Aquí también

22_01_2018 HOY_LUNES_220118_ Opinión10 A

El “me too” encandila. Las redes explotan. Chicas lindas se desgañitan demostrando solidaridad mediática, aséptica, cómoda. Con demandante persistencia, lejos de la caridad y la piedad que no conocen, se convierten en militantes de ocasión. Solidaridad de vodevil y para portada, esa que permite decir presente mientras te pintas las uñas o escoges bufandas de alpaca y coordinas la reservación en el MeatPackingDistrict.
El “me too” tiene glamour, como asumir los usos de Sex and The City, o seguir con interés los detalles del matrimonio del príncipe Enrique. Acerca al mundo de las candilejas y sus secretos. Es obsesión más que trendigtopic. Aprenden y recitan los nombres de las agraviadas, y al lado, enfrente, en su espacio de trabajo, en el aula, en el templo, en la casa, comparten con víctimas de carne y hueso, silentes, sin brillo ni nombradía. Las ven pálidas cuando salen de la oficina del jefe, de la Dirección de la Escuela, del consultorio e ignoran el gesto. No les interesa el drama cercano, local, con humo y grasa. Las miran exultantes, a pesar del sacrificio, cuando consiguen un ascenso, un viaje, o una cartera nueva. Adviene entonces, en la cercanía, una confusión entre costumbre e infracción, entre decir y conquistar, que impide y desvía el enfoque.
Impuesta la militancia y la supuesta corrección política, la indignación resulta caricaturesca. El botón con el “me too” resalta, mientras la muchachada vip repite las letras afrentosas de los ritmos urbanos, del deambow que divulga el acoso y el abuso, como lírica delirante y aplaudida. Aceptación coreada del maltrato, del estupro. Celebración cantada de la violencia.
El enojo se multiplica como debe y tiene que ser. Caballeros galantes desmadrados y con una presunción de lascivia encima, difícil de eliminar. Empero, la sensatez peligra. Está la mezcla de unos y otros, de pecado e infracción y la secuela que puede sepultar conquistas irrenunciables. El miedo a la etiqueta, aturde y descarta los procesos penales. El miedo a la etiqueta y no a la sanción penal, propicia la simulación y el demérito de las mujeres. Como si volviera aquella categoría de minoridad y desamparo contra el género, manera brutal de descalificación.
Antes del escándalo provocado por las denuncias contra el productor Weinstein. Previo al momento de convertir en réprobo al mimado por el mundo maravilloso del espectáculo “made in USA”, infaltable invitado a las tenidas de los Clinton y los Obama, adorado por actrices y actores, el vicepresidente de los EUA proclamó que jamás se reúne a solas con las mujeres compañeras de trabajo y solo cena con su esposa. Absurdo y vejatorio comportamiento.
El “me too” ilumina. Sin embargo, la etiqueta y su reproducción no es asunto de estrellas acosadas, de divas perseguidas. Tampoco de estadounidenses lujuriosos y abusadores que dañaron para siempre a sus víctimas o las confundieron. Sujetos inalcanzables que proveen éxito y fortuna, a pesar del dolor o la obsecuencia para tener los anhelados 15 minutos de fama, previstos por Warhol, el siglo pasado. Individuos virtuales que reciben la furia colectiva, pasajera y rentable. La proyección encubre. Como la mujer de cartón piedra de Serrat o aquel Romance de Papel que interpretaba Mirla Castellanos, más simple, sin aspiraciones poéticas. Es necesario un “me too” criollo, que desmonte y desarme prestigios falsos. Que desacralice, identifique y condene.
Cuando no existían las redes sociales, los lacitos amarillos comenzaron a desteñirse en postes de luz capitalinos y la mayoría ignoraba su significado. Acoger la etiqueta, porque si, significa nada. Repetir consignas sin contexto no nos convierte en mejores personas. El acoso es una infracción, tipificada como: “toda orden, amenaza, constreñimiento u ofrecimiento destinado a obtener favores de naturaleza sexual, realizado por una persona (hombre o mujer) que abusa de la autoridad que le confieren sus funciones”. Además de revelar la comisión del delito, es preciso iniciar una acción para concluir con una sentencia. Aquí se multiplican los Wenstein. El silencio los exculpa. Los transforma en simpáticos donjuanes.