Argelia El socialismo de un pueblo

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He aprendido tanto de este lado del Mediterráneo. Mis primeros días en Argel fueron intensos. Estuve con la familia de Ramdane, propietario de la brasserie de mi sector en París. Me llevaron a esos barrios que resistieron aquella brutal colonización francesa. Pero sobretodo, pude descubrir el socialismo de un pueblo. Esa solidaridad, entre ayuda y creación de modos de subsistencia sin los cuales esta población hubiera desaparecido desde hace tiempo”. Estas líneas las escribí hace precisamente un año en aquel viaje a Argelia que tanto deseaba.
Argelia es una sociedad marcada por la colonización. No cualquiera. El dominio francés cuenta como uno de los episodios más crueles de la humanidad. Ciento treinta y dos años (1830-1962) donde el derecho de los franceses de la metrópolis y sus descendientes nacidos en suelo colonial primó sobre el de los argelinos. Fue un sistema destinado a reforzar las desigualdades entre poblaciones europeas y el resto: “los musulmanes”. Bajo el mandato de la ley se expropiaron tierras, se estableció la segregación, se discriminó el acceso a los empleos públicos en función del servilismo con la administración colonial, se instituyó pleno monopolio de la escolarización y de los representantes en la Asamblea. Todo esto coronado con el Senatus Consulte, esa ley del 14 de julio del 1865 que otorgó una nacionalidad francesa a los argelinos indígenas (nativos), pero les negaba la cualidad de ciudadanos que tenían los europeos. Cuesta pensarlo, pero la puesta en marcha de este sistema se hizo con la idea de civilizar a esta población.
Esta historia tuvo también sus reveses. Ese de algunos Caïd (gobernadores comunales) que utilizaban sus poderes en beneficio de la población: ya sea haciendo caso omiso a la discriminación de Estado, construyendo más escuelas y viviendas para los más vulnerables o exigiendo sus derechos laborales. Por su lado, las poblaciones de Cabilia, vasta zona montañosa del este argelino, encontraron en las migraciones temporales el último medio para sobrevivir. En un país donde la agricultura condiciona la organización comunitaria, valía la pena el sacrificio del exilio que desaparecer socialmente. Desde el 1909, jornaleros y obreros partieron a la metrópolis buscando preservar sus costumbres pueblerinas y enfrentar una agricultura en desuso por la progresiva llegada del capitalismo.
Estos modos de subsistencia compensaban significativamente la miseria social de la colonización, pero no eran suficientes. El pueblo argelino precisaba más condiciones para construir otro presente. En 1954 se desata la insurrección popular por la independencia. Francia no tardó en responder a la osadía de una población que cuestionaba su hegemonía. Con la guerra llegó la tortura. ¡Cuánta bravía! Al realizar mi investigación y consultar los archivos militares franceses, comprendí que no hay reparo a la humillación. Los Argelinos estaban decididos a un cambio. Era imposible seguir soportando tanta injusticia en una misma nación. Francia intentó reponer promoviendo nuevas políticas sociales y económicas para reequilibrar las desigualdades. Ya era tarde. Argelia para los argelinos fue el reclamo y la nueva ruta.
No había tiempo ni acción que perder. Para romper con este orden se resiste al enemigo en su escenario, con sus propias armas. Todos aquellos dispositivos utilizados para mantener a la población ajena a su sociedad, fueron utilizados para reinvertir el sistema. La guerra desató un cambio radical de concientización política. Una verdadera revolución que reveló un sufrimiento común que ya no podía seguir siendo. No era una simple exigencia de cambio. El punto era rechazarse como dominados y asumirse al mando de su propio destino.
Con Argelia independiente en 1962, el Frente de Liberación Nacional asumió de inmediato medidas que buscaron reequilibrar decenios de desigualdad. Se democratiza la escolarización, se redistribuyen las tierras y las viviendas, se reabre el acceso a los puestos públicos… El camino a la revolución social asomaba paso firme. Todo esto sin contar que la independencia no necesariamente implica emancipación, y que las ambiciones de cambio pueden frustrarse al no romper con los esquemas tradicionales. Poco a poco, el temor constatado por Frantz Fanon de ver una élite reproducir el sistema colonial sin colonia se hacía realidad. El brillante fracaso de un grupo concentrado más en aupar el poder que en distribuirlo dio paso a la emigración. Esa búsqueda de otra vida que la colonización sembrara y que el capitalismo mantendría.
Los colonizados de ayer se vieron obligados a buscárselas donde sus antiguos colonos. El cotidiano de estos migrantes argelinos traerá ingratos recuerdos y momentos. Esta población confrontaría un Estado francés que aún no digería que un pueblo venciera su supremacía. Así pasó a arremeter contra este y sus descendientes en su territorio. La tierra de la Liberté, Égalité, Fraternité vio únicamente en estos grupos una fuerza laboral. Por supuesto, todo esto con una mezcla de condescendencia como solo Francia sabe hacerlo: dando un poco de libertades culturales, pero negando rotundamente sus derechos políticos.
Del lado Argelino, la situación no es tampoco gloriosa. Recorriendo las montañas de Aghbala, me encontré una maleta frente a una casa deshabitada. Triste escenario de un cotidiano que marca la desesperación de aquel que no remedia otra cosa que partir. Allí yace la ausencia de estos migrantes. Allí se erige una sociedad marcada paradójicamente por la deserción de una población sin la cual no se podría seguir subsistiendo.
La exasperación no es para menos. No hay situación más insoportable para un pueblo que encontrarse entre fuegos cruzados de dos Estados. Esos que te valoran en función de tu costo o beneficio, que no te quieren pero te necesitan, que te utilizan y luego te olvidan. Contra tanto viento y marea, no hay remedios: estos migrantes han tenido que contar con el sentimiento de comunidad. Esa consciencia colectiva de sentirse estar en el mismo desastre y que tanto nuestras poblaciones caribeñas han experimentado alrededor del mundo. La misma que desata ese socialismo de un pueblo que crea donde se piensa que “no hay” y que brega otros presentes a como dé lugar: estableciendo redes para la búsqueda de trabajos y de viviendas, construyendo organizaciones de apoyo escolar o familiar, así como implantando estructuras para consolidar y reivindicar los derechos políticos que les corresponden cada día.
No hay dudas que esta población ha pagado muy alto el sacrificio de su libertad para que Francia siga saqueándola y humillándola, como para que unos tecnócratas en Argelia pasen sus vidas a conmemorar en lugar de hacer la revolución. Esa que hace cada día el pueblo argelino para sobrevivir y creer en otras formas de hacer política.
Urge pasar de etapa. La búsqueda de supervivencia tiene que dejar de ser una norma y las exigencias convertirse en acciones de cambio. Solo una conciencia colectiva llevará a tomar el mando de nuestro destino. Nadie es ajeno al poder político. Ese que nos disciplina para que participemos en su juego. Y mientras menos nos cuestionemos, cada vez más nuestra adhesión será espontánea y más se consolidará la desigualdad.
De ahí que el cambio proviene de trascender ese cotidiano que nos toca vivir, rechazando las realidades que nos son inaceptables, rompiendo esos gestos, silencios y complicidades que más allá de preservar nuestros conforts sirven para perpetuar que cada quien siga en su puesto (en las buenas y sobre todo en las malas)… Ese poder político nos pertenece y debe precisamente responder a las voluntades y cambios del pueblo. Combatir la realidad que nos deshumaniza es defender la sociedad. Ahí reside la verdadera emancipación y razón de ser de nuestra vida en comunidad. En esa revolución social y cotidiana que encamina hacia una sociedad más justa. Romper todas las formas de servilismo y hacer la revolución, no es romanticismo. Mucho menos utopía. Es simplemente un combate por la humanidad.
*El autor es doctor en Sociología, egresado de la Escuela Normal Superior – París.