¿Les digo Algo?

La conocí cuando era Annie de Borbón y estrenaba su radiante juventud como esposa enamorada, cristiana practicante y maestra deseosa de enseñar inglés a niñas y niños de la escuela Central Romana, en la Costa Sur de ese centro industrial.
Entonces yo era una preadolescente a la que fascinó la humanidad fresca y bondadosa de Annie, quien ocupó un espacio definitivo en mi corazón al constituirse en una de las personas que influyeron en mi formación y en un paradigma que me inspiraría durante mi vida.
Annie Tholenaar se retiró a descansar el sábado 5 de mayo. Nos sorprendió su ida, pese a las intervenciones quirúrgicas, los problemas de las piernas y el asma. La seguridad con que hablaba de esas dolencias, hacía creer que podría solventarlas por más tiempo.
Desde ese sábado a estos días, mis recuerdos me muestran a Annie como la veíamos la muchachada de la parroquia Cristo Rey de La Romana, fundada por el padre Sebastián Cavalotto en el barrio Savica, en unos terrenos donados por el Central Romana.
Cavalotto era un gran trabajador social. En su propósito de cambiar las condiciones de pobreza de las familias que constituían la parroquia que le había asignado la Iglesia católica, identificaba personas bien formadas y las comprometía con los proyectos que consideraba necesarios en la promoción humana, social y espiritual de la feligresía que dirigía.
Descubrió a Annie y a Jaime Borbón por un amigo que le contó que tenían la disposición especial e interés de jóvenes cristianos, de participar en actividades que les permitieran ejercer su fe también en la práctica.
Así llegaron los dos a tocar las vidas de una numerosa muchachada de hembras y varones de 10, 12, 13, 14 y 15 años, que disfrutaron de sus enseñanzas en los conversatorios que se hacían en la iglesia al final de las misas, en talleres y charlas organizados en la parroquia, actividades que permitían relacionarse en instructivas experiencias de solidaridad y convivencia, entre personas de distintos estratos sociales y económicos.
He visto a Annie montada en su “bicicleta de hembra”, color verde limón. Tenía un canasto en el timón donde ponía los libros y las anotaciones de las charlas que daba a la muchachada, con quien reía alegremente y hacía alguna picardía graciosa o un chiste para atraer el interés y la atención de la audiencia inquieta de los jóvenes.
En esos años: 1968-1969, llegó al pueblo de La Romana, el padre Ramón de la Rosa y Carpio, hoy arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Santiago de los Caballeros, para ayudar a Cavalotto, coincidiendo con Annie, Jaime y otros jóvenes como Alba Brea, Dinorah Rovira, Willie, Elizabeth y José Antonio Rodríguez, entre otros que se dedicaron a formar y orientar con buenos valores a la muchachada de Cristo Rey y a los jóvenes de la iglesia Santa Rosa. Fue un hermoso movimiento de la Pastoral Social Católica que consolidó la formación y educación de la juventud de esa época.
Desde entonces, y quizás desde antes de nosotros conocerla, Annie había empezado a tocar las vidas de las personas con su amor, bondad y comprensión, recibiendo a cambió el amor y la admiración de quienes jamás dejaremos de emularla y desear su paz y descanso eterno.