Asustar sin contexto

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El horror trivializado, la crónica del espanto cotidiano convertida en tema mientras se apura el vino. La ausencia de argumentos y contexto. Después del cotilleo, cualquier conversación concluye con aquella expresión huera que concita apoyo y pretenden convertir en marca país: esto se fastidió. La banalidad difunde, hasta el hartazgo, hechos hórridos. Imputa y condena. Como si la propensión a delinquir fuera de nuevo cuño. Esconder la historia penal es irresponsable, el inventario del crimen no comienza hoy. Existen antecedentes, jurisprudencia. La esencia de un colectivo está en los anales penales. El crimen atraviesa clases, edad, género, raza, época. El mundo idílico, el deber ser, coexiste con el otro. En los pasillos judiciales está la escuela, la experiencia de estrado quita espanto y enseña. La rutina judicial tiene el mismo talante de otrora, multiplicada porque la población aumenta y la difusión instantánea del suceso permite el conocimiento masivo de autores y cómplices, supuestos o reales. Las semanas concluyen y comienzan con la crónica roja convertida en vil amarillismo. Mutilaciones, estupros, incesto, la infancia aterida, secuestrada, quemada. Selfies de asesinos y víctimas, estafadores y su flow, exhibición de fortunas espurias con la excusa de la filantropía. La repartición de culpas y perdones, conforme con intereses, motivos y metas. Batiburrillo ético que sirve para confundir y alienar, de manera conveniente. El tránsito de criminal a pecador para luego conceder la exculpación pautada. Es la simulación construyendo la inmediatez inmaculada, sin pasado. El infierno siempre serán los otros, para crearlo están los censores de la progresía, redivivos maniqueos, pirómanos sociales que prefieren ver arder la heredad antes que protegerla. Para ratificar lo expuesto basta rebuscar. Leoncio Ramos Jerez legó un texto que fue imprescindible para los estudiantes de Derecho del siglo pasado. “Notas de Derecho Penal”, es cotejo, resumen, paráfrasis, sin embargo, tenerlo, gratificaba. Permitía el conocimiento de los rudimentos del Derecho Penal y lo más importante, conocer la situación criminosa criolla que Ferri, Garraud, Garófalo, no podían proveer. Tampoco Bernaldo de Quirós o Jiménez de Asúa. Es el compendio realizado por un enamorado de su función, un pensador jurídico cuando el prestigio estaba en la honestidad, en saber y hacer. Maestro durante 30 años en la Universidad de Santo Domingo, miembro del Ministerio Público y del Poder Judicial, recorrió el mundo buscando respuestas en los diferentes regímenes carcelarios para elaborar un proyecto de ley que aspiraba transformar la barbarie del penal. Los comentarios del estudioso están acompañados de referencias jurisprudenciales. Robos, estafas, adulterios, homicidios, asesinatos, relatados con sus consecuencias judiciales. El repaso sirve para comprobar el parecido de la práctica infractora antes y ahora. La trivialización de la infracción convertida en flecha para ir más allá del descrédito del sistema, concluye siempre con proclamas pidiendo exterminio o con la invención de causas que determinan el comportamiento delincuencial. Sus gestores eluden la realidad, aunque juran que quieren transformarla. Como si la mentira, la imputación mendaz, no contribuyeran al escarnio y al desconcierto, como si no afectaran la impunidad que denuncian. Útil releer algunos párrafos de las Memorias del Poder Judicial -1916- suscritas por su presidente, Federico Henríquez y Carvajal. Quizás los adalides del desastre ponderen el contenido: “Nuestra criminalidad requiere un estudio concienzudo, como calidad, rasgos y fisonomía; como cantidad, en cuanto a modo de corregirla; en cuanto a modos de contenerla, de caracterizarla. La prensa periódica diaria, desde que el hilo telegráfico y telefónico nos pone al corriente, casi instantáneamente de cuanto sucede en el territorio nacional, da el alarma, cada vez que ocurre una reyerta, una muerte, un homicidio. El público vive atemorizado. ¡La criminalidad aumenta! es el clamor universal; y todos buscan la causa. Los unos, lo atribuyen a régimen liberal imperante, los otros a deficiencia de legislación; aquellos a lenidad de los tribunales; otros a la imposibilidad de éstos a condenar, por falta de pruebas, de testimonios, pues que nadie quiere deponer en contra de nadie. Por fin, otros dicen: es el uso inmoderado del arma de fuego”.


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