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Ahora resulta que el malo soy yo

Una persona conocida contaba con tristeza lo que le había ocurrido. Se trataba de un empleado suyo que tiene una hija casada, cuyo esposo, en medio de una fiesta, recibió una llamada y le dijo a ella que tenía que salir urgentemente. Pero la esposa, probablemente bajo las influencias del alcohol, o sospechando algo, lo siguió acompañada de dos amigas, y al encontrarlo con una supuesta novia o amante, le propinó a la joven varias heridas, delante de su esposo, razón por la cual se la llevaron detenida.
Para arreglar el problema, el empleado le estaba solicitando urgentemente 120,000 pesos, suma que le habían pedido, según él, entre miembros de organismos de seguridad y allegados a la fiscalía de la jurisdicción correspondiente, a fin de no enviarla a la cárcel.
Quien contaba lo sucedido le dijo que él no tenía esa suma, pero además, que lo que le estaba solicitando no era correcto ni mucho menos ético. Que eso era un soborno y un acto de corrupción. Pero el empleado le increpó de manera enérgica diciéndole, que cómo era posible que se portara de manera tan mezquina, cuando todos los demás lo querían ayudar. Que si no le conseguía ese dinero tendría que vender unos cerdos y que lo llevarían a la ruina. Que él sería el culpable de que su hija fuera a la cárcel y de su desgracia.
Al pasar los días, me encontré nuevamente con ese conocido y le pregunté, cómo había terminado el asunto. El contestó que definitivamente no se involucró en ese problema por considerarlo al margen de la ley. Pero que el empleado le contó que había vendido dos cerdas preñadas, que había levantado unos pesos más, y que le hicieron una rebajita, con lo que logró solucionarlo. Que el dinero se lo repartieron y hasta a la propia herida le toco algo para no presentar querella.
Entonces dijo que se sentía sumamente mal, porque para todos los conocidos y relacionados con el trabajador y su hija, él había sido malo, mezquino e indolente al no ayudarlo a resolver ese asunto.
Usted se imagina lo que es esto, me expresó: Ahora resulta que el malo soy yo. Al parecer de ellos, los que apuñalearon, sobornaron y chantajearon fueron los buenos, y yo el malo. Malo porque no quise hacer lo incorrecto. La sociedad anda mal, a la gente no hay quien la entienda, decía.
Ante lo expuesto por ese conocido, no queda otra alternativa que lamentar esta triste realidad que vive nuestra sociedad. Pues la corrupción, que por esencia es mala, sin embargo, para muchos, cuando por cualquier vía o método los beneficia, la consideran una práctica buena porque los ayuda a resolver sus problemas.
Al iniciarse esta semana el período de Adviento y Navidad, sería prudente que todos pensemos en ese fenómeno tan particular que vivimos y que toca tantas áreas y sectores. Porque la corrupción tiene tantas caras o aristas, que es capaz de confundir a los buenos con los malos.