Afianzar nuestra institucionalidad

Nuestra sociedad espera, ansiosa, un acto de sobriedad que nos ponga en la ruta del afianzamiento de instituciones clave para la equidad en el ejercicio de los poderes, una condición que solo es posible cuando hombres, instituciones y reglas se alinean para la mejor administración y garantía de los derechos individuales y sociales. Esta vez estamos pendientes de que el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) escoja a hombres y mujeres libres de pasiones para las altas cortes y el Tribunal Superior Electoral.
Más que una aspiración, lo que la sociedad percibe es la necesidad inaplazable de construir una Justicia idónea, creíble y garante de los derechos, cuyas decisiones, ajenas a mandatos de poderes fácticos, tengan el peso de la pureza. Eso solo es posible si se lleva a las cortes a personas libres de lastre partidista, moral y profesionalmente confiables, probas y capaces de mantener la frente en alto. La Conferencia del Episcopado Dominicano se pronuncia hoy sobre esta necesidad.
En cuanto al Tribunal Superior Electoral, las experiencias aconsejan que evitemos repetir los entuertos que han hecho del ejercicio contencioso electoral un adefesio lamentable. Ese organismo tiene que ser absolutamente confiable para todos los partidos políticos. El CNM tiene ante sí una grave responsabilidad, y más vale que la cumpla.

Venezuela, de mal en peor

En Venezuela, el insulto a la institucionalidad y la violación de los derechos humanos toma ribetes cada vez más escandalosos y preocupantes. Desde la muerte y encarcerlamiento de opositores hasta las agresiones ejercidas por fuerzas de choque del grupo en el poder contra congresistas y desde la amenaza de suplantar el Parlamento hasta el irrespeto de la autoridad de la fiscal general, Luisa Ortega, han convertido a la nación suramericana en víctima de una férrea dictadura, que emula los métodos de Trujillo, Duvalier y otros tiranos.
La familia interamericana debe activar todos los mecanismos posibles pata lograr ponerle fin a esta penosa e indignante situación. Los sufrimientos de la familia venezolana desbordan el marco de lo tolerable, en tiempos en que tanto se insiste en la vigencia de los derechos humanos. Algo hay que hacer.


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