Amor del viejito y humor del negrito

No es difícil ser viejo; lo duro es reconocerlo y aceptarlo con dignidad. Por eso, algunos amortiguadores del idioma se inventaron el término “envejeciente” como queriendo decir “vas para la vejez, aunque todavía no has llegado”, parecido a la expresión “trabajadora sexual” para las que con otra denominación les resultaba incómodo asociarse, reclamar derechos y, en forma elegante, organizar ruedas de prensa.

Los envejecientes no deberían actuar como adolescentes dando brincos que rompen huesos osteoporóticos o comprometen la suficiencia cardíaca. Aquí dos sencillos ejemplos (el primero está basado en una producción cinematográfica de reciente aparición):

Motivado por su viejita, que aspira a revivir los impulsos libidinosos de su compañero entregándole un preservativo y una pastillita azul mientras le dice que busque una “jevita” que le arranque el motor, el envejeciente va a un centro de diversión; encuentra la joven ideal y tiene una respuesta sexual sorprendente que lo motiva a desechar la pastilla, pero, al intentar consumar el acto, se desconecta la energía eréctil y lo atribuye al recuerdo repentino de su adorada esposa. Conmovida por la explicación, la noble damita le dijo: “Cuando me case quisiera hacerlo con un hombre como usted”.

Muchos llorarían con escenas como esas y se conmueven cuando ven dos nonagenarios firmemente tomados de las manos y piden a Dios verse algún día así de románticos, pero realmente eso no es simplemente amor, sino amor del viejito, porque el del condón y la pastilla no mantuvo la erección porque la edad se lo impidió y se justificó con la memoria de su esposa, y los viejitos se aprietan las manos para agarrarse mutuamente porque, sin bastones, pueden caerse.