¿Bondades del celibato?

Ahora que el Papa envía una comisión de alto nivel a investigar casos de pederastia en Chile, se pone sobre el tapete el tema del celibato como regla a cumplir y respetar por parte del personal sacerdotal de la iglesia católica.
Tal imposición es, evidentemente, una decisión que niega la naturaleza de los seres vivientes, cuyo instinto los lleva al ayuntamiento sexual que, desde siempre, ha sido practicado de manera clandestina cuando se trata de relaciones no santificadas por la religión y por la sociedad.
No es de ahora que los sacerdotes practican actos de pederastia contra alumnos de colegios, especialmente aquellos que tienen internos, los otros con los que practican deportes de hombre a hombre, con niños, niñas, jóvenes y adultos a quienes tratan en el confesionario y violando todas las reglas de la iglesia y de la sociedad, acosan, conquistan, engañan.
Tampoco es nuevo que sacerdotes tengan relaciones con mujeres de una forma privada, secreta, clandestina o pública. Es incontable el número de hijos de curas a quienes crían y hacen pasar como sobrinos.
Recuerdo que en la década de 1940 la orden de Scaboro envió a El Seibo a dos curas que tenían vueltas locas y sin ideas, a muchas jóvenes de lo que entonces se llamaba “la mejor sociedad”. Que se sepa, ni el padre Juan, ni el padre Jorge brincaron la tablita como lo había hecho antes el padre Mejía, quien le dijo a mi prima Alba Gautreaux, en el confesionario: Albita, me gustas de los hombros para abajo.
El celibato, como norma de conducta, es, contrario a la naturaleza humana. Nadie puede garantizar que un hombre va a respetar una regla, escrita o no, que le impida disfrutar del placer de un acto sexual, con una persona del sexo contrario.
De ahí que existan curas que manoseen niños, que los obliguen, de una y otra forma, a que les practiquen sexo oral, a que lleguen más lejos y realicen actos de homosexualidad.
Lo peor del caso es la complicidad de la iglesia, sí, de la iglesia, que durante mucho tiempo actuó como el avestruz y escondió la cabeza para, como no lo quería escuchar, apoyaba con reglas malsanas a curas que trasladaban de un lugar a otro, cuando se comprobaba su pedofilia, pederastia, violaciones u homosexualidad.
A la iglesia chilena parece que le resulta cómodo huir por la tangente, para no enfrentar el escándalo que ocultó durante tanto tiempo, en contra de la sociedad y de la feligresía.
De ese mismo modo actuaron, en su momento, las iglesias mexicana y norteamericana, para sólo citar esos ejemplos,
El daño que se hace a la confianza de los creyentes católicos es difícil de reparar.
Hay que adecuar a los tiempos el celibato, porque hace mucho que fracasó.


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