BUENAS NOCHES MAMÁ intenso drama psicológico

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La obra “Buenas Noches mamá” de la autora norteamericana Marsha Norman, ganadora del premio Pulitzer 1983, fue estrenada en el país en 1991, en la “Sala del Futuro” del desaparecido “Nuevo Teatro”, dirigida por Rafael Villalona e interpretada por Delta Soto, en el papel de “La madre” y María Castillo como “La hija”.
Veintisiete años después, en la Sala Ravelo, se presenta este emblemático drama, dirigido por María Castillo, quien además asume esta vez el rol de “La madre” y la joven actriz Judith Rodríguez el de “Jessie, la hija”.

Al penetrar en la Sala, la escenografía nos impacta, la recreación de un modesto apartamento con todos los aditamentos propios de un hogar, nos da la sensación de haber sido invitados a ser parte más que espectadores, del drama que allí se viviría.
Como cualquier mañana, la madre despreocupada, hace su entrada, luego aparece Jessie –la hija- y después de algunas trivialidades, informa a su madre con toda naturalidad, que esa noche se suicidará; se inicia así el conflicto, la tensión entre ambos personajes se mantiene hasta el final.
El texto de Marsha Norman propicia un diálogo intenso, característica de este drama, y durante su desarrollo conocemos las divergencias psicológicas de los personajes. La madre manipuladora, ha creado un mundo ficticio que sin proponérselo, ha hecho de su hija una desdichada.

La hija enumera sus razones, su drama existencial la lleva a tomar una decisión extrema, y haciendo una introspección del pasado, conocemos su amor por el padre fallecido, su frustrado matrimonio, su angustia por el hijo descarriado, su vida insustancial e insignificante que agrava además el hecho de ser epiléptica.

Entre reproches, conocemos el gran abismo existente entre la madre y la hija, todo fruto de un mal mayor: la incomunicación, la soledad.
El reloj colocado en el centro de la escena, en su tic-tac permanente marca el tiempo, el que necesita la madre para tratar de convencer a su hija que desista de su propósito, pero todo es en vano, ella lo ha calculado todo, ante su partida inexorable.
La interpretación de María Castillo es sobrecogedora, penetra la sensibilidad humana y transmite las emociones sin artificialidad, en un realismo psicológico pletórico de matices; su presencia escénica se impone, provoca la inmediata identificación del espectador y siendo además directora de la obra, hábilmente interactúa con su oponente.

El gran potencial histriónico de Judith Rodríguez le permite construir el personaje de “la hija” en su verdadera esencia, con acertado manejo de las transiciones y una gestualidad elocuente, pero el mayor logro de esta novel actriz, es el haber compartido escenario al mismo nivel de protagonismo y sin verse disminuida, con una figura de la estatura de María Castillo, su futuro es prometedor.
El espacio escenográfico creado por Fidel López establece el juego de correspondencias entre el espacio textual y escénico, es un elemento dinámico, plurifuncional de la representación, todo está expuesto, nada queda a la imaginación, es el espacio exacto para contar la historia. La acertada iluminación de Bienvenido Miranda, enfatiza los instantes de mayor intensidad dramática.
La puesta en escena, mantiene un ritmo constante, que no decae, y finalmente se acrecienta, llega el clímax, la madre presa de angustia golpea en vano una y otra vez la puerta de la alcoba de la hija, y entonces se produce el sonido ensordecedor de un balazo que estremece, y como un eco se expande, luego… el silencio, la frustración y el dolor de la madre son expresados con tal fuerza, que logra conmover a todos. María Castillo nos sorprende una vez más.