ALERTA. Luis Alfredo Torres o el gran talento revuelto en la noche de Santo Domingo, I

Juan Freddy Armando.
Juan Freddy Armando.

En el marco de la XXI Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, fui invitado por la distinguida escritora Emilia Pereyra, junto a otros estudiosos de nuestra literatura, a participar en un coloquio sobre la llamada Generación Poética del 48 en la Literatura Dominicana. La ocasión me ofreció la alternativa de hablar del grupo o sobre un autor. Decidí escoger para mi exposición a Luis Alfredo Torres, entre Abel Fernández Mejía (enfocado por Alexis Gómez Rosa) Ramón Cifré Navarro (a cargo de Fari Rosario), Manuel Valerio (sobre quien expuso Camelia Michel Díaz en otra actividad).También perteneció a esta generación don Lupo Hernández Rueda, al que se dedicó la Feria.

Elegí al que menos relaciono con la Generación (niego que pertenezca a la misma, pues nació en 1935, lo cual significa que en 1948 tenía apenas 13 años). Por su estilo y edad lo asocio más a escritores de finales de la tiranía de Trujillo, o los años ’60, o a la camada de la post Guerra de Abril 1965.

La vida de Torres fue muy atormentada. Como la de René del Risco, cuyos territorios minados de tragedia existencial traté en la pasada XX Feria del Libro, analizando sus cuentos y poemas. Es decir, que yo, que amo tanto la alegría (y he gozado apasionadamente las letras de Whitman, Villegas, Pessoa, Del Cabral, Cortázar y otros autores de la vida alegre) ahora he preferido desandar los dolores, anegar y navegar en estas aguas negras y tinieblas envueltas en el nada santo ron blanco o el rudo vodka sin roca, quemar las naves de mi mente en la noche de dos amargados bardos.

La poesía de Torres es estéticamente válida en fondo y forma, pero al mismo tiempo carga el tufo desagradable del hombre callejero que llega y se tira en la cama, si la encuentra; en el piso, si lo encuentra; en la acera, si la encuentra; en el asiento de parque, si lo encuentra; o en la calle, que es la única que de seguro encuentra en su deambular de ciego que logra ver; alcoholizado viandante que, parafraseando a Manuel del Cabral: ha viajado tanto en la sórdida noche que es ella la que en él anda ya.

Había leído parte su obra, pero solo recordaba la calidad su más reconocido poema: Canto a Proserpina. Pero quise ahogarme en su pútrido mar, lanzarme a las abisales honduras de su océano de tristeza, anegado de hastío, revuelto en soledad. Estaba seguro de que extraería finas perlas de ese vinoso ponto, como diría Homero.

DIÁLOGO IMAGINARIO
Se meocurre empezar inventando un diálogo imaginario entre René del Risco Bermúdez (1937) y Luis Alfredo Torres (1935) suponiendo que se hubiesen encontrado en un bar sito en la frontera entre ambas vidas.

HABLA LUIS ALFREDO:

“No te preocupes, René, y ocúpate en tu nausea, vive tus frustraciones, porque toda la vida es muerte. Es agria, pues la agrura no está en ella sino en nuestro interior: por eso yo he escogido la parte más hedionda de la noche para habitar junto a cucarachas, ratones, prostitutas, homosexuales, chulos, y en fin, la ralea mental y física, y aquí me despeño y muero. Tú, escogiste la corbata, el traje, el aire acondicionado, el carro veloz, las pequeño burguesitas novias perfumadas, el heroísmo de pensar en una sociedad que quieres reivindicar, por la que anhelas luchar y te angustias. Sin embargo, en el fondo, de aquel lado o de este del círculo, nos abrazamos envueltos el en lodo y sangre apestante con que vemos la vida;ella nos mira desde el espejo de Villa Francisca, Cristo Rey, Guachupita y Gualey que van conmigo. O se nos muestra desde los cristales mojados por la lluvia que inunda barrios y acaricia los cristales de tu auto, motel o apartamento en Gascue, Piantini, Naco o Arroyo Hondo, donde besas y mueres, acaricias y te derrumbas, amas y te desarmas. Tienes sexo y los sesos se descesan en un pesar que no logran detener ni siquiera los movimientos de la música corporal de piel con piel. Porque cuando penetras a una mujer, y alcanzas un mísero segundo dichoso ahí en tu orgasmo, antes y después la tristeza vuelve y vuelve, obsesiva como era en Balaguer la obsesión por la presidencia. Volamos en la misma cruel nave, y, cual cantan los Guaraguao tú sufres en tu mansión, yo sufro en los arrabales”.

HABLA RENÉ:

“Como dice la melodía del dominicano Armando Cabrera en voz del puertorriqueño José Feliciano, “Se acostumbra uno a todo en la vida”. Nos habituamos tanto a la amargura, Luis Alfredo, que después no aparecen los caminos de abandonarla, o ella de repente quiere irse a clavar otro pecho, a zaherir otra herida; y uno la rodea, la galdea como en baloncesto, la cubre y le impide que se vaya; tanto se desea, que no podríamos vivir sin su porfía, que apostamos a ella, y la muy malvada nos premia con la lotería de su desdicha. Tal cual en aquel poema de Mercedes Gutiérrez, uno no quiere que la pena lo abandone, nos le adherimos con todas las garras, todas las uñas, con todo el cuerpo aterido y amarrado a ese castigo que ya de ser creativo e hiriente gusto, se ha hecho costumbre que en breve ha saltado a placer, y de placer a ser tú mismo. Es un terrible y mordiente virus que te pudre y revive al mismo tiempo. Abarca ya tanto de tu cuerpo y mente que, como en aquella metáfora infernal de Dante, uno está tan íntimamente atrapado en garras del fiero dolor que no se sabe dónde termina esa bestia y comenzamos nosotros: Luis Alfredo y René. Y aquí estamos tú y yo, igualmente escarnecidos, tú en la cloaca con ratas y microbios, y yo en el agror de mi oficina: tú te diabetizas y yo me psicotizo. Como cosaco en su dacha y obrero en su facha, democráticamente nos repartimos alimañas: cuerpo insano en mente insana. Porque somos dos desinteresados en ser dichosos; ser feliz para nosotros es no serlo, y gozarse en ser víctimas de propia y de los demás, y disfrutar un inconsciente y profundo culpar y culparnos. Como le decía Verlaine (profesional de la angustia como Baudelaire, tú y yo) a su desdichada madre: ‘Aquí estamos tú y yo, y lo demás cetliterature’ ”.

VAMOS A RESPONDER

¿Cómo pueden convivir en un mismo espíritu la calidad del verso y el abandono callejero? ¿Elegancia lírica y podredumbre vital? ¿Profundidad de pensamiento, logros conceptuales, precisas y bien medidas gramática y ortografía, fina estirpe poética con el cigarro sucio de bocas que se desboca y desemboca en tu boca la suma de los ascos de todos los dientes podridos y el desaliento del mal aliento que nos han contagiado los hombres y mujeres con los que nos revolcamos en el bajo mundo desamoroso? ¿Cómo de ser un prestigioso periodista en los Estados Unidos, viene este hombre a parar a los barriales callejones y desaguaderos de la inmundicia humana?
Ante este panorama contrastante con la obra de Luis Alfredo Torres, decimos como Napoleón cuando observó las perfectas e imposibles pirámides de Keops, Kefren y Miscerino: “No sabemos cómo las hicieron, pero están ahí, ante nosotros, para insultar nuestra inteligencia”.

Es lo que responderemos en próximas entregas.


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