Alain Dumbardon en sus mundos visuales

27_01_2018 27_01_2018 areito Areíto6

Césaire hizo posible que la palabra, como el trazo y la línea pertenezcan a la poética de la imagen, porque palabra y pintura son visión en una semántica de interpretación y sentimiento que se unen y logran provocar una emoción.
El conjunto de sus trabajos juegan con la luz del trópico, inesperada, cambiante y evolutiva en un corto récord de tiempo. La luz que ilumina las obras de Dumbardon, es una luz que surge con la espontaneidad más directa del sol y que se puede ocultar en un abrir y cerrar de ojos, en un instante amenazante, bajo los vientos y las lluvias. Si miramos de cerca cada fragmentación de sus telas, observamos que los matices de iluminación son los que determinan las sutilezas del color.
Es una obra que evoluciona y crece en el mismo lugar de su realidad visible. Estamos en su taller de los cerros de Martinica, con toda su hojarasca, con las piedras voluptuosas de sus ríos, y la intensa arboleda de una isla que ama sus montañas inquietantes habitadas por un volcán que se antoja en rugir inesperadamente y que dejó en las entrañas de las alturas una amenaza permanente…
Este artista recibió y cumplió con una formación académica de la Escuela Nacional de Bellas Artes, BeauxArts, de Francia. En sus procesos intelectuales de investigación y cuestionamientos se enfocó hacia una búsqueda propia hasta plantearse una identidad visual que respondiera con sinceridad y verdad a su propio mundo.
En este sentido, su obra pertenece a los movimientos y manifiestos que nacieron a partir de los años 80, imponiéndose una exigencia de autenticidad visual y plástica tanto en la forma como en el fondo, es decir, que llevara a la obra los elementos formales de un mundo propio y que a partir de esta apropiación fluyera una simbiosis, así como también, una comunión de elementos para lograr un expresionismo donde los símbolos pertenecen a una historia humana zambullida en los procesos de la colonización y de la descolonozación, y de la decolonidad para alcanzar una libertad visual que acompaña la liberación del modelo occidental para darle paso a su imaginario alimentado por el encuentro de todos los mundos, por no decir del “Todo mundo” de Glissant.
Aquí tocamos un punto fundamental que caracteriza con nobleza y sabiduría las sociedades francófonas del Caribe, por la relación permanente con la filosofía, la literatura, con los lenguajes visuales. Son sociedades artísticas que abrazan el pensamiento con las artes. Es imposible separar a Aimée Césaire de Wilfredo Lam, pues él mismo declaró que su obra “Cuaderno de un retorno al país natal”, era su “Jungla” de Lam.
El mismo Edouard Glissant vivió en una relación permanente con las artes, siendo amigo y defensor de las obras de Agustín Cárdenas y de Matta.
Alain Dumbardon hizo su propio retorno al país natal, Martinica. Se metió tierra adentro en su isla buscando su propia paleta de colores encendidos, entre el rojo, el amarillo y el azul caliente, marcando su gráfica con la trayectoria del gesto humano en su contexto de vida. Movimientos y ondulaciones aéreas del pescador tirando su red y líneas rectas forzadas cuando arrastra hacia la orilla la multiplicación de peces danzantes en un último suspiro.
En la obra de Dumbardon, la gestualidad popular de la cotidianidad se convierte en movimientos de trazos y líneas en sus telas, el corte de caña del machetero aparece con la rectitud del mismo golpe del machete, eficiente y corto.
Esos movimientos de líneas y trazos van revelando en varias capas una destreza en el dibujo, escalafón y andamio de toda una arquitectura interna de su pintura.
Si su obra presenta la relación insular en la figura del pez como emblemática de una mística de paz, de convivencia y sobrevivencia, con un referente místico y bíblico de la pesca de Simón, la misma figura del pez sostiene un gráfica delicada y sutil de los dibujos ancestrales en las cuevas amerindias de nuestras islas caribeñas. El pez mantiene en su expresión una mirada eterna.
En la fragmentación de las telas el pintor logra una sinfonía de variaciones entre el azul, el blanco y el gris que a través de varias capas ocultas pero reveladas nos sumergen en las profundidades del mar. La presencia humana se determina en el corazón figura como orgánica dibujada dentro de una estatuaria que nos lleva de la mano al rito ancestral de los antepasados africanos.
Con la representación del peine de palo, del bastón de mando, del tambor ritual y de las bocas y pezones que componen sus telas encontramos una relación con la post modernidad por el tratamiento de materias pictóricas y gráficas cuando se asocian a la memoria del origen.
El peine africano tiene unas geometrías que corresponden a una gráfica del surco en la cabellera, aunque también a las huellas del rastrillo en la tierra. Desde el punto de vista gráfico el peine es una línea multidireccional que parte de un mismo cuerpo.
La poética dibujística de Dumbardon, se enriquece con el rostro de los antepasados de perfil evocando así una referencia con los mosaicos y frescos de la Antigüedad para rendir homenaje a la presencia humana dentro de todos los mundos del Caribe desde sus orígenes.
La máscara está presente habitando las telas de una mística mágica religiosa que llama y enciende la celebración dentro de una composición visual donde la cruz y el brujo conviven y comparten el misticismo sincrético nacido con el encuentro de la diversidad de la fe y de la religiosidad.
Cuando hacemos una observación transversal de su obra, la enlazamos con procesos artísticos de las décadas de los 80-90 en el conjunto del Caribe, poniendo en evidencia diálogos posibles entre la obra del artista plástico cubano Moisés Finalé, al igual que de Michel Rovelas de Guadalupe y, Laouchez de Martinica, por la respuesta que dan al sello de identidad.
Las islas de Martinica y Guadalupe, han heredado movimientos afrocaribeños que le han aportado a las artes una relación inmediata con la africanía, desde una perspectiva de experiencias y vivencias contemporáneas con África del oeste. Es indiscutible, que la pintura de Dumbardon contiene una hermandad muy directa con la pintura contemporánea africana, y en algunas obras se impone el azul índigo y el blanco, escudos de la cromática tradicional del continente africano, pero también, pigmentos del trazo y de toda obra ritual del templo anímico.
Este artista tiene una gran libertad en los soportes de sus trabajos, se sale del marco formal, y a veces trabaja directamente sobre la tela, en el sentido literal de la palabra, fuera de toda limitación, puede ser algodón, lino o paño, lo que le da a la obra una dimensión de celebración.
Gran amigo de Cuba y de República Dominicana, Alain Dumbardon presentará una exhibición en la Quinta Dominica, ubicada en la Zona Colonial de Santo Domingo, a principios del próximo mes de febrero. Esta exhibición va a permitir una reflexión e intercambios en presencia del artista sobre su obra, una oportunidad para el acercamiento de los lenguajes visuales del Caribe.