Algo de mayo queda

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Algo de mayo queda, quizás los pétalos de tantas flores, el eco del himno de Trina de Moya con esas estrofas que identifican y emocionan a una dominicanidad sensible, año tras año. Canto a las madres que conmueve. Melancolía y evocación. Búsqueda incesante en el rincón de la infancia, afán que provocó a una cómplice amiga octogenaria, empeñada en su pertinaz coqueteo con la juventud, a escribir: “Soy madre, abuela, y bisabuela. Pero el domingo, cuando me levante, seré una niña perdida, buscando a mi mamá.”
Mayo queda con sus cultos marianos y con ese reconcomio que aflora cada 30. Un ajuste de cuentas incomprensible y dañoso, perenne. Ese rencor que no admite réplica y se empeña en restregar errores tras la mampara de la historia. La rediviva rebatiña para ocupar puestos en altares inventados, cincelados con un buril de oportunismo. Resistentes a la evidencia, redactan crónicas mendaces para complacencia íntima, sin importar cuanto arrasa el tifón de la injuria. Mitos recurrentes. Legado de fantasías para impedir absolución. Pasa el tiempo y en lugar de sumar, restan. Reiteran un manifiesto sin propuesta. Es el “anti” que no convoca. Porque el antitrujillismo es y ha sido diverso, difuso, confuso. No ha logrado cohesión. En el 2001, con motivo del 40 aniversario del tiranicidio, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, la FLACSO dirigida por Rubén Silié, organizó un panel para discutir “La Vigencia del Trujillismo en la Democracia Dominicana.” Los participantes: Roberto Cassá, Emilio Cordero Michel y la autora de esta columna. Como es costumbre, primero las descalificaciones, los soterrados mea culpa y la presencia de los nostálgicos de la era. Hube de subrayar, con la ilusión de evitar confusiones y acusaciones habituales e improcedentes que, por razones de edad: no fui paje de Angelita, ni ocupé ninguna curul en el congreso trujillista, ni bailé en el Jaragua. Tampoco usé la ropa que desechaba la familia del “jefe”. No me gusta el Carlos I y el Imperial de Guerlain, dice el mercado, es para hombres. También expresé: Ni los miembros del Consejo de Estado, ni la Junta Cívico Militar, ni el gobierno democrático presidido por Juan Bosch, ni el Triunvirato, ni el gobierno constitucionalista de Caamaño, ni el gobierno de Reconstrucción Nacional, se propusieron, ni pudieron reclamar a la tiranía sus atropellos… El proceso penal contra los asesinos de las Hermanas Mirabal y Rufino de la Cruz, fue emblemático, sin embargo, los condenados fueron liberados durante la revolución de abril. En su turno, Cordero Michel lamentó las manifestaciones trujillistas provenientes “hasta de mis compañeros de universidad” y Roberto Cassá comparó al tirano con Hitler y Stalin, subrayando que “el “fuhrer” acabó con el desempleo en Alemania y Trujillo no logró eso aquí.” Ha sido muy difícil y quizás solo Viriato Fiallo Rodríguez lo intentó, captar adeptos enarbolando la bandera del antitrujillismo. Ese “anti” no es sinónimo de rechazo al autoritarismo, tampoco es coherente. El antitrujillismo ideológico fue encarcelado, exiliado, vejado, exterminado. Ese que se rebeló contra el oprobio desde el 1930. El antitrujiilismo tardío logró aquello que durante 31 años fue quimera y ese arrebato heroico es indiscutible. El “anti” simbólico y opulento, sin reacción durante los 12 años, se desgasta en una lucha estéril en procura de merecimiento y no ha tomado partido por las reivindicaciones democráticas en el país.
57 años después del tiranicidio, reiterar lamentos no es convincente. Existe bibliografía más que suficiente para cotejar, especular y concluir. Quien quiera saber, busca y encontrará. El 30 de mayo del 1961, no fue un milagro ni obedeció a un mandato divino. Tiene antecedentes y protagonistas con señas de identidad. Militares, funcionarios, empresarios, colaboradores y beneficiarios de la tiranía, compadres del jefe, estaban ahí. En ese momento acudieron a la cita heroica. Demostraron valentía y cumplieron. El después es otra cosa, como es el antes de todos los partícipes. Empeñarse en el despojo de gloria, en omitir y callar, empequeñece y augura derrotas innecesarias.


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