ALERTA. ¿Se escribe literatura para ganar fama, lectores, premios, dinero o ser feliz?, I

Juan Freddy Armando.
Juan Freddy Armando.

Las respuestas a la pregunta que encabeza este artículo son fundamentales en la orientación de la forma y fondo que ejercerá quien escribe, y para la realización de su vida como escritor. Cada quien da la respuesta que más se acerca a los motivos verdaderos y profundos que lo han llevado a las letras. Ahora bien, para el que busca un estilo propio, innovar, hacer nuevos aportes, dejar textos que cambien o contribuyan a cambiar lo hasta el momento escrito, ser un paradigma, un hito, un ejemplo, autor importante en la historia de las letras, ¿cuál habrá de ser la forma más segura y expedita de conseguirlo?

Ahora, yo comunicaré la respuesta mía, la que particularmente me motiva, los hilos que, como marioneta, mueven mi mente y cuerpo a entregarme noches y días enteros a leer y leer y leer, escribir y escribir y escribir.
Para mí es indudable que el éxito no está en ser muy leído, aunque ello no deja de tener importancia, ya que siempre el oficio supone la esperanza de alcanzar receptores con los cuales secretamente dialogar a través de las letras. Si nos acostumbramos a ello, seremos esclavos de lo que ellos quieran, súcubos de su gusto, del estilo que prefieran los demás, o un grupo de personas, un target o blanco de público que nos propongamos complacer.

Tampoco está en ser muy vendido, no obstante, nadie desprecia el dinero que pueda venir de esta práctica como de cualquier otra legítimamente establecida. Aunque es una trampa, pues cuando por la plata baila el mono este tiende a moverse no como él considera la mejor forma o le satisface individualmente sino la que más agrada a la gente, que sería la que más emolumentos produciría. Ello genera grandes angustias existenciales que se enmascaran con la risa del éxito público, como los payasos.

Tampoco está en ganar premios o elogios de la crítica especializada, aunque es hipócrita el escritor que quiera dar la idea de que le es indiferente ser premiado, reconocido, recibir diplomas de las academias, cenáculos, grandes sociedades y aparecer en la prensa, radio, televisión y redes cibersociales como el adalid, el Odiseo de la Odisea o el Krishna del Mahabharata.

Sin embargo, esas tres causales son inseguras, frágiles, y fuera de nuestro control porque dependen de la percepción que tengan los demás sobre lo que escribimos. Para lograrlas hay que negociar muchos principios, abandonar valiosas convicciones, acomodarse a las reglas del mercado para que nuestro producto pueda ser vendido y triunfar, si consideramos que eso es el éxito.

Por mi parte, estoy convencido de que el éxito verdadero no está ahí, no obstante las apariencias y atractivos oropeles, halagos y satisfacciones superficiales del ego que todo ello implica.

CLAVE DEL VERDADERO ÉXITO

Busco un éxito más seguro y duradero. Creo que el triunfo esencial al escribir está en ser feliz con el acto mismo de hacerlo. Es como cuando se le hace un favor a alguien: la felicidad mayor debe estar en el acto mismo, y no en la esperanza de que nos lo agradezcan, compensen, devuelvan, o que nos lo pague la vida, la suerte o esperar que algún dios que nos libre por ello del infierno o nos ofrezca a cambio un paraíso. Dar sin esperar no solo es el más puro acto de bondad sino la más segura de las dichas que podamos recibir, ya que nada nos importa lo que suceda luego. Y eso mismo ha de ocurrir al escribir literatura: no esperar más que el disfrute del hecho, como nos deleitamos con un bello amanecer o atardecer, o el mar que vibra a nuestra vista, o el río que corre entre los dedos y acaricia el cuerpo o el sueño que nos sustrae. No pedimos ni esperamos nada por esas vivencias, sino que, carpe diem, gozamos el momento. Así ha de ser por la de escribir.

Cuando el escritor concibe un poema, cuento, novela, ensayo; el músico un merengue, sinfonía o concierto que impacte, seduzca, innove; el artista visual un cuadro, escultura, artesanía inolvidables; el coreógrafo o bailarín un movimiento o conjunto de posiciones corporales coreográficas únicas; en todos esos casos el creador siente la necesidad intensa, el impulso irrefrenable y apasionado de compartir la emoción propia con sus semejantes, y ello lo transporta, rapta, sublima, a compartir ese supremo acto de generosidad y felicidad que consiste en entregarse al entregar, dar a la humanidad ese espasmo que ha vivido su íntimo yo, y conmovido a quien le ocurrió, que ha hecho al creador desaparecer su conciencia y todo su ser en lo creado. Por no tener la mezquindad de quedarse él solo con ese espasmo sublime para sí, sino dispersarlo, compartirlo, lo plasma en una obra de arte sin pensar quién o quiénes cuándo, dónde o cómo lo disfrutarán aquellos a los que llegue.

El auténtico y verdadero arte consiste en ese lanzar a los cuatro vientos la íntima y vital experiencia distinta e inolvidable, tan honda, humana y valiosa que vale la pena no dejarla perderse en el instante, en el fugaz encanto de nuestro interior, sino comunicarla, a través de las herramientas más cercanas al gusto y conocimiento del ser humano al que le ha ocurrido el fenómeno: letras y palabras, o notas musicales, o colores y formas, o movimientos corporales.
Claro, no hay dudas de que el ímpetu principal que mueve a la persona a diseminar esta emoción que considera tan elevada y admirable es una positiva vanidad que anida y anima a todo autor, la cual lo lleva a esperar que su escrito impacte en el lector, que lo haga admirar lo escrito y a quien lo escribió. Se trata de una respuesta compensatoria, que no deja de ser dichosa, y es la caricia que siempre espera secreta o públicamente el ego, y que de alguna manera lo esclaviza. Es válido esperar eso, pero sindesesperarse ni amargarse por no recibirlo.
Esa me parece la forma más efectiva de asegurarse la felicidad al escribir.

¿DEDICARNOS A LO QUE NOS HACE SUFRIR?

Por ello, me dan pena escritores a los que les pasa como Mario Varga Llosa, quien ha expresado (citado de memoria): “No tengo talento natural. Me cuesta mucho trabajo escribir”. El motivo más saludable es el de Borges. En una entrevista con Freddy Ginebra, el bachiller del sistema ginebrino señala (cito de memoria): “No entiendo cómo algunos dicen que les produce angustia el acto de escribir. Para mí escribir es un encanto prodigioso. Si no me hiciera feliz, no lo me dedicara a eso”.

Tiene toda la razón el maestro porteño frente al maestro matchupíchico, porque es de tontos, equivocados y desviados, desperdiciar su vida, tiempo y recursos en hacer algo que no les produce felicidad, que los entristece o les causa dificultad. Porque los instantes de lacerante dolor producidos cotidianamente por el hecho de hacer lo que nos desagrada, no puede ser compensado ni con toda la fama, dinero y delicias del mundo. Lo mejor de la vida es dedicarnos a aquello cuyo ejercicio da felicidad, y eso incluso conviene a la salud física y mental, a la prolongación dichosa del vivir. Porque la infelicidad enferma.

En mi próxima entrega, continuaré con este interesante tema que me parece fundamental para entender cómo la obsesión de ser famosos ha causado que muchos grandes creadores hayan vivido con hambre, sufrimiento y desesperanza, por no habérseles reconocido su obra, y luego las mismas son adoradas por la humanidad. O aun aquellos que disfrutaron de prestigio, dinero y premios, y no obstante, las angustias interiores han hecho de sus vidas un fracaso.

Porque más que en saber escribir, la clave es saber vivir.


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