Asentir al amor

Rosas Blancas

“Siéntate en este círculo.

Cierra los ojos, para ver con el otro ojo.

Abre las manos, si quieres que te abracen”.

Rumi

Hace algunos años, fui invitada por primera vez a visitar la ciudad de Santiago. Martha Beato, quien ahora es una querida amiga, había inaugurado un novedoso negocio llamado “Avalon”. Nunca le pregunté que la hizo elegir ese nombre. Supongo que se inspiró en la historia que cuenta el fabuloso libro “The Mists of Avalon” (Las nieblas de Avalon) de Marion Zimmer Bradley, quien hace una alusión mítica a las leyendas del rey Arturo.

Avalon es una isla mágica que permanece oculta tras unas tupidas e impenetrables nieblas. A menos que se desvanezcan, no hay manera de que un barco se abra paso hasta la isla, y sólo desaparecen cuando alguien cree que la isla está allí. Avalon simboliza un mundo que está más allá del mundo que percibimos con los sentidos físicos. Representa el milagro que creamos al creer.

Avalon es la realidad que creamos cuando nos enfocamos en el amor, y es alimentada con fe, esperanza y asombro. Este fin de semana estuve en la ciudad corazón, oficiando junto a Martha la ceremonia de matrimonio de María José y Elías Abel. Ser parte de un acto tan trascendente, en el que dos personas muestran que la belleza de la vida se exalta en la entrega, es una bendición y un gran regalo.

El escritor francés Stendhal decía que ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música, como emprender un viaje sin un libro, como ir por el mar sin estrella que nos oriente. El milagro del amor consiste en un cambio de la percepción que nos hace despejar las nieblas que nos impiden ver la magia de Avalon.

Un Curso de Milagros dice: “Nada irreal existe. Nada real puede ser amenazado. Sólo el amor es real”. El ego intenta convencernos de que decir si al amor es algo peligroso y que el amor nos hará sufrir. Cada vez que una pareja asiente al amor y dice “si, acepto”, prometiendo amor eterno, es un triunfo para el espíritu.

Cuando éramos niños estábamos conectados con un mundo rico, lleno de hechizo y de milagro. Nos guiábamos por el corazón y su alegría. Al crecer y sobrevalorar la razón, entramos en contradicción con lo que es natural en nosotros: entregarnos y amar.

Para el ego, el amor es debilidad, en cambio, para el Espíritu el amor es fuerza. El amor es eso con lo que nacimos, el miedo es lo que hemos aprendido. El viaje del héroe es la travesía de asentir el amor en nuestras vidas. El amor es el hecho existencial esencial. Tener plena conciencia de él, tener la vivencia del amor en nosotros y en los demás, es el sentido y propósito de la vida.

El psicólogo suizo Carl Gustav Jung decía que las personas hacen lo que sea, no importa lo absurdo, para evitar enfrentarse con su propia alma. Sobrevaloramos lo que percibimos con nuestros sentidos físicos y subvaloramos lo que en nuestro corazón, sabemos que es verdad.

Los sentidos físicos no pueden percibir el amor, el amor exige una visión diferente, de aquella a la que estamos acostumbrados, una forma distinta de conocer y de pensar. El amor es el conocimiento intuitivo de nuestro corazón y solo se alcanza mediante la sensibilidad.

Un antiguo recuerdo de este amor nos persigue continuamente, pidiéndonos por señas que regresemos. Es por eso que el lenguaje del amor se expresa en poesía, música, imágenes, danza y todo lo que despierte y fortalezca esa sensibilidad en nosotros.

Asentir significa entregarse a la vida tal cual es. Cuando asentimos damos paso a que ocurra el milagro; la cabeza y el corazón se abren y Dios puede entrar y hacer su obra en nosotros.

Tener otro propósito que no sea amar nos azota a una vida sin sentido, ¡es contrario a nuestra naturaleza! El célebre poeta y místico persa Rumi escribió: “Bendito sea el poema que viene a través de mí, pero no de mí, porque el sonido de mi propia música ahogaría la canción de amor”. Cuando esto ocurre, el compromiso es lo natural.

En otro de sus poemas Rumi dice: “El amor es como el almizcle. Atrae la atención. El amor es un árbol, y los amantes, su sombra”.Me siento honrada de ser parte de la historia de amor de María y Elías. El Gran Espíritu que los unió los bendice con días de crecimiento y días de dulzura.


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