Al calor de “Agosto” un intenso drama familiar

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La excelente pieza teatral “Agosto”, del dramaturgo norteamericano Tracy Letts, ganadora del Premio Pulitzer 2007, fue presentada en la Sala Ravelo, por el productor Juancito Rodríguez, dirigida por Indiana Brito.
Es el caluroso mes de agosto en Oklahoma, lugar y tiempo escogido por Letts para ambientar su aguda obra, cuya trama se desarrolla en la morada de la familia Weston, a donde han sido convocados todos sus miembros, por la madre Violet Weston, tras la extraña desaparición del padre, Beverly Weston, un reconocido escritor. El calor del verano es una metáfora, comparable con las candentes y turbulentas relaciones personales de esta familia disfuncional.
A manera de introito, en la pequeña biblioteca, colocada en una esquina de la modesta casa, -apropiada recreación escenográfica de Fidel López- el padre Beverly Weston, presa de un estado depresivo, en un soliloquio profundo, reflexivo, expresa que ya no pertenece a este mundo, “donde ya no apetece vivir”, cita de uno de sus escritores favoritos, el poeta norteamericano, John Berryman. Pero no obstante su estado emocional, hay un resquicio para el humor, y refiriéndose a la inefable Violet Weston, en tono sarcástico dice: “mi mujer se atiborra de pastillas y yo bebo”; luego huye… desaparece. La corta intervención de este personaje, evocado siempre, reporta el primer protagonismo de la obra, el actor Richard Douglas, intenso y relajado a la vez, trasciende, por su magnífica actuación.
La figura central de este drama familiar es la matriarca Violet Weston, un personaje excepcional; madre agresiva, manipuladora y autoritaria, es víctima de una enfermedad, que combate con pastillas y a las que se hace adicta, veneno destructor que la llevará a un final irremediable. Pero además esta mujer de personalidad difícil, padece un mal afectivo de igual proporción: la soledad, producto de su incapacidad para comunicarse, no sabe dar amor y en consecuencia, no puede recibirlo.
Violet Weston, con su debida distancia, nos recuerda a Violet Venable, otra madre avasallante, protagonista de la obra “Súbitamente el último verano”, del autor norteamericano, Tenneseee Williams, y “el verano ardiente” es un referente más. Pero es imposible continuar, sin detenernos en la figura que encarna a Violet Weston: Elvira Taveras, y es que la intensidad de su actuación nos arropa, nos conmueve su histrionismo decantado en el accionar torpe, propio de su condición y la voz consecuentemente alterada, con diferentes matices. Sin duda esta es una de sus grandes interpretaciones, que se adiciona a su exitosa carrera teatral.
Durante el encuentro con sus tres hijas: Bárbara, Karen e Ivy, salen a relucir los secretos, miserias y la relación conflictiva de celos, entre las hermanas, inicia una especie de juego macabro familiar. Bárbara, la preferida del padre, es interpretada por Ruth Emeterio, actriz orgánica de gran potencial dramático, de hermosa y modulada voz, no obstante, en momentos de introspección, sus palabras no son audibles. El esposo de Bárbara, Bill Fordham, del que se encuentra separada, tiene un intérprete de valía, Santiago Alonzo. Bárbara, además tiene una relación conflictiva con su hija, Jean Fordham, joven de quince años adicta al cigarrillo; una talentosa joven, Johanna González, encarna este personaje.
Karen Weston, inestable e ingenua, aunque ha tenido muchas parejas, sueña con casarse, el escogido es Steve, quien también guarda su secreto; estos personajes tienen excelentes intérpretes: María Angélica Ureña y Bryan Payano.
Ivy Weston, es la hermana sometida, ha permanecido sin abandonar el nido, quiere volar, y establece relación con su supuesto primo Charlie Aiken. Entre estos dos personajes hay comunicación, él inseguro, ella sumisa, propician los pocos momentos tiernos, afectuosos, pero sólo hasta conocer su verdadero parentesco. Pamela Herdiz y Anderson Mercedes logran una gran empatía, trascienden la candidez de la pareja.
En apariencia ligero, el personaje de Mattie Fae, hermana de Violet Weston, es interpretado por Yanela Hernández, desbordante de picardía y con voz altisonante, distiende la atmósfera. Una presencia discontinua se deja sentir, es Johanna, la criada, que sólo por necesidad soporta a la insoportable señora Weston. Digna de destacar es la atinada discreción, con la que la joven actriz, Luvil González, asume este rol, en el que destaca además, la excelente proyección de su hermosa voz.
El desarrollo de la acción continuo, con dosis de suspense, ha mantenido al público atrapado, cada escena es un nuevo descubrimiento, y es que el texto demoledor de Tracy Letts, con giros constantes y diálogos cargados de humor negro, rompe todo convencionalismo. Sin embargo, todo ha sido una especie de obertura, un preámbulo que conduce al climax, justo en la escena donde los personajes convidados a una cena familiar, descubren sus secretos más íntimos y traumáticos.
Entonces conocemos a una Mattie Fae diferente, cargada de culpa, por su “affair” con el finado Beverly Weston, resentimiento que dirige injustamente a su propio hijo “Charlie”. Esta revelación provoca el caos, ya los primos, no lo son… Yanela Hernández se transforma, de la ligereza pasa a la más profunda dramatización. Violet Weston, en una y mil mutaciones, ha sabido disimular, siempre ha tenido conocimiento de todo. Elvira Taveras alcanza su momento cumbre. El final es conmovedor, la soledad acompaña a Violet en su último tránsito, una sola presencia, su criada. La iluminación diseñada por Ernesto López ha sido sustancial en cada escena.
La puesta en escena ha sido una labor artesanal, sus verdaderos protagonistas sin duda han sido los actores, pero hay una mano maestra que ha logrado sintonizar cada elemento, cada escena, impregnándola de un ritmo sostenido, logrando finalmente la coherencia escénica, la concretización y belleza del todo. Indiana Brito ha dirigido con inteligencia esta demandante obra, abriendo un camino tortuoso, el de la dirección, para el que se encuentra verdaderamente dotada. Una obra que no deben perderse los amantes del teatro.