Antológico segundo concierto temporada sinfónica con Angelo Xian

Angelo Xiang Yu, violista chino, junto al director titular de la Sinfónica Nacional, José Antonio Molina

La inteligente escogencia del programa de este segundo concierto de la Temporada Sinfónica por parte del maestro José Antonio Molina, director titular de la Sinfónica Nacional, auguraba una noche musical excepcional, con el atractivo además, de la presentación del violinista chino Angelo Xiang Yu, ganador en 2010 de la prestigiosa competencia internacional de violín “Yehudi Menuhin”.
Con el “Preludio y muerte por amor” del drama lírico “Tristan e Isolda”, una de las composiciones más brillantes y apasionadas de Richard Wagner, da inicio el prometedor concierto. Como en un susurro o un suspiro impregnado de amargura, los chelos inician el tema de “La confesión de amor”, se suceden otros breves temas y en un crescendo gradual, se alcanza el clímax de indescriptible vehemencia desvaneciente. La orquesta aborda con brillantez los diferentes matices de cada tema. La batuta de Molina pauta, la orquesta responde en armonía, produciendo la poética del arte musical… termina el hechizo, y los aplausos surgen espontáneos, intensos.
La primera parte del programa cierra con el Concierto para violín No.4 en re mayor, K. 218 de Wolfgang Amadeus Mozart, en el que se unen motivos marciales con otros líricos o de carácter liviano y juguetón. El joven violinista Angelo Xiang Yu inicia el primer movimiento “Allegro” con solemnidad y gran brillo, y pone de manifiesto su sensibilidad y capacidad comunicativa. En el emotivo segundo movimiento “Andante cantabile” el sonido de su magnífico instrumento se torna enternecedor, el “rubato” a discreción cautiva, su técnica le permite sortear cada pasaje con verdadero virtuosismo.
El tercer movimiento inicia con un “rondó” en el que se alternan diferentes temas, variando la velocidad, continúa el “Andante grazioso” y prosigue con un “Allegro ma non troppo” y de nuevo cambia el ritmo y aparecen nuevas melodías, el director consigue la simbiosis perfecta, orquesta solista. Xiang Yu muestra temperamento con buena dosis de histrionismo, decantado en el gesto y el movimiento, a veces, poco ortodoxo, pero su música fluye, y el final es espléndido, conmovedor, y así lo capta el público que envuelto en la magia musical, produce una gran ovación, que lo llevan a un “encoré” ante el cual no pudimos evitar que una “furtiva lágrima” asomara a nuestros ojos al transportarnos, en alas de la música, a nuestra infancia y adolescencia, cuando junto a nuestros padres escuchábamos en la placidez del mediodía, la “Hora Mística”, cuyo tema era la “Meditación de Thaís” de Jules Massenet. La interpretación de esta pieza es sublime y Xiang Yu alcanza un estadio de misticismo sobrecogedor.
La segunda parte del programa nos tenía reservadas aun más emociones, una fabulosa interpretación de la Sinfonía No. 4 en Fa Menor, Op.36 de Peter Ilitch Tchaikovsky. Compuesta de cuatro movimientos que simbolizan la lucha del hombre con su destino, la introducción contiene la idea fundamental, la semilla de la sinfonía. El primer movimiento “Andante sostenuto”, es pasional, arrebatador. Los metales irrumpen con fuerza, luego las cuerdas introducen con gran lirismo el tema principal, el del destino inexorable: “Es el fatum, el destino, aquel poder nefasto que no deja realizar nuestro afán de felicidad, para que la paz y la dicha no brillen en un cielo sin nubes”.
El segundo movimiento “Andantino in modo di canzona”, expresa otra etapa de la melancolía, que inicia el oboe y al que las cuerdas acompañan en un “pizzicati”. El segundo tema se aleja de la tristeza, la flauta, el oboe, el clarinete y el fagot cobran protagonismo. El tercer movimiento “Scherzo, pizzicato ostinato-Allegro” según el propio compositor “son imágenes caprichosas, figuras vagas, de apariciones fugaces”. Las cuerdas de nuevo tocando en “pizzicati” causan una impresión imborrable, luego un tema folklórico es expuesto por las maderas, para finalizar en una coda. El cuarto movimiento “Finale, allegro con fuoco” emplea una canción popular rusa conocida como “Hay un árbol alto en mi campo”. Toda la sinfonía revela un fuerte carácter nacional. Se escucha de nuevo el tema fatal del destino, y finalmente, con fuertes sonidos de platillos, cual relámpago de triunfo, termina la obra.
Definitivamente, el maestro José Antonio Molina ha alcanzado con la dirección de esta obra un estadio supremo que se sustenta en la precisa definición de los planos sonoros, y el “tempo”, logrando una respuesta precisa de la orquesta. Al extraordinario talento de Molina se une una sensibilidad y memoria asombrosa, que le permite abordar la dirección sin partituras, produciendo, con su poder de seducción, la poética musical.


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