Bendito sea su recuerdo

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El domingo, 9 de enero de 2011, recorriendo los pasillos de la librería Cuesta encontré un libro de Batya Gur que me deslumbró: “Piedra por Piedra”.
Fue como ese punto final, esa palabra decisiva en la terminación de un libro, fue para mí el broche final de todo lo que viví, pensé, reflexioné, sufrí y escribí durante los últimos dieciocho meses de mi vida.
Al final del libro en un epílogo con el título “Nota de la autora”, ella escribe:
“En la conciencia de la población israelí se relaciona la locución “ruleta de la red” con un accidente en el cual falleció Amir Melet, bendito sea su recuerdo, y la batalla que libró hasta su propia muerte su madre, Shulamit Melet, bendito sea su recuerdo, a lo largo del juicio y después de él, contra las instituciones para la preservación de la memoria de los fallecidos del Tsahal.
“Piedra por piedra” es una novela de ficción para cuyo proceso de escritura he utilizado los hechos que la prensa publicó sobre el caso. A pesar de que Shulamit Melet y su hijo han formado parte de mi vida durante unos cuantos años, los acontecimientos que aquí se narran no tratan de ellos exactamente. Nunca conocí a Shulamit Melet ni hablé con nadie de su familia. (…)La figura de Shulamit Melet y el asunto de la ruleta de la red se desprendieron hace tiempo de su contexto concreto y han pasado a ser una parábola. Esta parábola y nada más es lo que he querido contar aquí.” Batya Gur, 2005.
A fin de año después de saludar a mi gente, me senté rodeada de mis perros y gatos, con mis cuadernos de notas abiertos sobre una mesa que mira al mar, con la casa apacible y arreglada, con la comida cocinándose, fragante, en una cocina que acabo de acondicionar y poner bonita aprovechando el contrato de trabajo temporal. Cuando me serví una copa de vino blanco helado y pensé todo lo que había vivido estos últimos dieciocho meses, me sentí una mujer bendecida.
Sobre todo sentí que si es verdad que hay un karma, las cosas me volvían con la certeza del bien hecho, de la gracia, de la buena voluntad, de las ganas de hacer cosas por los otros con diligencia y alegría, como si las hiciera para mí y los míos.
Pensé todo lo que había vivido en este último año y medio (2009-2010-2011), en lo que había pasado en mi vida, en la vida de mis hijos, de mis amigos desde que publiqué “Esa maldita pared” y tuve la certeza de que me había dado una segunda oportunidad como la canción de Gloria Stephan, que todo lo que escribí, lírica, acongojada, pasada de copas de vino blanco, titubeante, frágil, vulnerable, “triste, solitaria y final “como en una novela de Soriano había construido una realidad de dieciocho meses que se resumían en ese pasaje precioso de Sergio Ramírez en “Adiós muchachos” cuando cita a Dickens, en el primer párrafo de “Historia de dos ciudades” y dice: “Sigo creyendo que “fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos; fue el tiempo de la sabiduría, fue el tiempo de locura; fue una época de fe, fue una época de incredulidad; fue una época de fulgor, fue una época de tinieblas; fue la primavera de la esperanza, fue el invierno de la desesperación”.
No sentía resentimiento, furia o venganza. Por el contrario era una energía muy fuerte, poderosa pero apacible.
Constante y esclarecedora como eso que escribió Marie Curie: “Se deja de temer aquello que comprendemos”. De pronto había dejado de pelear, porque había dejado de temer, simplemente porque las cosas, los hechos, la gente que yo había amado, o de la que me había alejado, de pronto se aparecían transparentes en toda su maravilla y en toda su abyección y yo comprendía el rompecabezas de nuestras vidas sin una gota de rencor.
En ese largo ejercicio de vida que se extiende desde el 11 de octubre del 2009, en que desempleada y sin saber qué iba a hacer de mi vida fui invitada por unos amigos cubanos a una casa de fin de semana en Boca Chica y me bañé en una piscina color turquesa, bebí mucho vino blanco helado, me sentí una hipopótama feliz, no por lo gorda ni monumental sino porque evoqué simbólicamente eso que para los egipcios significa la hipopótama: representa el principio maternal encarnado en la diosa Taueret, que se ocupa de los nacimientos.
En la naturaleza, las hipopótamas dan a luz dentro del agua, buscan cuidadosamente un lugar seguro para que las corrientes peligrosas no puedan arrastrar al recién nacido. Dicen que el hipopótamo puede convertirse en el signo que nos ayude a entender y aceptar nuestro propio nacimiento.
Cuando salí de esa piscina azul, borracha de vino blanco, regresé a mi casa y como el tigre de la literatura de Juan Bosch, de una sola sentada escribí: “Sé que aun me queda una oportunidad”, sé que fue como una carta de intención, como la cartografía inicial de lo que tenía que construir para no sentirme “triste, solitaria y final”
Mirado a la distancia aquel baño con distintas mujeres de mi vida, de la historia y de la literatura ha sido como el bautismo o el nacimiento de otra mujer.
Nueva, distinta, como la hipopótama feliz he buscado durante dieciocho meses a través de la literatura un lugar seguro, a resguardo de las corrientes peligrosas de la vida para que otras mujeres y yo misma volviéramos a nacer, como si nos reengendráramos y pudiéramos emerger a una nueva vida, si no más seguras por lo menos lúcidas.
A fin de año rodeada de mis notas pensé todo lo vivido, pensé en todo lo que había escrito, en los encuentros y desencuentros con los fantasmas del pasado a los cuales les había tocado la puerta, les había preguntado cosas, y me habían contestado a su modo, yo también respondí a mi modo. Tal vez respondí de acuerdo a formas arcaicas, anacrónicas, antiguas e insuficientes.
Por eso me tocó de manera tan profunda ese libro de Batya Gur. Porque ese, su último libro es su testamento. Se murió de ira, de furia, de descontento con el Gobierno israelí, con la realidad odiosa de israelíes y palestinos, porque dedicó el libro a su madre que era una judía polaca víctima del holocausto, porque lo escribe poco antes de morirse de un cáncer fulminante a los cincuentaisiete años de edad, bendiciendo el recuerdo de otra mujer que se pega un tiro de impotencia ante la tumba de su hijo.
Porque teníamos la misma edad, la misma furia y la misma impotencia y porque escribíamos para salvarnos.
Cuando escribí “Hay un gato con botas en el salón” supe que ese asunto no estaba terminado y que mi furia o mi dolor me habían impedido darle “el tiro de gracia” o ese toque final que cierra una puerta del pasado a conciencia, suavemente, pero de manera definitiva y sobre todo sin autodestruirme.
Era como un *cabo Anselmo más, suelto en la geografía de Latinoamérica, que pedía una pensión no por los servicios prestados a la humanidad sino por haber sido un confidente y un delator. Cuando ese cabo me escribe y me llama “cobarde y vil” porque escribo de mi amiga suicida, cuando rememora a su antiguo amor como borracha, lesbiana y trotskista, ese cabo Anselmo se derramó por la geografía de nuestro continente, misógino, asesino, inclemente, letal y macabro como el juego siniestro del ejército israelí.
Yo no me quería morir como Batya Gur, prematuramente de un cáncer fulminante a los cincuentaisiete años, tampoco me quería pegar un tiro como Shulamit Melet, sobre la tumba de su hijo ni me quería arrojar por un balcón como mi amiga Nené.
Al descubrir el libro póstumo de Batya Gur en la librería y leer el epílogo, me di cuenta que ella explicaba esos puntos suspensivos en tantas cosas de nuestras vidas como mujeres que de pronto en un giro lleno de sentido cerraban con suavidad pero definitivamente asuntos pendientes.
Conocí a Batya Gur por un libro que me regaló mi hijo Mauro, en el año 2002, “Asesinato del sábado por la mañana”.
En el año 2004, escribí una historia de vida, publicada en Areito, sobre ella, su obra, su larga reflexión sobre el Gobierno israelí, sobre la sociedad israelí, tan fanática y racista que se tituló “Nada es verdad”.
En “Piedra por piedra” una madre hace saltar con una carga de dinamita la tumba de su hijo. Este murió durante el servicio militar, víctima de un juego macabro. En la tumba se habían esculpido las palabras de rigor para estos casos: “Caído en un acto de servicio”.
Pero no es verdad. Entonces Shulamit Melet o la Rajela de ficción que es una escultora reconocida, labra un ángel y una lápida nueva, revienta la lápida puesta por el ejército israelí y en su lugar coloca, bien visible para todos, la verdad: “Asesinado por sus superiores”.
Al final del juicio, de la soledad, del abandono y el repudio de su marido, de su familia, de sus amigos ella se pega un tiro. Una se queda sin aliento, porque desde el principio sabía que ese era el final pero las preguntas que surgen es si no hay otras formas posibles de resistir, de denunciar, de saltar con la dinamita de la literatura, la mentira, el genocidio, de reventar a todos esos Anselmos sueltos en el mundo sin tener que autoinmolarnos.
Y como no sé la receta para vivir, escribir y morirme a los ochenta años como una anciana sabia, entonces, me meto en el agua de mi segunda oportunidad, floto como una hipopótama feliz…, y escribo…, y fluyo… y bendigo el recuerdo de todas ellas.
Santo Domingo, domingo, 31 de diciembre de 2017.
Nota: *Cabo Anselmo refiere a José Anselmo dos Santos, “el cabo Anselmo”, alias Daniel, militó junto al esposo de Soledad Barret en Cuba. El “cabo Anselmo” fue dirigente de la Asociación de Marineros durante el golpe de Estado contra Joao Goulart reconocido como un “héroe” por los guerrilleros, la dictadura lo utilizó como doble espía para delatar a sus compañeros.


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