Aimé Painé: la princesa mapuche

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Tengo una auténtica curiosidad por el destino de las mujeres indias que sufrieron la guerra contra el indio y la excursión del general Roca mal llamada “La conquista del desierto”. Auténtico genocidio de las etnias araucanas, mapuches, tehuelches y voroganos.
La bibliografía es extensa, cubre la campaña militar, la vida en los fortines, desde una óptica racista y de prejuicio contra el indio. Las mujeres son las grandes ausentes. Cautivas o indias son invisibles, apenas están contabilizadas algunas veces y solo como moneda de intercambio, una cabeza de ganado, aguardiente, unas espuelas o una blusa de Crimea.
No sé qué resonancias ancestrales me conmueven, así que cuando visité Buenos Aires, después de 30 años, en 2011, le pedí a mi hijo Juan que me acompañara a la Recoleta, a indagar en los archivos que tiene la basílica de la Virgen del Pilar porque era el lugar de concentración de “indios infieles y cautivos”.
Ahí fui bautizada el 5 de marzo de 1948. En esa misma iglesia se bautizaba a los cautivos que después eran repartidos como sirvientes domésticos, obreros, peones o sirvientas de las familias adineradas.
En un muro de la basílica, grabado en la piedra está escrito lo siguiente: “Recoleta 1868. Hospital de sangre. Este histórico edificio fue el convento de habitación de los ilustres frailes recoletos. Autorizado por Real Cédula de S. M Felipe V, el 28 de junio de 1756. Inaugurado en 1732 y regenteado por los recoletos hasta 1822 sosteniendo una escuela y un hospicio. Sirvió de hospital de sangre en 1806, de cuartel, de – prisión de inmigrantes- de lazareto y de alojamiento para indios infieles y para cautivos. Desde 1822 sus terrenos han sido convertidos en cementerio público. Durante el sitio de 1853 este edificio fue ocupado por las tropas confederadas. Desde 1858 hasta el presente sirve de asilo de ancianos”.
Ese: “indios infieles y cautivos” me trajo a la memoria la historia de una argentina, nieta de un cacique mapuche que es llevada muy chiquita a un orfanato en Mar del Plata. Le ponen un nombre cristiano y es a través del canto y de esa resonancia atávica que ella descubre su origen y lo que es más importante, lo celebra y lo honra.
Aimé Painé nació en Ingeniero Luis Huergo en la provincia de Río Negro, el 23 de agosto de 1943. Era nieta de un gran cacique mapuche, el lonco Painé.
La periodista y docente Cristina Raffanelli después de veinte años de investigación escribió el libro titulado “Aimé Painé, la voz del pueblo mapuche” (Biblos, 2011) donde recogió testimonios y rastreó fuentes. Conoció a Aimé Painé a fines de 1979 y dijo que “su canto era una excusa para difundir la cultura del pueblo mapuche”.
Tenía una magia especial, carisma y un aire de princesa que conquistaba a todos los que la conocían. En plena dictadura militar fue invitada a un almuerzo de Mirtha Legrand.
Se presentó vestida a la usanza de las mujeres antiguas de su comunidad, con vestido de telar, con toda la platería, empezó a hablar, a contar de las abuelas, de los cantos y del respeto y el honor de una estirpe. En esa época con Pinochet en Chile, y la Junta Militar en Argentina era muy común que los mapuches , tanto los de origen argentino como chileno, ocultaran sus raíces por temor a la discriminación.
Lo extraordinario de esta mujer es que no grabó ningún disco pero recorrió el país, el mundo y se hizo oír. Puso al pueblo mapuche al alcance de todos. No solo cantaba sino que explicaba su cultura en los recitales, explicaba a las abuelas y a los ancianos de la comunidad y sus conciertos terminaban siendo clases de antropología.
Para ella, las abuelas representaban las cosas más admirables del pueblo mapuche. La sociedad actual margina a los ancianos, mete en geriátricos a sus padres y trata mal a la gente grande, pero para el pueblo mapuche las abuelas son las depositarias de la sabiduría de la comunidad. La mapuche es una cultura oral y son las abuelas las que la guardan en su memoria.
Fue marcada por el abandono de su madre. Hija de tehuelches, abandonó a su esposo mapuche y a toda su descendencia. A los tres años fue separada de su comunidad porque el padre, solo y necesitado de trabajar, no podía hacerse cargo de tantos hijos. Fue enviada a un orfanato-colegio de monjas en Mar del Plata.
El abogado y autor teatral Héctor Llan de Rosos y su esposa visitaron el orfanato para adoptar una niña. Les presentaron niñas blancas y rubias pero el matrimonio quedó prendado de una voz que llegaba del pasillo. Era el canto de una chiquilla de siete años que tenía el nombre cristiano de Olga Elisa.
“Fue una niña educada en lo mejor de lo mejor”, cuenta la profesora Rafanelli. “Una princesa, criada en el lujo. Empezó a investigar, a leer y terminados sus estudios en Mar del Plata, se mudó a Buenos Aires, sola. Se recibió de experta en belleza y peinados, tejió y pintó, y cantó durante muchos años en el Coro Polifónico Nacional.
“Cuando muchos años más tarde escuché cantar a las abuelas mapuches ahí me di cuenta de por qué me había gustado tanto el canto gregoriano”.
Aimé contaba que esperaba con gran impaciencia las fiestas de Semana Santa y Corpus Cristi porque era la época de interpretar los Cantos gregorianos que las religiosas le enseñaban. De niña se dio cuenta que esos tonos y esos cantos eran muy parecidos al Taiel, tonada mapuche que una de las muchas abuelas paisanas, la abuela Domitila interpretaba en lengua mapuche.
“El Taiel es una palabra mapuche que significa el canto sagrado que canta el o la machi, con el que expresa sus sentimientos, incita a la unión del individuo con el universo que lo rodea y con las generaciones pasadas y futuras. Cada estirpe familiar cuenta con su Taiel y este canto es de carácter totémico y es pasado por línea femenina. Es casi gutural, de un carácter marcadamente ancestral y es entonado en las ceremonias sagradas. Cada familia tiene un tótem denominado kempeñ y este a su vez tiene una canción particular dedicada, que es la que entonan las mujeres encargadas del canto sagrado en el ngillatún. La elección de los taiel que han de cantarse, la realiza la tamborera u otra anciana especialmente elegida por su edad o sus conocimientos”.
Era como si la memoria ancestral de los suyos resonara en su garganta y el canto gregoriano le recordara la memoria de las abuelas que le cantaban en sueños esa otra vida que tenía que armar como un rompecabezas.
Fue una mujer mapuche, instruida y combativa que recorrió medio continente con su canto e investigaciones antropológicas, viajó a Ginebra para participar en sesiones de la Subcomisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y terminó dando entrevistas para la BBC de Londres.
A los 29 años, en 1973 ingresó al Coro Polifónico Nacional. Durante un Encuentro Internacional de Coros en Mar del Plata, donde cada país había preparado al menos una obra de música indígena o folklórica, el coro argentino era el único que no llevó canciones, sintió consternación y humillación de pertenecer a un país que niega sus raíces.
Fuerte en sus convicciones defendía y exigía respeto por el camaruco, la ceremonia sagrada de los mapuches, se opuso a que participaran blancos o que fuera utilizado turísticamente. “El blanco no nos respeta porque no nos conoce”.
“Creo que Aimé Painé hubiera terminado siendo una cantante étnica argentina, en el sentido más abarcador del término. Siempre decía que quería hermanar a todos los pueblos originarios; investigaba sus historias y era increíble cómo situaba geográficamente a cada pueblo, dónde estaban, qué hacían. Por eso es tan inmensamente valorada por los antropólogos”.
En septiembre de 1987 Painé murió a causa de una hemorragia cerebral en Asunción, Paraguay. “Yo no puedo trabajar con el detalle y la calma que me gustaría, porque las abuelas se mueren, simplemente. Y no hay muchos todavía que hagan lo que yo hago; y si yo me muero, ¿quién seguirá mi camino?”
Su biógrafa dijo que era amada porque toda una cultura, toda una raza que fue tan discriminada, tan vapuleada, tan maltratada, encontró a una persona que les habló de lo hermosos que eran y les devolvió su dignidad.
En una entrevista Aimé Painé dijo: “A mí me fastidia mucho escuchar que alguien dice que la cultura del mapuche es una cultura en extinción. Más allá de que sea cierto o no. ¡Qué rápidos somos a veces para decir que algo desapareció! Y qué lentos para preguntarnos por qué.
La tristeza del pueblo mapuche, mi tristeza, es parte de mi identidad… y de la identidad del país. Porque el país lo formamos todos. Los ricos y los pobres, los blancos y los indios. Aunque los blancos ricos, en general, se lo olviden.”
Santo Domingo, miércoles 25 de octubre 2017.


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