellos, luce impecablemente limpio y pintadito… El joven dependiente los mira asombrado, pues no es muy frecuente ver por esos predios un vehículo de ese tamaño ni un grupo de extraños ‘camuflajeados’… ¡Por favor, nos da un refresco a cada uno! –se adelanta Píndaro-… A lo que Pigli exclama: “¡Noooo… Por favor, dame a mi una malta con dos ruedas de salchichón y un pan de esos que tienes colgados del clavo… A los otros les das lo mismo, aunque ellos no quieran!”… Es Kutico que inicia un conversao con quien les atiende… “¿Y cómo es que por aquí en esta loma en medio de la nada hay tantos motores y a altas velocidades?”… La respuesta no se hace esperar: “Es que ya no tenemos los burros que nuestros padres solían usar para cargar de todo y para ir de un sitio a otro… Gracias a los motores, hoy llegamos más rápido a cada rincón y podemos bajar y subir estas inclinadas lomas sin problemas… Es, más, cuando bajamos al arroyo o nos vamos más lejos hasta el río, el motor es una chulería pues nos montamos mojados en él y, mientras volamos hasta casa nos vamos secando… ¡Eso no lo podíamos hacer con los burros!” –exclama con satisfacción-.
Herminio, que ha permanecido observando el desarrollo de la conversación mientras ‘devora’ su salchichón con pan, mete la cuchara y cuestiona: “¿Y qué han hecho con los burros?”… Una respuesta jocosa del jovencito no se hace esperar: “¡Se los hemos enviado a ustedes los que viven en eso que llaman ‘ciudades’ pero que para nosotros no es más que una selva!”… Y agrega: “Tengo una tía que el otro día vino de Nueva Yol y, para darle ‘un welcom’ como se merece, bajamos todos en familia hasta donde se tiran los pájaros esos que vuelan más alto que el caray… Así como ustedes están chocados con to’etos motores, así nos espantamos nosotros con muchísima gente más burra que nuestros desaparecidos burros tratando de cruzarse las luces rojas… cruzándose frente a nosotros… y con unos canastos adelante cargando muchísima comida y botellas de agua”… “A esos les llamamos ‘deliveries’ –le refiere Pigli-… “Lo que sea –responde el dependiente-… Pero nosotros aquí nos cuidamos y respetamos el paso del otro y, lo que más nos importa, nos saludamos aunque no nos conozcamos… ¡Por aquí todos somos familia sin serlo, pues sabemos la historia de todos!”.
Los cuatro aventureros se miran asombrados de la claridad con que ese joven campesino se expresa y, sin pensarlo dos veces, proceden a saldar su cuenta… Con gran satisfacción con quien les atendió, se despiden con un “¡Nos vemos!… ¡Gracias!… y, al montarse de nuevo en el vehículo, Píndaro es el primero en abrir su boca al exclamar: “Da pena que los motores y motoristas en nuestras montañas se comporten más civilizadamente que ‘los burros’ que manejan en muchas de las calles en nuestras ciudades… ¡Algo tienen que hacer nuestras autoridades… si es que se sienten como tal!”.


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