Afilando cuchillo para nuestras propias gargantas

Millizen Uribe

Me pongo en el lugar de las víctimas de Rubén Dario Hipolité (el oficial Augusto Alberto Lizardo González y su hijo de cinco años), así como en el de sus familiares, y me es fácil entender el dolor y la indignación ante el ultraje. Pero, ni siquiera así puede dejar de preocuparme las circunstancias en que su agresor perdió la vida o se la arrebataron.
En las primeras versiones, la Policía Nacional señala que Hipolité, conocido también como “Moreno 27”, murió en un intercambio de disparos, pero videos y testimonios de personas que estaban en el lugar del hecho, el residencial Carmen Renata III, contradicen la versión oficial y señalan que se trató de una ejecución.
Si fue cierto, no sería la primera vez. Investigaciones de entidades como el antiguo Centro Bonó (hoy Centro Montalvo) y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, cuestionan seriamente muchos de estos llamados intercambios de disparos y aseguran en ocasiones se tratan de ejecuciones policiales disfrazadas, y si consideramos que anualmente mueren 250 personas bajo esta modalidad, de acuerdo a datos de la Procuraduría General, concluiremos que la situación es grave.
Por eso, independientemente de la indignación y el dolor que sentimos cuando la delincuencia común golpea a alguien, no podemos caer en el error de justificar los exabruptos y excesos que constituyan violaciones de derechos humanos. Hacer esto, en un país con una institucionalidad tan endeble, sería afilar cuchillos para nuestras propias gargantas, porque el día que un amigo, un familiar, un vecino o uno mismo “caiga en desgracia” con el poder de turno, pueden recurrir al falso argumento de “intercambios de disparos” para “salir de uno”.
De modo que la solución a la decepción por un Estado que, en la mayoría de cosas, no es Democrático ni Social ni de Derecho nada, como reza en nuestra Constitución, no es justificar que agentes ejecuten delincuentes porque “¡Total! Si lo dejan vivos y caen presos la misma Policía o la Justicia los liberarán y volverán a hacer lo mismo”… el asunto es más complejo de ahí e implica accionar para mejorar la institucionalidad de esta República, para tener una justicia que funcione y una Policía Nacional que no reprima a la ciudadanía, sino que le garantice sus derechos.
Porque fíjense como estos exabruptos sólo se cometen con los delincuentes hijos de Machepa y del Pollero. A la delincuencia de cuello blanco, la de los tutumpotes, que proporcionalmente es más dañina, los oficiales la tratan con guantes de seda y el único exceso en su contra gira en torno al garantismo e impunidad, así que…¡No seamos pendejos!