Adiós, Ayuso

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Fue a comienzos de la década de 1970 cuando conocimos personalmente a Juan José Ayuso, en Pimentel, en un inolvidable acto de la sociedad cultural Amidverza, en que se rendía homenaje al periodista y poeta Freddy Gatón Arce. La institución cultural la encabezaban Manuel Mora Serrano, Francisco Nolasco Cordero y otros destacados escritores nacidos en el municipio nordestano. En la ocasión, escuchamos en la propia voz del entonces director de El Nacional, la lectura de su gran poema, “Además, son”:
“Además, son muchos los humildes de mi pueblo./Yo escribí sus nombres sobre los muros, pero no los recuerdo./Yo rescaté su corazón de la carcoma y del olvido,/ pero no sé dónde/ quedó la sangre coagulada,/ ni vino familiar alguno/ a limpiar la mancha que había sobre el tapiz de la noche.” (Fragmento).
Juan José y Mora Serrano laboraban en el periódico El Sol, fundado en Santiago de los Caballeros, el 26 de enero de 1971. Ayuso era su editorialista y columnista, mientras Manolito Mora, articulista, y para entonces empezaba a narrar sus andanzas por los caminos de la República orientando y descubriendo jóvenes escritores. Fue en ese tiempo cuando nos presentó a Cayo Claudio Espinal, a Pedro Pompeyo Rosario y a mí, entre otros, en las páginas de ese matutino. Yo le había expresado a Manolito mi interés de conocer al autor de “Bienaventurados los cimarrones”. Allí empecé a tratar, también, a Bruno Rosario Candelier.
Desde entonces, desarrollamos una intensa relación de amistad e intercambios: ya epistolar, ya visitándolo en el periódico; luego viajó a Bonao, varias veces, donde éramos parte de la Asociación de Estudiantes Universitarios del municipio (ASESUBO): en la Semana de la Cultura y en otras fechas participó con conferencias y lecturas de poemas. Allí, llegó a leer su Bienaventurados los cimarrones y otros textos, tenía además, como anfitrión a su compadre Mayobanex Vargas, el héroe nacional ya fallecido.
Tras mayor proyección e impacto, el periódico El Sol fue trasladado a la Capital. Ayuso era el ejecutivo principal, luego del doctor Canó, primero se instaló en la calle Mercedes esquina Palo Hincado, y luego en el kilómetro seis y medio de la avenida Independencia. Mi primer empleo en Santo Domingo, como estudiante universitario, fue en ese diario: me ocupaba de recibir y corregir los cables de las noticias internacionales.
Compartí con Ayuso, en el periódico, los complejos, intensos y delicados momentos de la expedición de Francis Caamaño y sus compañeros de Playa Caracoles. Recuerdo que una noche lo acompañé a un encuentro-cena con Gregorio García Castro, en una casa que visitaba Goyito en el sector de Honduras. Pocas semanas después, el jefe de redacción y columnista del vespertino Última Hora fue asesinado en la calle 19 de Marzo con Mercedes.
Luego de visitar, por primera vez, nuestro hogar en Bonao, y compartir con nuestra familia, publicó en su columna de El Nacional (2 de octubre de 1975) un artículo dedicado a nuestro padre, del que copiamos un fragmento:
“Don Manuel Antonio (Núñez Bourdier) comprende a sus hijos.
Y comprende estos tiempos.
Es un padre envidiable.
Uno de sus hijos tiene vocación para las letras.
El padre comprendió.
Otro tiene vocación para la economía.
El padre comprendió.
Otro dijo que quería ser pintor. El padre comprendió.
Capacidad de comprender es lo que le sobra a este empresario de Bonao.
Capacidad humana de comprensión”.
La generación de Ayuso se lanzó a las calles en 1965 para restaurar la Constitución de Abril de 1963 y reponer al Presidente derrocado, Juan Bosch; tomó el fusil, o el micrófono, la pluma y la tinta, la espada y los colores en los pinceles de sus pintores, para testimoniar las huellas de la heroicidad y de la ira; una vez más, la honda de David contra Goliat, cuando se presentaron en nuestras costas el portaviones Bóxer y la 82a. División Aerotransportada de los Estados Unidos. Abril 1965 marcó esa década y también al siglo XX dominicano y latinoamericano. Probablemente ello llevó a Ayuso hacer otros significativos aportes: la última etapa de su vida la dedicó a la investigación histórica.
Termino haciendo míos los juicios de Luis Schéker sobre Ayuso:”… nunca dejó de luchar con su pluma, sus poemas y su estilo propio de decir las cosas por su nombre, sin claudicaciones. Nunca dejó de ser el hombre sencillo y honesto que practicaba las virtudes del hombre justo; sus obligaciones como padre y esposo ejemplar, protector de su hogar y de su honra.”


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