ALERTA. Anécdotas graciosas para recordar el 66 cumpleaños de Luis Días, II

Juan Freddy Armando.
Juan Freddy Armando.

En el artículo anterior prometí que contaría cómo logré que Luis Días fuera expositor en la Tertulia Jueves de la República que realizaba cuando dirigí la Biblioteca República Dominicana. Después, narraré otras anécdotas para continuar estos recuerdos en homenaje a ese gran genio artístico dominicano que me honró con su amistad.

“VAMO A BEBENO’ ETO’ CUALTO”

Primera anécdota:

Dicha tertulia era un encuentro a las 6 de la tarde con una o varias personalidades que, gratuitamente, pronunciaban su charla seguida de una conversación libre con opiniones, críticas, preguntas y sugerencias del público.

Se me ocurrió pedirle a Sonia Silvestre y Luis Días que fuesen a hablar sobre la bachata, que en esos tiempos no había alcanzado el éxito que vino después impulsado por ellos dos, Juan Luis Guerra y otros excelentes músicos.

Sonia aceptó de inmediato la propuesta. Pero al llamarlo por teléfono, Luis me dijo que no aceptaba eso, porque en el Ministerio de Cultura siempre lo llamaban para participar en actividades sin pagarle. Yo le expliqué que no era propiamente una conferencia sino solo una pequeña intervención para propiciar un diálogo que enriqueciera el conocimiento del tema.

Se negó rotundamente, y al no lograr convencerlo por teléfono, le dije que iría a su casa a continuar la conversación. Aceptó, y cuando salí de la oficina a las cinco de la tarde me desplacé a la calle Padre Billini, próximo al Cementerio de la Av. Independencia, a la residencia del destacado artista. Tuve dificultad para estacionar, ya que frente a su casa tenía una especie de museo de viejos automóviles de los años 50: Chevrolet, Lincoln,  Oldsmovile y otras marcas que él había desencamado de no sé dónde.

Le expliqué que la tertulia era una simple conversación, y por eso pagábamos a los expositores, sino solo el pasaje ida y vuelta a la actividad, pero que yo le entregaría 500 pesos de mi propio peculio, como una colaboración que hiciera posible su participación. “Está bien así, Mano”, respondió. Le entregué la suma indicada, y en vez de echarla en el bolsillo, se paró de su asiento y me dijo: “Ven conmigo. Vámonos ahora mismo al colmado”. Pensé para mis adentros que debía el dinero allí y que estaba desesperado por pagar. Lo acompañé. Al llegar, le indicó al dependiente que atiende a quienes van allí: “Oye: consígueme par de cervezas Presidente grandes, media libra de queso gouda y media de jamón Don Pedro. Cóbratelo de aquí”.

Después, dirigiéndose a mí, mientras tomaba lo empacado por el colmadero señaló: “Juan Freddy: vamos a bebenoetocualto”.

El próximo jueves estuvo ahí puntualmente a hablar sobre la bachata, surgimiento, evolución, compositores, piezas y esplendor, junto a su pana full la exquisita cantante y maravillosa persona Sonia Silvestre.

PA’ QUE SE LO ENCUENTRE UN POBRE

Segunda anécdota:

Asiduos al mismo tipo de eventos culturales -exposiciones, conciertos musicales, recitales poéticos, puestas en circulación de libros, conferencias, películas, bares de buena y mala muerte, restaurantes así mismo- en muchos sitios nos encontrábamos frecuentemente Luis Días y yo en lasombra nocturna de la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

Fui a la inauguración de no me acuerdo qué exposición de pinturas en Casa de Teatro, y Luis también. Nos saludamos y participamos de escuchar las palabras siempre de buen humor, siempre profundas y de gran sensibilidad humana y don de la solidaridad, de nuestro querido Freddy Ginebra. Después recorrimos la exposición, y en vez de hacer homenaje a Freddy yéndonos a ginebrazos limpios, el Terror se fue al colmado que hay frente a la Casa. Más tarde, llegué al mismo colmado, al igual que otros contertulios. Pedí Miller, porque andaba junto a aquella hermosa psicóloga, mi novia en ese momento, a quien le gustaba tanto esa marca que le escribí un poema titulado “Yo quiero ser una cerveza Miller”. Luis, en cambio, más nacionalista, más patriota que yo, en vez de extranjera estaba tomandoPresidente. Pidió una, y le voceó al colmadero: “Cóbrasela a ese loco que acaba de llegar”, señalándome a mí. Yo le respondí: “Hey, Mano: Toma, págala tú mismo”, al tiempo que le pasaba un papeleta de 100 pesos, con el fin de que comprara la que me pedía y le quedara para otra con el menudo.

Cuando le devolvieron el menudo, lo tiró para la calle. Le espeté: “Pero qué pasa, compadre. El dinero no se bota”. Respondió: “No está botado. Eso es pa’ se lo encuentre un pobre, un limpiabotas, un palomo de por aquí”.  Aceptó entonces mi oferta de que nos sentáramos  en el colmado a compartir más frías con otros amigos culturosos que degustaban tragos allí, mientras conversábamos sobre nuestros más caros temas: literatura, folclor, filosofía, política, música, cultura general.

“TE BOTÉ TANTAS VECES DEL CAFÉ, Y… CUÁNTA ME FALTA HACES”

Tercera anécdota:

Después nos encontramos muchas veces en el Café de Toi, de propiedad de esacherchosa, madrugadora, esa alegría vestida de mujer que es Odalis Robles Rodríguez. Fui réferi muchas veces de las discusiones que Luis tenía con algunos clientes del bar o con la propia dueña porque ya por una cosa, ya por otra, pues cualquier quítame esta paja que surgiera hacía que se caldearan los ánimos, pues que cuando había tomado unos tragos de más le salía el superhombre y quería demostrarlo a cualquiera que osara discutirle u cruzarse en su camino.

Pero si yo estaba ahí, me encargaba de resolver todo, de calmar las tempestades de los demás tragueados y del propio compositor, y lo acompañaba a compartir alguna conversación interesante sobre los tópicos mencionados.

Debo observar que estas pendencias se hicieron más frecuentes luego de su regreso de New York, donde duró unos años. Se tornó más irascible, conflictivo y sensible a cualquier palabra o gesto que interpretara como falta de respeto.

De la Babel de Hierro vino más rockero y ácido, más jazzero y experimental que nunca, y ofreció varios conciertos en los que fusionaba esos ritmos norteamericanos con la música raíz dominicana, logrando piezas e interpretaciones en las que se manifestaba su genio musical y poético.

Luego ofreceré detalles sobre esos hermosos y trilces días (empleando esa palabra inventada por César Vallejo, y que combina lo triste y lo dulce) en que le hicimos varios homenajes póstumos de cuerpo presente.

A ese respecto, debo decir que Odalis lloró a cántaros a Luis, a pesar de sus pleitos en el Café de Toi, y nunca olvido las sentidas palabras que puso en un letrero que llevó la tarde lluviosa en que le hicimos un último homenaje a los restos del músico enfrente de su vieja casa aledaña al Cementerio de la Av. Independencia: “Loco: Te boté tantas veces del Café, y ahora cuánta falta me haces”.

 

 


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