ALERTA. Anécdotas graciosas para recordar el 66 cumpleaños de Luis Días, I

Juan Freddy Armando.
Juan Freddy Armando.

El pasado 21 de junio fue el cumpleaños de mi querido amigo fenecido, el excelentísimo compositor, cantante, guitarrista, percusionista, poeta, arreglista, productor musical Luis Días, El Terror. Al igual que en 2017, mis múltiples ocupaciones y compromisos previos de trabajo, me impidieron participar de los homenajes musicales que con este motivo fueron realizados en diversos lugares. Sobre todo, quería ir a los de Abad Gallery y Sabina Bar. A Freddy de la Rosa, propietario de este último, le hice la promesa de que le regalaría una de las fotos de Luis Días que me había regalado el propio artista. Está pendiente la entrega para un día de estos.

CÓMO LO CONOCÍ I

En Hato Mayor hay un grupo de compañeros generacionales que hemos sido los animadores, la enzima, el combustible para encender la acción educativa, formativa en nuestro jóvenes. En una de las Semanas de la Cultura que organizábamos, conocí a Dagoberto Tejeda, sociólogo que se ha convertido en experto en folclor, cultura típica, carnavales, etc. El Dago, como le decimos sus amigos cercanos, me hizo conocer a Luis Díaz (en ese tiempo usaba su apellido como todos los demás Díaz, con z al final, y luego, cuando adoptó la calificación que los culturosos le pusimos, como el Terror, cambió la Z por S) una persona a la que le tuve un gran afecto y con la que compartí una valiosa, humorística, filosófica, literaria y creativa amistad.

Convite y sus investigaciones musicales en los campos y ciudades del país, permitieron a Luis conocer muchas originales expresiones de la cultura campesina dominicana. Las reestructuró y recreó con su enorme talento, y las trajo a la Capital  convertidas en excelentes composiciones. Ya conocedor del rock, el jazz y las músicas típicas de los países latinoamericanos,  mezcló esos riquísimos descubrimientos de lo vernáculo con esas corrientes del pensamiento musical y crear su propio mundo luisdíico particular, con piezas geniales.

Luego de ejercer durante un tiempo, primero como redactor y más tarde como director, del periódico del PLD (partido en el que estuve desde el día que Juan Bosch anunció su renuncia del PRD; es decir, antes incluso del 15 de diciembre de 1973 en que se realizó su formal fundación), mi rebeldía e inconformidad con la forma en que se desarrollaban las políticas del Partido, me hizo renunciar en 1978 del PLD.

Esa renuncia me llevó a regresar a los Comités Revolucionarios Camilo Torres, de donde había llegado al PLD (después se produjo mi regreso al PLD en 1982). Entonces, concursé por un puesto como creativo publicitario en la prestigiosa compañía Young & Rubicam Damaris.

CÓMO LO CONOCÍ II

Ese ingreso en la publicidad me hizo tener un nuevo encuentro con Luis Días, acompañado esta vez con José Duluc, como creadores y musicalizadores de jingles para anuncios escritos por mí. Hicimos trabajos de radio y televisión para el Ron Macorix, cuyo propietario, Pedro Justo Carrrión era cliente de la publicitaria Extensa, en la que yo había pasado a ser director creativo después de irme de Young & Rubicam, aplicando el viejo principio de que por la plata baila el mono, al ofrecerme el doble de lo que yo ganaba en la filial dominicana de esa entidad norteamericana.

Luis vivía  en la Ciudad Colonial, específicamente por la calle Padre Billini, si mal no recuerdo, en una habitación situada en un callejón próximo a la calle. Allí llegué a visitarlo y a prestarle dinero de vez en cuando para“grabar un cassetico con música mía, y cuando lo venda te pago”.  Buen pagador, cumplidor siempre, nunca me pagó el dinero como habíamos acordado, de un golpe como yo se lo había prestado, sino que lo hacía llevándome cada rato una fracción: 100 pesos ahora, 100 más dentro de un mes, etc. Es decir, que aun con sus dificultades económicas fue siempre muy serio en el cumplimiento de sus compromisos.

LA FIEBRE DE LOS CONCIERTOS

Después, al igual que otros escritores, pintores, músicos, bailarines, todo tipo de artistas, en fin; nos hicimos fanáticos de Luis, y lo perseguíamos en todos los lugares que se presentaba, con todos los grupos que formaba –Transporte Urbano, Madora, y un montón de etcéteras más- y se presentaba en Casa de Teatro, auspiciado por ese duende de la cultura dominicana que es Freddy Ginebra; o actuaba en Ocho Puertas, que luego pasó a llamarse La Espiral; también en el bar de Sonia Silvestre que se llamaba… no recuerdo cuál era el loco mote que la cantante la había puesto al lugar, qué crazynoumb le puso al lugar situado en la calle Isabel la Católica, (…ah, ya recuerdo:  La Chunga). Más adelante, nuestro artista que se estableció ya casi de forma fija en un manicomio nocturno ubicado frente al Parque Independencia, en la esquina formada por las calles Monseñor Nouel y Pina, que llamaba Poco Loco.

El concierto estaba anunciado para las 10 de la noche, pero nunca comenzaba a esa hora. Casi siempre empezaba a las 12 o 1 de la madrugada. Era parte del negocio, porque los bohemios nos quedábamos ahí desde las 8 o las 9 de la noche esperando el concierto y compartiendo con el propio Luis, que estaba desde antes con su guitarra, su calcomanía de Lenin sobre la misma (que trajo de uno de sus viajes al Festival de la Juventud y los Estudiantes celebrado en Moscú, capital de la Unión Soviética) y su vaso en el que se le echaba, tal como dice él en un merengue que compuso: “échame veneno o ron”, en un evidente contrasentido ontológico, porque entre ron y veneno no hay otra diferencia que no sea la cerveza, que se alternaba como veneno 2, en la botella o el vaso desechable, y que él llevaba hasta el escenario en que algunas veces dejaba a la guitarra sola colgando de su hombro mientras la botella de cerveza y su voz inundaban el lugar con“La Gunguna va a las cárceles, los jueve’ a llevar comida a los pasajeros laaaaaaargos en acciones subersivas. La negra no quiere nada con maleantes ni comunes. Ella solo juega su vironai con los que al gobierno joden”.

De Luis -al igual que de Manuel del Cabral, de Antonio Fernández Spencer, Manuel Rueda- tengo muchas escenas, situaciones y diálogos de anecdótica de divina gracia, de inteligente y agudo humor.

En el próximo artículo contaré la anécdota de cómo conseguí que nuestro simpar músico fuese a participar en la Tertulia Jueves de la República a hablar sobre la bachata, y otras anécdotas producidas en mis encuentros con él en la noche de la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

 

 


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