APOROFOBIA ODIO A LOS POBRES

Una de las mayores manifestaciones de aporofobia es hacia el extranjero pobre. Esto se suele confundir xenofobia y no es así, pues los extranjeros con medios no producen rechazo.

Llamar por su nombre a las cosas, a las personas, a las actitudes, contribuye a que éstas existan a los ojos de la gente, que se pueda hablar de ellas y, en caso necesario, que se puedan combatir.
Desde hace unas décadas, el término “aporofobia” trata de dar nombre a un fenómeno tan extendido en la sociedad como invisibilizado: el rechazo hacia los pobres.
Este término, que apareció en la década de los 90, se distingue del racismo y la xenofobia en que no es la raza ni la procedencia lo que define el odio hacia las personas, sino la pobreza.
De eso habla “Aporofobia, el rechazo al pobre: un desafío para la democracia”, un ensayo publicado en 2014 en el que la filósofa española Adela Cortina reflexiona sobre las causas políticas, biológicas, éticas, filosóficas y legales de la pobreza y del rechazo al miserable.
El libro explica que somos biológicamente xenófobos y que la ciencia busca maneras para mejorar nuestras emociones: la oxitocina, por ejemplo, aumenta la confianza en los demás. ¿Acabará una pastilla con nuestros prejuicios?
En su texto, Cortina asegura que no es un asunto de medicinas, sino de sensibilizar. “Es imprescindible, pues hay más de mil millones de personas por debajo del índice de pobreza extrema. Así que las campañas tienen que ser brutales y usar la sensibilización directa para mandar el mensaje de que la gente tiene dignidad, no precio. Y si no se entiende, usar, en cierto modo, la amenaza: la pobreza genera problemas, violencia, revoluciones”, explica.
El inmigrante pobre. En una conferencia que la escritora realizó en Valencia y se publicó en YouTube, Cortina explica la diferencia entre “extranjeros bienvenidos” -que son aquellos que van a un país extranjero a invertir y gastar- y “extranjeros no gratos” que son aquellos que abusan del sistema un visado o una oportunidad de trabajo.
“El turista extranjero no molesta; sí el inmigrante pobre. Muchas veces creemos que son casos de xenofobia o racismo, pero en verdad se trata de aporofobia”, explica.
Una nueva palabra para un fenómeno muy viejo. Fue en la década de los 90 cuando la filósofa y catedrática Adela Cortina acuñó el término tratando de dar a conocer un fenómeno que existía, pero que no tenía nombre.
La aporofobia es mucho más sutil, extendida e invisible (y por ello peligrosa), y queda fuera del racismo y la xenofobia cuando, por ejemplo, existen actitudes hostiles hacia un inmigrante o una persona de otra etnia o raza sin recursos económicos, pero no hacia aquel que tiene dinero. Cortina lo ejemplificaba así en un artículo publicado en “El País” de España.
Un odio que contamina. Uno de los graves peligros de esta fobia, según la creadora de este término, es que se multiplica, sobre todo entre ciertos sectores de la clase media y alta, que ven en las clases “bajas” de la sociedad a las que estigmatizan de manera sistemática, una amenaza a su seguridad.
Como ella explica, la aporofobia es de penetración silenciosa y actúa siempre como factor deformante de la realidad; se va filtrando en el pensamiento colectivo, va contaminando el sentido común y sabe ocultarse detrás de ciertos supuestos que, a fuerza de repetirse, reclaman legitimidad de verdad. Este es un punto clave: quien desprecia asume una actitud de superioridad con respecto al otro porque se siente legitimado para odiar, para hacer del pobre un objeto de rechazo, aunque esa presunta superioridad no tenga la menor lógica ni validación racional.
Tanto empuje tiene este término que en 2017 fue la palabra del año para la Fundéu BBVA y desde entonces figura en el Diccionario de la lengua española.


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