Asesinato del general Ludovino Fernández

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Horas después que el comandante de la fortaleza de San Juan de la Maguana, coronel Luis Ney Lluberes, asesinara al general Ludovino Fernández, el chofer del brigadier, sargento José Pulinario Rosa, descargó su arma de reglamento contra el primer oficial, en un hecho de sangre que impactó a toda la sociedad dominicana. La tragedia ocurrió a mediados de abril de 1958, hace 60 años, luego que el generalísimo Trujillo, de manera verbal, ordenara a Ludovino hacerse cargo de la plaza del Suroeste, que dirigía Lluberes. Ludovino llegó a la ciudad sureña en horas de la mañana del día 30 de marzo y de inmediato fue a visitar al teniente coronel Gabriel Almánzar y Almánzar, esposo de la señora Dulce Domínguez, hermana de doña Gloria, la esposa de Fernández.
En su primera visita a la fortaleza, Ludovino instruyó a Lluberes, su compadre y amigo, trasladarse a Elías Piña, a dirigir el batallón instalado allí, decisión que no fue aceptada por el militar, que llevaba más de tres años en San Juan esperando su ascenso a general. Ante la actitud rebelde del oficial, Ludovino se retiró molesto esperando que el militar analizara la situación, sin resultados positivos. En la tarde el brigadier regresó al cuartel e inquirió de manera enérgica al coronel explicaciones por las cuales no acataba la orden de entregarle la brigada, y le dijo: “Lluberes… tú no me has entregado la brigada, voy a tener que llamar al generalísimo para comunicarle la situación”, a lo que respondió: “Llámelo cuantas veces quiera”. El ambiente se puso muy tenso debido al cruce de palabras y ambos militares se habían excedido en sus expresiones desafiantes.
Cuando Trujillo se enteró por la vía telefónica del complicado caso ordenó inmediatamente a Ludovino que le transmitiera a Lluberes que se reportara al Palacio Nacional a las once de la mañana del día siguiente. Ya en el despacho del Jefe, el coronel dijo a Trujillo que no estaba de acuerdo con esa orden, pues él esperaba su promoción a general, a lo que el generalísimo preguntó: ¿Usted quiere quedarse en San Juan? Lluberes le respondió afirmativamente. Trujillo, de manera enérgica, le dijo: “Se quedará en San Juan, pero como mayor inspector del Ejército… Retírese inmediatamente”. Tan pronto el oficial se marchó el gobernante ordenó que lo retrogradaran, es decir, que le quitaran dos rangos: el de coronel y el de teniente coronel, para dejarlo en la posición de mayor. El decreto con la orden fue sellado y rubricado por el Presidente Héctor Bienvenido Trujillo Molina.
La retrogradación y el trato hostil y poco cortés que le dispensó el Jefe llenó de frustración y nostalgia al entonces comandante de la fortaleza de San Juan, quien trataba de ahogar sus penas en llantos. Dos semanas después de la desconsideración y deshonra de que fue objeto, Lluberes asumió las nuevas responsabilidades en la brigada sanjuanera, con el rango de mayor, inspector del Ejército, como había dispuesto Trujillo. En horas de la tarde del 14 de abril los dos militares, que eran amigos y compadres de antaño, ocuparon sus escritorios que estaban uno en frente del otro y ya entrada la noche, de manera repentina y sin mediar palabras, Luis Ney extrajo de una gaveta un revolver 38 y lo descargó sobre el cuerpo de Ludovino; volvió y cargó el arma y asestó otros cincos impactos al cuerpo del general.
El chofer de Ludovino, el sargento Pulinario Rosa, que estaba en el patio, al escuchar los disparos continuos corrió rápidamente a las oficinas de su jefe y lo encontró derramado en las escaleras de la segunda planta. A Lluberes lo sorprendió cargando una ametralladora Cristóbal y acto seguido desenfundó su pistola calibre 45, y la descargó contra el degradado coronel. El suboficial tomó el carro de su jefe asesinado para dirigirse a la capital, pero fue apresado a la entrada de San Cristóbal por un comando integrado por el general Carlos Alberto Mora, después de burlar la vigilancia en las comandancias de Azua y Baní. Este comandante con asiento en San Cristóbal fue quien lo condujo hasta el Palacio Nacional, y Trujillo, después de escucharlo atentamente, le dijo a Pulinario: –“Usted cumplió con su deber”, y a seguidas tomó prestadas las insignias de un oficial y se las colocó en el uniforme del militar, ahora con el rango de segundo teniente.
Estos y otros detalles del trágico acontecimiento son narrados por el ex general Eligio Bisonó Jackson en su libro “Mis Vivencias, pags. 46-60, quien, según describe, había sido trasladado a la comandancia policial de San Juan, con rango de sargento A/C. Como dato curioso consigna que cuando se produjo el suceso el oficial del día en la fortaleza era el recién ascendido primer teniente Héctor García Tejada, que tiempos después llegó a secretario de las Fuerzas Armadas.