ALERTA. Conversación entre el escritor David Pérez y uno de los más grandes compositores dominicanos

Juan Freddy Armando.
Juan Freddy Armando.

Después que publiqué tres artículos sobre los encuentros anecdóticos con mi fenecido amigo Luis –Terror- Díaz, varias personas me han llamado para contarme otras historias graciosas demostrativas del espíritu de niño travieso, de genio musical, amigo fiel y honesto que fue ese grandísimo compositor y cantante dominicano. Pero solo la poeta Rosa María Rodríguez me envió un excelente rosario de situaciones fascinantes protagonizadas por el cantautor de Bonao, a las cuales cedí el cuarto artículo sobre el tema.
Ahora, me ha llegado una extensa y valiosa narración de gran interés para la historia de la música dominicana. Se trata de la valiosa conversación sostenida por el poeta, narrador y ensayista David Pérez con uno de los más grandes compositores de nuestro país. Además de estar expresada con el suspenso, hilación y coherencia propia de un buen cuentista, la sensibilidad de un bardo, y al mismo tiempo posee la objetividad y emoción características de un excelente reportaje periodístico digno de las grandes plumas que honran a los medios de comunicación.
No diré de qué personaje se trata sino que dejaré sea el propio lector quien deduzca y luego confirme de cuál de nuestros artistas se habla en dicho relato, el cual es al mismo tiempo un excelente retrato del músico, pues muestra cultura literaria, y su buen gusto como lector.
Veamos ahora el diálogo sostenido en la agradable atmósfera natural de ese pulmón de la ciudad de Santo Domngo que es el Jardín Botánico. Lo he copiado in extenso, con puntos y comas, exactitud y fidelidad al original enviado.
AQUÍ VA LA CONVERSACIÓN
“Suceden en esta vida cosas inexplicables, absurdos que nos llevan a detenernos en medio del camino para preguntarnos si realmente fuimos testigos o protagonistas de tal o cual acontecimiento.
Hacía mi rutina de ejercicio en el Jardín Botánico, y a mi lado caminaba un tipo muy alto, por la inclinación de su cuello podía parecer perfectamente una jirafa. Sabía de él por sus éxitos obtenidos en playas extranjeras. Busqué llamar su atención, sin embargo, el personaje continúo sus pasos impertérrito, sin mostrar el más mínimo interés por mí.
Tengo una característica que sobresale por encima de cualquier otra y es la persistencia, por lo que ensayé otra manera de abordarlo sin permitirme fracasar en ese segundo intento.
Quienes lean estas líneas, deben agregar, como decorado a esta conversación, hileras de árboles frondosos y algún que otro espacio abierto invadido por las bocinas de los carros.
Caminamos juntos todo el borde del Jardín Botánico, una veces trotando, otras caminando muy parsimoniosos, sosegados, abandonados a un dialogo, que transcribo tal cual aconteció.
-Buenas tardes.
-Buenas.
Su respuesta fue casi instantánea, sin ningún grado de afecto. Era evidente que yo clasificaba como uno más de los muchos que llegaban a él hambrientos de autógrafo. Al darme cuenta de la situación tomé distancia y apunté de nuevo con una pregunta más interesante a la que al Hombre Jirafa le sería difícil escapar.
-Siempre he tenido el deseo de hacer una película a partir de un cuento mío y he pensado en usted, en lo que tiene que ver con la música de esa película
Me miró, ahora con mucha más curiosidad, como quien ve desde la luna a un niño intentando impresionar a su padre con una travesura infantil. El Hombre Jirafa hizo un prolongado silencio, ofensivo por el tiempo de duración y me respondió como quien se quita una telaraña de encima.
-Ese no es mi fuerte. No tengo experiencia en ese sentido.
Fue todo lo que dijo. No me desanimé, y respondí con más agudeza.
-Se lo planteo por una sencilla razón. Su primer álbum musical está dedicado a un compositor que a mí particularmente me gusta bastante, Mussorgsky, en especial la pieza Cuadros Para Una Exposición. Pienso -argumenté- que esa melodía se acomoda muy bien a la historia de mi cuento.
“A MUY POCAS PERSONAS LES GUSTA MUSSORGSKY”
Esta vez el Hombre Jirafa acababa de descubrir un bicho raro rondando por su almohada. Volteó un poco su cuello espigado, como quien busca una rama para alimentarse, y me dijo:
– Es extraño, a muy pocas personas les gusta Mussorgsky. ¿Cómo se titula tu cuento?
– Una Hora Inefable.
– ¿Y de qué trata tu historia?
– De la soledad. De dos personajes: una niña que toca el piano todos los días a partir de las seis menos cuarto de la tarde, y un señor que a esa misma hora alimenta a un pájaro, su única compañía. La trama gira en torno a este argumento, uno vive frente al otro. El señor invade, con el canto de su pájaro, el silencio necesario de la niña en su complicidad con el piano.
– Parece interesante.
-Me gustaría hacerle una observación. Siempre que leo sus entrevistas hace referencia, en términos generales, a los mismos escritores, en especial a algunos de dominio público. Sin embargo, me da la impresión de que -y usted me corrige- hay un escritor no visible, oculto, personal, presente, entre sus canciones al cual no tienen acceso la mayoría de sus entrevistadores. ¿Me podría decir quién es su escritor favorito?
RULFO, ¿ESCRITOR FAVORITO DE UN MÚSICO?
Sentí que había penetrado, sin su permiso más allá del umbral de su casa. Ahora el Hombre Jirafa, no veía una rama en el suelo, sino un bicho que le reclamaba entre la hierba que le confesara uno de sus más íntimos secretos. Respiró y me respondió:
– Juan Rulfo
Algo había en el Hombre Jirafa de ermitaño. Pude entender entonces con mayor certeza ese distanciamiento, esa barrera dispuesta entre él y sus admiradores. Hablamos de Rulfo como si fuera un vecino nuestro, y conversamos también sobre Juan Carlos Onetti y el significado de la soledad en sus escritos. La vuelta al Botánico se convirtió de este modo en una actividad de lo más placentera.
Por último, hice una promesa al Hombre Jirafa, promesa que aún no he cumplido, regalarle un artículo, en el que Juan Rulfo explica las razones que le llevaron a escribir Pedro Paramo. Las razones son muy tiernas. Siendo un adolescente, el futuro escritor conoció una jovencita, llamada Susana San Juan, a la que luego, ya de adulto, jamás volvería a ver. La historia de la novela en sí es una excusa para relatar, a través de sus letras, la búsqueda de un amor inconcluso del joven Juan Rulfo.
Espero, cuando vuelva a ver al Hombre Jirafa, más conocido como Juan Luis Guerra, entregarle lo prometido”.
David Perez