ALERTA. Poses y pozos en la amarga memoria de mis literatos tristes, II

En el artículo anterior, analicé  un primer grupo de hombres y mujeres de letras cuya pose es ver el lado negativo del mundo, pero sin practicar una vida deprimida. Una cosa es para ellos el personaje ficticio que crean al escribir y otra la realidad cotidiana que viven sin patologías psicológicas. Ocurre con mayoría de los escritores del mundo.

SEGUNDA TIPOLOGÍA: ÁCIDOS Y SUICIDAS

Ahora trataré sobre los similares a San Gerónico flagelante, cuyas palabras son látigos con nudos cortantes y mazas de acero multipuntiagudas que van destruyendo el interior de los propios creadores, que se derraman en la página o pantalla desesperadamente hasta acercarse a la muerte.

Se consideran a sí mismos sacrificados caballeros andantes de la escritura, cristos de sí mismos que no se crucifican para salvarse ni salvar al mundo sino para cultivar una escatológica fama, el futuro reconocimiento a cambio de un sufrido presente. Goza en verse y que lo vean como un marginado, y lleva ese extraño gusto hasta colocarlo por encima de su paz, de su deseo de vivir, de gozar, de disfrutar la vida.

Suicida de sus textos, tiene, no obstante, algo en común con el de las poses: dar la imagen pública de que la felicidad es algo de tontos, superficiales, intrascendentes, idiotas, lerdos, mediocres del talento que no saben llorar y desangrarse ante la página en blanco que los haga héroe y villano, ladino y anodino.

Este tipo de autor se siente parte de sus historias y poemas trágicos, que son su género preferido porque lo humorístico es para ellos simple y poco inteligente, porque reír es una traición al buen escribir, al sacrificio del mártir que trabaja para transmitir su dolor.

Generalmente termina creando las condiciones para que un lector u otro personaje de esa obra desarrolle un sentimiento trágico en el proceso imaginario de asimilación de la misma. Se siente frustrado si no logra una intensidad seductora tal que sus personajes ficticios impresionen al lector, que no son ficticios para él porque los ve como ciertos, y lo mete en su enjambre y no lo deja salir vivo de ella. Cuando termina de escribir su obra regresa a la vida solo para conseguir una pistola prestada, soga, un precipicio, puente u otra herramienta de autodestrucción para intentar con frecuencia lo que ya suponen mis lectores.

AUTORES CON ESTA PATOLOGÍA

Este tipo de creadores con frecuencia tiene en su biografía la ya clásica frase aquella –“Tuvo una vida atormentada”- que dicen sus admiradores contagiados, otorgándole así  una especie de “heroísmo”. Entre estos autores traumatizados están: Albert Camus, Charles Baudelaire, Marqués de Sade, Francois Villón, Conde de Lautremont, Silvia Plath, Alfonsina Storni, Stefan Sweig, Amy Lowells, Cesare Pavese y otros. Narran sus momentos de angustia como si fuesen éxitos, glorias, virtudes, y los asumen como parte y causa su éxito, y como la vida obligada de un verdadero artista, pues “la felicidad es cosa de bobos”.

Evidentemente, entre sus admiradores más apasionados se encuentran otros autores con similar vocación autodestructiva, quienes se refieren a su dolor, ácidas letras y suicidio como un modelo de patriotismo literario, actos de valentía dignos de ser emulados.

Esas actitudes han hecho que textos –en ocasiones de poca monta, o apenas con una cierta calidad- de muchos de estos traumáticos artistas sean vistos como altamente valiosos y elogiados con exageración desmedida. Porque se confunde su novelesca y sufrida existencia con el valor de los escritos.

MODELO: HODERLIN

El gran poeta alemán Friedrich Hölderlin, quien llegó hasta la locura. Su angustia lo castiga toda la vida, taladra sus versos con una laceración vital. Ello lo llevó, evidentemente a producir una excelente y original poesía, pues sus estados casi permanentes de depresión, lejos de obstaculizar la manifestación del genio, la fortalece y expande.

Sus notas biográficas retratan una infancia y juventud dolorosa. Wikipedia lo narra de manera clarísima: “Hölderlin nació en Lauffen am Neckar (Wurtemberg) en el seno de una familia burguesa. Su padre (administrador del seminario protestante de Lauffen) fallece cuando él tenía dos años. Su madre contrae segundas nupcias con Johann Christoph Gock, concejal de Nürtingen, donde Hölderlin se crio junto con su hermana y su hermanastro. Su padrastro murió cuando Hölderlin tenía nueve años, y de sus seis hermanos sólo dos sobrevivirían a su infancia: su hermana Rike, mayor que él, y Karl, seis años menor”.

MODELO PIZARNIK

Fenómeno similar ocurre con la excelente poeta argentina Alejandra Pizarnik. Comparte con Hölderlin  una infancia de amargura y problemas, que es parte de las causas que llevan a este tipo de escritores a una vida y literatura traumáticas. La citada enciclopedia dice de ella: “La infancia de Pizarnik fue difícil y llena de inseguridades. Más adelante, la poeta utiliza estos sucesos familiares para conformar su figura poética. Cristina Piña expone dos grietas importantes que marcaron la vida de la poeta: la constante comparación con la hermana mayor propiciada por su madre y la condición extranjera de la familia (de origen ruso).1 En la adolescencia tuvo graves problemas de acné y una marcada tendencia a subir de peso. Los problemas de asmatartamudez y autopercepción física de la poeta minaron su autoestima…”.

Sus poemas destilan esa hiel temblorosa, triste, y cargan una premonición de lo que finalmente ocurrió con ella: el suicidio.

JUICIO CRÍTICO

Los escritores de la clase de Pablo Neruda y Franklin Mieses Burgos usan como bandera el lado hiriente de la vida, crean la atmósfera de sufrimiento en el lector, y lo hacen rebelarse contra ese statu quo negativo, pues cultivan en él la inconformidad, protesta y rebeldía juvenil basada en el sueño de un mundo mejor, pero sin producir los efectos existenciales de los del grupo de Hölderlin  y Pizarnik. Son por ello aplaudidos, premiados, reconocidos. Saben manejar vida, dinero, utipía y fama.

A pesar de concentrar su obra en el lado amargo de la vida, saben no obstante controlar sus emociones y en ningún momento se plantean ni insinúan el suicidio.

Su estilo de enfrentar el lado triste permite que sus textos sivan a los educadores para desarrollar esperanzas de bienestar en los humanos en su vida social, y reflexiones interiores.

Otra es la conclusión sobre el modelo Pizarnik-Hölderlin. Son disfrutables, degustables, y la intensidad de su historia es estremecedora y honda, produciéndonos incluso un apego, atracción y fiebre de su lectura, que puede llegar al paroxismo. Con el riego incluso de que algunos lectores -cuya biografía ha tenido traumas infantiles, juveniles o adultos similares a los de estos artistas- se acerquen a la posibilidad de quitarse la vida, queriendo emular la pasión heróica de lo doloroso que comunican.

Aunque se considere tal vez un concepto demasiado pedagógico de la literatura, creo que estos autores no son recomendables para jóvenes y adolescentes sin la madurez que les permita ver esas obras como un ejercicio lúdico, catártico, que nunca debe interpretarse como un modelo de vida y acción personal.

EN LA PRÓXIMA ENTREGA

Analizaré a otros creadores dentro de la clasificación que hago en esta serie de artículos, según sus actitudes ante las letras y la vida.