Breve crítica a la Globalización

La historia de la historia tiene años sin ser contada, esa señora se ha hecho cada vez más formal, empedrada, fosilizada. Sirve para titulares en las aulas de párvulos, para listados de nombres y fechas; es un ejercicio de memorización. Ya dejó de ser la referencia para entender el presente. Quizá esto se deba a la debilidad de la enseñanza de las humanidades y al absoluto triunfo de la inmediatez. No sé qué tan devastadora sea esta ya vieja práctica. Lo que se hace obvio es que la mayoría de los jóvenes y muchos adultos tienen las referencias históricas recientes como un acto de nostalgia, en el mejor de los casos; y no de ejercicio crítico para encontrar contextos. La consecuencia es clara: creemos que todo se está discutiendo por primera vez.
Una de los hechos más relevantes de nuestro pasado reciente lo fue El Consenso de Washington impulsado por el partido Republicano, en la administración de Ronald Reagan y que su sucesor George H. W Busch perfeccionó, renombrándolo como Globalización. Esa palabra, no tan novedosa, se usó como lema cuando éste presidente la usara primero para justificar el acercamiento a Michael Gorbachov, el último presidente que tuvo la Unión Soviética. Luego se hizo lema para impulsar un concepto más abarcador, el primer gran acuerdo de Libre Comercio de la era moderna, el NAFTA, firmado simbólicamente por George H. W Bush, por los EEUU, Carlos Salinas de Gortari por México y Brian Mulroney de Canadá y el impulso mundial de los acuerdos comerciales.
Aquel anuncio era la promesa de un mundo mejor, y buscaba solucionar problemas previos de estanflación, estancamiento y pérdida de empleo. Sólo para que se tenga una idea: previamente a los acuerdos comerciales, el desempleo total en EEUU en el año 1988 era de 10.5. a 7.8% en el 1992; luego de implementadas las políticas “globalizadoras” -con sus diversas correcciones y ajustes a lo largo de los años- se situó en 6% en el 2003, y en 4.6% en el 2007, previo a la gran crisis de las subprimes en el 2008.
Si bien la globalización no fue la solución global, ni significó El Fin de la Historia pronosticada por Fukuyama, tampoco se le atribuye el terrible impacto de la crisis que viven la mayoría de los ciudadanos de los países desarrollados, tanto en el nivel de vida, como en los de desempleo (Europa sigue en dos dígitos), o en la calidad del existente empleo. El entorno de crisis estuvo muy bien definido por las políticas de desregulación, pero no de libre comercio; ahora que vienen tiempos aciagos para lo segundo, valdría la pena que se pasara un balance serio que mida qué tanta riqueza construyó o destruyó.
Sabemos que en el intercambio comercial hay ganadores y perdedores. Establecer el balance total es importante antes de que la demagogia política que atribuye todos los males a las migraciones y a los tratados de libre comercio ponga remedios donde no hay enfermedad o quite medidas allí donde deben permanecer. Una crítica seria, que para serlo necesita situar históricamente y científicamente sus argumentos.


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