Alcimé y el poeta y soñador de La Romana

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Aquel poema memorable que rompió el cordón umbilical del silencio, en el pálpito metafórico del poeta José López Larache, aún tiene la facultad de nombrar al ser innombrable y hacer del desaparecido una perpetuidad memoriosa ante la oficialía civil de la lira de una página en blanco, atestada de trazos imborrables, evocativos y sempiternos, para recuerdo de aquella sombra de Alcimé, que aún asciende lo intrascendente y que constantemente se hace materia en el parpadeo del minuto, en los barbojos del batey y en los bagazos de voraz día.
Devorado por el olvido, Alcimé parecía consumirse en las cenizas de su propia desventura, mientras el fuego del porvenir amenazaba en desvanecer la robustez de su humilde existencia, con presunción irrevocable de estatua de sal derretida por la lluvia, para volcarlo en el aire que se perdía en el aliento o susurro del cañaveral que a su vez se evaporaba en la ardiente zafra de la misma forma que el afán del boyero desvanecía su ilusión tras los rastros de la carretera y el resoplido de los cansados bueyes. Alonso Trinidad.
Durante estos años en que me ha tocado asumir la presidencia de la Academia Dominicana de la Historia, hemos intentado que la discusión-reflexión sobre nuestro pasado llegue a todos los rincones de esta tierra nuestra que tanto amamos. Desde agosto 2016 hasta octubre 2018, hemos realizado 6 seminarios de historia local: La Vega, Santiago, San Pedro de Macorís, Puerto Plata, Barahona y el último La Romana. Además co auspiciamos con Fundación Horacio Vásquez y la senaduría de la provincia Espaillat, un seminario para evaluar la vida política de ese caudillo mocano.
En cada uno de estos eventos, la participación ha desbordado nuestras expectativas. La gente de los pueblos, ávida de eventos formativos, acude en masas a nuestro llamado. La inquietud cuando organizamos estos seminarios es poder llenar las expectativas de tanta gente, pero, sobre todo, atender logísticamente la demanda de almuerzo y refrigerio.
A finales del pasado mes de octubre realizamos el seminario de historia local en La Romana, con un tema muy sugestivo “Identidad y sociedad en La Romana”. Fue organizado por la Comisión de Historia Local, que coordina el historiador y abogado Edwin Espinal, y cuya cabeza organizativa estuvo bajo la responsabilidad de Rafael Jarvis. Fue celebrado en las instalaciones de Alianza Juvenil, que cuenta con un hermoso salón de actos.
Desde muy temprano en la mañana de ese sábado 26 de octubre, la gente comenzó a llegar a la actividad. Una comisión de la Junta Directiva estuvo presente. La alegría y el entusiasmo de la gente se desbordaba. Los abrazos, los saludos efusivos de estudiantes universitarios e interesados comenzaron a inundar cada rincón del local.
El seminario comenzó puntualmente. Como se acostumbra, se hizo un pequeño acto de apertura. Recibí la hermosa sorpresa de que el Ayuntamiento Municipal de La Romana me declaró “Visitante Distinguida” de la ciudad. El seminario comenzó con una excelente conferencia dictada por José Del Castillo sobre el impacto de la fundación de la Gulf And Western, hoy Central Romana Corporation, en esa población que, en las primeras décadas del siglo XX, vivía sumida en la pobreza.
Después le siguió una interesante intervención de la amiga historiadora Celsa Albert, quien hizo una presentación, basada en su propia experiencia y en sus investigaciones, sobre la riqueza cultural en los bateyes y que han trascendido a todo el pueblo romanense. Al finalizar, el poeta y literato Avelino Stanley presentó su ponencia sobre la invisibilidad de la mano de obra haitiana en el corte de la caña de la provincia. Finalizadas las ponencias hubo preguntas y respuestas, y después un receso para un refrigerio.
Al levantarme, se me acercó un señor muy bien vestido, que tenía en sus manos un pequeño libro encuadernado de verde claro. Se presentó. Me dijo que se llamaba Alfonso Trinidad. Me afirmó que desde hacía años era un fiel lector de mis Encuentros. Para probarlo, comenzó diciendo: “¿Recuerda esto? Siempre septiembre.” Sonreí al escucharlo. Después hizo mención a otros artículos. Entonces me mostró el libro. La portada, hermosamente encuadernada decía: “Para la Dra. Mu-Kien Sang Ben. ALCIMÉ. Desde la casa del ensueño. DE COLECCIÓN. Alfonso Trinidad.”. Lo abrí inmediatamente y tenía una dedicatoria a puño y letra: “Con alta distinción a Adriana Sang Ben por ser un ejemplo de pulcritud y decencia en el complicado andamiaje de la sociedad”. Quería hacerme la entrega frente a todo el mundo, pero no se pudo. Tuvo que conformarse con un acto muy privado, por eso quise hacerle este homenaje.
Por supuesto que leí el pequeño libro. Alfonso Trinidad escribe muy bien. Se inspiró en el poema de José López titulado Alcimé, cuyos versos retratan con tristeza y nostalgia las penurias del batey. Además, incluye otros poemas del poeta López:
Alcimé, voy a hablarte, si es que aún en la penumbra de tu adiós me puedes oír.
Alcimé, viejo caudillo labrador del hacha. De anatomías en las maderas duras; escultor del arte de los árboles en el talante de los días lluviosos.
Tejedor de maderas y clavos para construir con tus manos una nueva forma.
La dinámica oscura y móvil de las carretas (…) y el yugo.
Artista de las formas conformadas, perforador de lo difícil.
Sudor de cada amanecer.
Artista de las carretas,
Los yugos
Y el fuego de la noche
En luna nueva
Alcimé, leyenda de muchachos correteando en el Higueral de los juegos y las risas.
Tu cara: tu alegría y arruga de las penas,
Espejo del golpe y el luchar de los años.
Abuelo de los sin abuelos.
Este poema inspiró a Trinidad. Escribió un hermoso prólogo y un profundo estudio: “Alcimé no fue para el poeta José López una creación de la fantasía, sino una entidad verdadera, como un ser leal que vivió y convivió en la geografía rural, donde el poeta desenvolvía sus actividades; esta convivencia da autenticidad a la descripción que el poeta hace en su poema que tiene como epígrafe el nombre de este singular personaje, que como una leyenda lo saca del anonimato en la palabra escrita. Cuando José López conversó con Alcimé por primera vez, estaba José en la primavera adolescente de su vida cargado de sueños y de esperanza; era el incipiente poeta como un retoño nuevo, cuando la savia de la razón estaba tierna, cuando la clorofila del verso cándido no alcanzaba la madurez para nutrir el enervamiento de las hojas, para cuajar sus primeras flores de la floramia de su imaginación, para dar los primeros frutos, fructificando en el vientre fecundo de las ideas”[1]
Gracias Alfonso Trinidad. Con ese hermoso y sencillo regalo me hiciste de nuevo aferrarme a la esperanza de que en nuestro país hay todavía gente que sueña, que busca más allá del dinero y el interés.
Cuando regresaba de La Romana a Santo Domingo, venía feliz. Volví a aferrarme a mis Encuentros, este manojo de sentimientos, palabras, ideas y deseos muy míos. Gracias doy a este último remanente de los que sueñan que se llama AREITO.

[1] Alfonso Trinidad, Alcimé. Desde la casa del ensueño, La Romana, Editorial La Zafra, 2013, p.23