Algo más sobre inundaciones

Las embestidas de fenómenos atmosféricos ponen a prueba el orden social y la eficiencia del poder tradicional en la redistribución del ingreso y de los beneficios que al bien común debe generar el desarrollo material y humano. Por lo regular antes de la llegada de los “desastres naturales” pueden estar las faltas de acción e inequidades que dan pie a un alto grado de marginación social o que toleran o fomentan el desorden en asentamientos urbanos y rurales derivados de la pobreza y que acrecientan la exposición al peligro. Inclúyanse entre los causantes de esta vulnerabilidad el mal manejo de lo forestal y fluvial que propicia erosiones, deslizamientos y riadas.

Los países situados en las trayectorias habituales de tormentas deben moldear sus formas de habitar y construir a partir de lo vivido, sometiéndose a normas basadas en la topografía y características de suelo, siendo el Estado el que debe lograr coexistencia con la naturaleza. Los entes políticos, notablemente inclinados al populismo, el clientelismo y el inmediatismo, deberían orientarse a fórmulas de ejercicio de poder que combatan con eficacia y en sus raíces a la pobreza, incluyendo aquella que se revela en la formación ciudadana. Los gobiernos no están libres de culpas por la gravedad que en ocasiones alcanzan sobre la colectividad, los azotes de la lluvia y el viento. No basta con estar satisfactoriamente preparados para mitigar daños materiales y humanos.

El hábito de empequeñecer

El no incluir como víctimas de fenómenos naturales a quienes pierden vidas por aparentes imprudencias parece dirigido a restar gravedad a desgracias que escapan al control humano como si los desinformados y los temerarios no fueran gente. Se concede importancia a la intemperancia ante la fuerza de la naturaleza, haciendo separación entre las circunstancias y los individuos. Ambos tienen el mismo valor para el destino del hombre. Excluir de saldos mortales a tales personas es una forma burda de evitar que, por falta de sentido, en la opinión pública se culpe al Gobierno de víctimas que, efectivamente, no siempre le pertenecen. El Presidente sentenció una vez: no quiero un solo muerto por negligencia, reflejando intolerancia a posibles fallas de los organismos; que no por eso tienen derecho a ocultar a los particulares que mueran por fallar.


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