Adiós Pedro de la Cruz

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11_01_2017 HOY_MIERCOLES_110117_ ¡Vivir!4 C

Voy a tener una década editando a Tinmarín y en ese tiempo solo he reseñado un aniversario de bodas, los 69 años de Pedro de la Cruz y Lourdes Suero, hizo tres años.
Lo hice porque este matrimonio era un referente de amor para nuestra gente menuda y él era fanático con la revista, la leía y comentaba con entusiasmo y cuando ya por sus achaques no podía hacerlo sus hijas tenían que leérsela. La última vez que me habló de la publicación fue para felicitarme por una edición dedicada a los abuelos.
Todo el que lo conoció sintió una gran admiración por don Pedro, oriundo de Tamayo, donde dejó una estela de hombre de hogar, de trabajo y de cristiano militante comprometido con su comunidad. En otras palabras, fue líder; emigró a Santo Domingo buscando que su numerosa familia tuviera la oportunidad de capacitarse y desarrollarse profesionalmente.
Siempre admiré la unidad que hay en la familia y es por lo valores que le inculcaron tanto don Pedro como doña Lourdes.
Recién comenzando la mañana del 31 de diciembre don Pedro partió: “él estaba preparado y nos estaba preparando a nosotros, pero ver este momento es difícil” –me dijo su nieta Johanna Patricia.
Efectivamente, va a ser extrañado por todos esos detalles que tenía con cada uno: a su esposa todavía, con sus 97 años de edad, le dedicaba versos, como el que encontraron en los bolsillos de su silla de ruedas después de fallecido, que empieza así: “La riqueza que me has dado es inmensa/por esto estoy encadenado a ti, Lourdes Lorenza…
Le decía a cada uno de sus nietos que era especial y así ellos lo sentían. Cristina, residente en Estados Unidos, envió un conmovedor mensaje, del que, entre otras cosas, se lee: “Papá, la labor que tú hiciste con nosotros es incambiable, somos bondadosos aunque no queramos porque lo hiciste en nuestra naturaleza”.
Yo, que me sentía querida por él, lo despido tomando prestadas las palabras de su nieta Johanna Patricia: “Lo más bello, lo más bueno, lo más hermoso… y así era él. Demasiado especial como para describir, demasiado amor para ser contenido, llenaba los recovecos vacíos de cualquier persona”. Gracias don Pedro.


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