Aquella carta de don Juan

Juan Bosch

Habrá que imaginárselo con el seño todo fruncido. El rostro congestionado de vergüenza e indignación, allá en el exilio, decepcionado. Harto de las barbaridades de Trujillo que herían sensiblemente su profundo sentimiento humanista, su fervor patriótico, su desvelo por la democracia, su amor por el pueblo: “Los estados que más me conmueven son la miseria y la ignorancia que padece nuestro pueblo”. Su pasión y lucha por la libertad de su país y de otras naciones hermanas “Mientras gobernemos no perecerá la libertad.”

Y luego, derrocado por sus acervos enemigos de afuera y de adentro, enemigos de esos valores y principios irrenunciables, su proclama: “ni vivos ni muertos, ni en el poder, ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto y nos opondremos siempre a los privilegios, al robo, a la persecución y a la tortura”. Sentimientos y valores cultivados desde la cuna, fortalecidos por la enseñanza de Hostos y de Martí y el ideario de Duarte, nuestro ilustre fundador: “Sed justos, lo primero, si queréis ser felices y así apagareis la tea de la discordia… y la patria será libre y salva”.

Sin dejar de admirar el valor del pueblo haitiano y su lucha por la libertad contra sus opresores el noble Patricio subrayaba: “Entre los dominicanos y los haitianos no es posible una fusión”.

Lo tenía todo muy claro. Somos dos pueblos distintos, con cultura, religión y lenguas diferentes. Jamás podremos fusionarnos, así lo quieran los antípodas enemigos de la soberanía y de la autodeterminación de los pueblos.

En aquella carta, Bosch, con voz doliente se quejaba del odio racial destilado por sus queridos amigos cuando, decía: “El pueblo haitiano es más digno de compasión que el dominicano, si ambos se les mide por lo que le falta todavía por adquirir para llamarse, con justo título, seres humanos y orgullosos de serlo”.

Lo que más sufre, lo que más dolor y preocupación le causa “es la transformación de la mentalidad nacional que es en realidad incompatible con aquellos principios de convivencia humana en los cuales hombres y pueblos han creído con firme fe y se han sacrificado sus vidas”, refiriéndose en particular a la actitud mental y moral de sus amigos y de todos aquellos, penosamente confundidos en el caso que a todos nos concierne, el haitiano.

Intelectuales, estudiosos, conocedores de la historia de ambos países, la deforman y con sus ideas extraviadas forjan un pensamiento mezquino racista, xenófilo que empobrece y confunde. De ahí su carta escrita en La Habana un 14 de junio de 1943, dirigida a sus amigos, de absoluta pertinencia. A los 40 años de fundado su partido ¿Qué pensará Don Juan de sus discípulos renegados, de los autores y defensores de la sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional que olímpicamente abjuran de su valiente postura, de su hermosa sensibilidad humana y social?