Ateísmo, narcisismo e intelectualismo

Rafael Acevedo

La tradición intelectual tiene en alta estima el célebre apotegma de Descartes: “Pienso, luego existo”; si puedo pensar es porque existo, el acto de pensar demuestra que la mente y el ser humano existen. Desafortunadamente, muchos pensadores llegan a la conclusión de que podemos entenderlo todo, que todo se puede aprehender y entender mediante el razonamiento, que solo basta pensar. Olvidándose que la mente opera selectivamente y fraccionariamente: como el patólogo forense y el taxidermista pueden seccionar el cuerpo pero no pueden ver el espíritu de vida.
Muchos confunden “su” entendimiento con la realidad y la verdad. Como si pensar y captar la realidad y la verdad fuese un proceso automático. Los más “estudiados” suelen creer que la diferencia está en que ellos, los estudiados, conocen la lógica. Ignoran que Eleno, el electricista y los demás del barrio, tienen también la suya, suponiendo que todo vecino tiene derecho a subir la radio a todo volumen, porque está en su casa. Y cita a Benito Juárez: “El derecho ajeno es la paz”; cada cual de hacer lo que quiera con lo suyo (sea su radio, su moto o su mujer). Algunos que leen libros caros, no caen en cuenta de que su problema consiste precisamente en que piensan; que el pensamiento es un instrumento que engaña hasta a su propio dueño; parecido a las armas de fuego, al ego, al orgullo, al narcisismo.
Un ciempiés caminaba tranquilo en el traspatio. Un grillo lo observaba cauteloso desde una piedra: “Que criatura tan maravillosa es usted. ¿Cómo puede mover tantas patas al mismo compás sin equivocarse?” El ciempiés se detuvo, halagado, a auto contemplarse, a pensar cómo él lo lograba. El ciempiés no pudo ya volver a moverse, tratando de entender su propia dinámica.
Como en este relato, los humanos suelen enredarse en sus propias disquisiciones. La máxima cartesiana se les vuelve en contra y, como dijera el media lengua: “Pienzo, luego… me jodo”. Porque el pensamiento puede ser un instrumento complejo y peligroso. Josué de Castro explicó el ciclo del cangrejo: estos se alimentan de los excrementos de los habitantes de las favelas, y aquellos se alimentan de los cangrejos. No pocos se alimentarse de las ideas que otros evacuan, para luego alimentar a otros con ideas mal digeridas. Los pensadores se olvidan respecto a las limitaciones de sus conceptos y teoremas. Como los cangrejos de Nagua, a veces olvidan que sus tenazas solo sirven para ciertas cosas sólidas.
Cuentan que estaba el sabio Agustín junto al mar tratando de entender los misterios de Dios. Y había un niño jugando en la arena. Con gran curiosidad se acercó al niño y le preguntó: “Oye, niño, ¿qué haces?”. El niño le respondió: “Estoy sacando toda el agua del mar para ponerla en este hoyo”. Y San Agustín le dijo: “Pero, eso es imposible”. Y el niño respondió: “Más imposible es lo que tú estás intentando: Comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios”.
¡El Señor nutra nuestras mentes y corazones con La Verdad esta Semana Santa!