Aunque no usó nunca la banda presidencial, Bosch se la llevó puesta a su tumba. Revelan el secreto 55 años después de su derrocamiento

Juan Bosch. Reproducción Napoleón Marte 10/07/2018
Juan Bosch. Reproducción Napoleón Marte 10/07/2018

 Bosch y López Mateos intercambiaron regalos en Los Pinos, la residencia oficial del Presidente. El mejicano le entregó un estuche con dos gallos de pelea labrados en oro, plata y cobre y una réplica de la campana de Dolores.  Bosch le entregó una caja de puros fabricados en el país, una caja de arroz, trigo, granos de cacao y pequeñas porciones de dos tipos de café.  Había, además, un par de guineas vivas en una jaula rústica de madera y fibras, que motivaron comentarios en la prensa azteca.

En sus siete meses como presidente de la República, Juan Bosch, nunca usó en el país la banda presidencial y la única vez que se la ciñó, y a regañadientes, fue en ocasión de una visita oficial a México, su única al exterior como jefe de Estado. La cinta fue confeccionada a toda prisa por los mejicanos porque Bosch debía figurar en un acto público junto al presidente Adolfo López Mateos y así lo exigía el protocolo azteca. Pero bajó a la tumba con ella puesta.
La banda fue traída por su esposa Carmen al regreso al país, quien luego la entregara a la señora Zaida de Lovatón, antes de la partida al exilio de Bosch, días después de su derrocamiento, el 25 de septiembre de 1963. “Doña Zaida guardó ese símbolo con respeto”, me dice el arquitecto Mariano Sanz, en carta de fecha 2 de junio del presente. “Antes de morir nos (la) entregó a mi esposa y a mí para conservarla y usarla a nuestra discreción”.
Sanz revela en su carta que antes de que Bosch muriera entregaron la banda a Diómedes Núñez, secretario del expresidente. “Posteriormente recordamos haberla visto colocada al pecho de don Juan en ocasión de su entierro”, añade la carta. El destino de esa banda, confeccionada toda prisa por los mejicanos, permaneció así sin conocerse durante 55 años.
Mientras se intensificaban las actividades en su contra, Bosch tomó la decisión de aceptar la invitación oficial para visitar México. El viaje tendría lugar a finales de la primera quincena de septiembre, entre el 13 y el 14.
Bosch realizó una nueva visita a la base aérea de San Isidro a comienzos de agosto. Era la primera desde el áspero incidente en que había rechazado el intento de ultimátum que culminó con la separación del capellán Marcial Silva y el mayor abogado Haché. La inesperada aparición en la base se relacionaba con su proyectado viaje a México.
Llamó la atención del Presidente un viejo y destartalado DC-4 en desuso y le anunció al general Luna que haría el viaje en ese aparato. El oficial estaba informado de que él también formaría parte de la comitiva oficial. Como experimentado piloto, Luna sabía que el avión seleccionado por el Presidente no estaba en condiciones de hacer la travesía. Estaba fuera de servicio y pasado de horas de vuelo.
Luna hizo llamar ante el Presidente al coronel Pedro Bartolomé Benoit, jefe del Comando de Mantenimiento de la Fuerza Aérea. Benoit tenía bajo su dirección a 400 hombres, y de su comando dependía todo el movimiento de los equipos bélicos del cuerpo, especialmente los aviones. Benoit confirmó la explicación del general Luna de que el DC-4 era un avión fatigado. En este antiguo aparato de Cubana de Aviación, el general Fulgencio Batista había salido de Cuba, el 31 de diciembre de 1958, ante el triunfo de las guerrillas de Fidel Castro.
Partes esenciales del metal del avión estaban debilitadas por las vibraciones causadas por el exceso de uso. El fuselaje había sufrido mucho por la enorme cantidad de aterrizajes realizados. Una reparación debía evitar que esto causara fallas estructurales que accidentaran en pleno vuelo el aparato. Las observaciones bastaban para disuadir a cualquiera. Luna insistió ante Bosch que el viaje se hiciera en un aparato en mejores condiciones de Dominicana de Aviación.
Pero Bosch preguntó a Benoit si finalmente creía que el CD-4 podía realizar el viaje y regresar sin contratiempos, en caso de que se reparara el motor. El oficial contestó afirmativamente y el Presidente decidió que haría en ese aparato su viaje a México.
La reparación duró todo el mes de agosto y los primeros días de septiembre. La Fuerza Aérea solicitó la compra de dos motores. Bosch autorizó solo la de uno. Finalmente, sin embargo, a finales de la primera semana del mes de septiembre, todo estaba listo para el viaje presidencial.
Acompañado del ministro Viñas Román, del general Luna, de su asistente militar, el coronel Calderón y de otros altos oficiales, Bosch emprendió su primera y única misión en el exterior como jefe del Estado. La travesía se cumplió con una escala en Kingston, donde Bosch celebró una reunión con el primer ministro Alexander Bustamante. A la mañana siguiente, emprendió vuelo de nuevo para una escala técnica en Belice.
El Presidente llegó a Ciudad México, como tenía previsto, exactamente al mediodía del 14 de septiembre. En la entrevista que concediera a la prensa mexicana e internacional, al final de su visita oficial a la nación azteca, Bosch dijo: “Es muy difícil entenderse sobre Cuba, como sobre cualquier otro, cuando se vive en situaciones históricas, sociales y económicas tan diferentes como la que viven en los Estados Unidos y las que vivimos en la República Dominicana”. El periodista que le había formulado la pregunta era un corresponsal norteamericano. El presidente se dirigió directamente a él: “Para ustedes no hay problemas en cuanto afirmar o no afirmar la democracia;: no hay norteamericano con hambre. Ningún presidente norteamericano tiene que temer un golpe de estado militar. Sabe que inicia su periodo y lo terminará”. En cambio, para un pueblo como el suyo, el dominicano, continuó Bosch, “la democracia tiene que ser un régimen que garantice los derechos de los ciudadanos y su derecho a comer, a trabajar y a pensar y a moverse dentro del estricto apego a la ley”.

Era la primera visita de un jefe de Estado extranjero a la celebración del Grito de Dolores. Pero los festejos del 153 aniversario de la Independencia de México estuvieron a punto de ser estropeados por un desacuerdo respecto al protocolo. Bosch se resistió en principio a colocarse la banda que ya había rechazado en el acto de su propia juramentación. Y rechazó también la condecoración del Águila Azteca en la creencia de que al pueblo dominicano no le gustaban las condecoraciones porque Trujillo había abusado de ellas. Bosch no dio su brazo a torcer respecto a la condecoración. Pero debió someterse al protocolo en lo concerniente a la banda cuando apareció junto a López Mateos en El Zócalo, la plaza principal de la capital mejicana que esa noche estaba atestada de gente.

Bosch y López Mateos intercambiaron regalos en Los Pinos, la residencia oficial del Presidente. El mejicano le entregó un estuche con dos gallos de pelea labrados en oro, plata y cobre y una réplica de la campana de Dolores. Bosch le entregó una caja de puros fabricados en el país, una caja de arroz, trigo, granos de cacao y pequeñas porciones de dos tipos de café. Había, además, un par de guineas vivas en una jaula rústica de madera y fibras, que motivaron comentarios en la prensa azteca. El enviado especial del Listín Diario, Federico Henríquez Gratereaux, reportó que la negativa del mandatario a “usar los signos exteriores del poder, como es una banda presidencial” había dado lugar a una “batalla diplomática “que Bosch reconoció haber perdido.

En la escala previa en Kingston, el Presidente dio órdenes de mantener los equipajes en el avión. Debido a esa extraña disposición, muchos de sus acompañantes, incluyendo los corresponsales de la prensa dominicana, llegaron a Ciudad México sin afeitarse y sin cambiarse de ropas. De regreso, al hacer escala en Mérida, Bosch descendió del avión para visitar lugares históricos. Se detuvo frente al Instituto Yucateco de Antropología e Historia. Pero no pudo entrar porque ya estaba cerrado y ninguno de los porteros tenía las llaves de la puerta. Inmediatamente regresó al aeropuerto en medio de un fuerte aguacero.