Aramburu y su patria

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“Las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba, debajo de la alfombra.” Serapio, el cura, apañador del terror, le pide a Bittori, la viuda del Txato que se aleje del pueblo, de su casa, para no entorpecer la reconciliación. Bravía y doliente, acude a la tumba del marido asesinado por un abertzale, después de un proceso de extorsión y pago a los recaudadores de ETA. En el cementerio comparte sus cuitas con la lápida. Es el monólogo del dolor y la soledad. Nadie en la comarca se atreve a respaldarla, menos a seguirla por los caminos del desamparo. Es la indiferencia para preservarse. No comprometerse para sobrevivir, pero también es la cobardía y el compromiso con la organización que convirtió el ideal en una cruzada de exterminio.
“Si desaparecemos de la vida pública y ellos consiguen sacar a sus presos de la cárcel, eso es la paz y todos tan contentos y aquí no ha pasado nada…”.
PATRIA, la novela de Fernando Aramburu, fue lectura de año nuevo. Amarilis Gómez Oviedo, desde Quito, envió algunos párrafos. El guiño fue comentado y bastó el entusiasmo para motivar la obsecuencia del cariño. Tuve el libro, como regalo, enseguida. Desde la primera página ocurre el enganche. Las peripecias de cada personaje encantan y preocupan. Porque la vida continúa encima de cadáveres, con presos y exilio. Con la desconfianza en cada abrazo. A pesar del espanto, hay estudios, cambios. Frustraciones, amores y desamores. Continúan los sueños y la gente baila, viaja. Asiste a la escuela, va al trabajo. Mientras el horror circunda, Aramburu relata la cotidianidad con el lenguaje coloquial de sus personajes. Transmite la ternura irremplazable de esas manos con olor a bacalao, estrujando ajos, que dicen te quiero con el gesto. La terneza cortando chorizos, en silencio, la connivencia familiar disfrutando pedazos de una tarta que expone culpas y la flexibilidad de la ética. Es el arrojo femenino controlando; el inequívoco respaldo a la prole sin descartar la reprimenda ni la insatisfacción. La escueta frase con el mensaje del corazón, sin subterfugios ni atascos. Ese querer sin dobleces ni abalorios. Y la comparación ocurre. Porque aquí y allá, enfrentados a la contingencia se exponen los sentimientos. Huir o permanecer, solidaridad o traición. El sálvese quien pueda que mañana será otro día y arreglamos la cuenta y para eso el perdón como remedio.
PATRIA no es un panfleto. Es la historia de dos familias que el momento de ETA desgarra. Familias vascas emblemáticas sacudidas por la insensatez que marcó un periodo contemporáneo de la historia de España. Insensatez que estremeció a la población y produjo un saldo de dolor inconcebible e innecesario. Tiempo de “Euskadi Ta Askatasuna”, organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional. Grupo que primero fue aplaudido por antifranquista y luego fue pesadilla.
Eduardo Madina -bilbaíno- dice: “ETA no empezó con el primer disparo de pistola. ETA empezó con las palabras. Con palabras que describían un sueño de purificación nacional, que pretendían una idea enfermiza de Euskadi, sin contaminación por pluralidad, homogeneizada en sentimientos identitarios, liberada de impurezas.”
La novela de Fernando Aramburu, consigue lo que logró Gironella. PATRIA es memorial imprescindible para comprender, desde la ficción, las consecuencias del pánico y el equívoco que asume la violencia como pancarta para conseguir nada. “Gora Euskadi” como un “viva la muerte.” Demencial culto a la sangre, al olor a pólvora. La barbarie como rutina sin posibilidad de contención. El dilema entre el rencor y el perdón. El odio y el miedo en la esquina. La dificultad para evadir, para ocultar el resentimiento que produce el arrebato y la saña, de militantes imberbes, enceguecidos y convencidos de la validez de acciones criminales. Militancia imperturbable, aunque puede impresionarse y desviar la bala, cuando el afecto viejo asoma.
La ficción acerca a la historia. PATRIA cuenta y cuenta bien. Olvidar no es opción, aunque sea propuesta. Por eso Bittori dice, cuando la convocan al olvido: “Si sufres, ¿cómo vas a olvidar?”