ALERTA. Las peras altas del buen humor en la tercera novela de Rafael Peralta Romero, II

Juan Freddy Armando.
Juan Freddy Armando.

A SU ESTILO.

En algunos aspectos, Rafael Peralta se mueve en el mundo que caracteriza su estilo en otras novelas. Es decir, parte de un desafío al lector, al estar contándole algo que este sabe de antemano cómo terminará, ya conoce de alguna manera lo que sería la sorpresa final.

Por ejemplo, en “Residuos de Sombra” sospechamos desde el principio casi todo lo que le ocurrirá al doctor que es su protagonista, puesto que en definitiva el meollo de la historia es contado por él mismo a la muchacha que pudo haber sido su hija, y que desea entrevistarlo para el periódico.

En “Los Tres Entierros de Dino Bidal”, desde el comienzo nos dice que a Dino lo mataron. La intríngulis de la historia está en saber cómo, dónde, cuándo y con qué implicados. Aunque estos también son sospechosos desde el comienzo.

En las historias de “Punto por Punto”, de “Diablo Azul” o “Cuentos de Visiones y Delirios” hay con frecuencia historias manejadas con este estilo. Claro, no siempre Peralta termina exitosamente en estas circunstancias poco acostumbradas de un narrador desafiar a un lector. Porque cuando a este le han dado previamente el desenlace de la historia, es más difícil mantener su interés en la misma.

Gabriel García Márquez nos da una buena muestra en su “Crónica de una Muerte Anunciada”, en la que desde el principio sabemos que Santiago Nasar fue muerto, dónde y cómo lo fue. De modo que solo nos queda como lectores el consuelo de averiguar en sus letras el chisme de los detalles.

Por conocer nosotros el perfil narrativo del autor, podemos decir que al sentarnos a leer la “Biografía de Enárboles Cuentes” no esperábamos grandes experimentos verbales, innovadoras formas de envolver la historia, derroche imaginativo de invenciones fantásticas que nos crearan un enjambre de dudas oscuras, como haría Carpentier o Joyce, o la crudeza descarnada de Charles Bukowski o la amargura cortante de un José Donoso, o los juegos de Julio Cortázar, capaz de hacernos reír incluso de un asesinato o de la amenaza de primitivos con lanzar a un muchacho por un hondo risco. Joven que ha sido pulverizado en su cuerpo a causa de un accidente de motocicleta.

Tampoco esperábamos los dobles, triples y cuádruples planos con qué madeja y desmadeja la narración el talento de Juan Carlos Onetti. Tampoco la energía filosófica de Hugo y sus cuadros psicológicos que dejarían pequeño a Freud.

Obviamente, lo que significa no esperar eso es que conocemos el estilo del autor, y sabemos que se diferencia de los autores mencionados en que él ha definido su camino narrativo por senderos distintos a los de ellos. Ha trabajado las formas y temas que se avienen a su personalidad, como siempre ha de ocurrir con un autor que asume con carácter auténtico, que construye el propio camino por donde andarán sus letras.

 

UN APORTE: RECREAR TRADICIONES.

 

No. Esperábamos un libro escrito en dominicano, con muchas palabras típicas nuestras, giros, situaciones y costumbres muy del monte, de gente para la que mar afuera es mar adentro, sobre todo de la Región Este de la República Dominicana, donde vio la luz por primera vez nuestro autor, y de la cual proviene también el personaje tomado como eje de su fábula: el poeta Víctor Villegas, y sus misteriosos dos nacimientos -uno en la playa de Macorís y otro en Castilla la Vieja o la Nueva de España- y de los cuales no se sabe cuál es él y cuál es su mellizo o si no es ninguno o si es los dos.

Esperábamos una novela clásicamente bien hecha, bien planeada, con su secuencia un poco boschiana, directa en el lenguaje, con cuadros psicológicos típicos, juguetón, fresco, triste, sabichoso, con el tíguere y el pariguayo disputándose la principalía de las historias, y los norteamericanos de telón de fondo, con sus intervenciones y sus imposiciones, que ya son parte del perfil inevitable y parece que ya hecho costumbre en nuestra vida republicana, que no se sabe si en realidad si el dominicano ha sido res o pública.

Esperaba una historia así, porque sé que uno de los aportes de Peralta a la narrativa dominicana es la recuperación y recreación de muchas de las tradiciones, vaciándolas convertidas en ficción literaria. Con ello, hace acopio de una experiencia que ha servido de fundamento y base a grandes literaturas. Ahí tenemos al Borges de los gauchos, compadritos y cuchillos, al García Lorca los cantes gitanos y el flamenco, al Juan Rulfo de los ariscos campesinos y paisajes de México.

Él se mueve en el campo evidente -ya lo he dicho y redicho- de lo típico, lo folclórico nuestro, con la virtud de no caer en la enfermedad verbal del localismo. Esta, como sus otras novelas, es digerible para cualquier ciudadano que conozca la lengua castellana, no importa al país que pertenezca. Es otro punto a favor del autor.

Digo que es un aporte, porque en varios aspectos, Rafael Peralta Romero ha enriquecido el enfoque de esta temática, no obstante que anteriormente ha sido abordada por otros autores de nuestro lar.

PRÓXIMAS ENTREGAS

En el próximo artículo, que será el último de esta serie de tres con el eje temático de la novela “Biografía de Enárboles Cuentes”, abordaremos otros aspectos de la obra en cuestión, de modo que los lectores se hagan una idea precisa de las características de la novela, y a lo mejor se animen a procurarla y dedicarse a leerla.

Hay otras dos novelas que tengo pendientes de analizar para dentro de un tiempo, las cuales estoy releyendo para esos fines. Se trata de la titulada “Muladar de Precio”, ópera prima de Víctor Inoa Salcedo, y “Ubres de Novelastra”, primera novela del gran ensayista y culto crítico Federico Henríquez Gratereaux.

Son dos casos igualmente interesantes, cada uno a su modo, porque se trata de escritores distintos a Peralta, que ya es un veterano en la escritura de novelas. Ellos, como he dicho, se inician en el escabroso campo de la narración larga.

Pero antes de entrar a esos análisis, la publicación próxima será una serie titulada ¿Puede disfrutarse una obra de arte sin entenderla?

Hasta entonces, pues.