Calles y avenidas
“Los Mártires” de La Cuarenta

Por Ángela Peña
28 marzo, 2009 11:30 pm Sé el primero en comentar
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Para recordar a tantos hombres y mujeres  que cayeron o sobrevivieron a las salvajes torturas de las aterradoras mazmorras, en 1962 le fue cambiado el nombre a la calle, llamada igual que la lúgubre prisión

La tisis y la insania mental causaron profundos estragos entre los prisioneros. Muchos de los desaparecidos fueron jóvenes que habían contraído enfermedades como tuberculosis, graves infecciones por heridas, y que fueron suprimidos para no contaminar al personal que manejaba el templo del crimen.

Esta  afirmación aparece en la historia de lo que fue la cárcel “La Cuarenta”, donde  asesinaron tantos prisioneros políticos durante la dictadura trujillista que resultaría interminable enumerarlos.

 Para recordar a tantos hombres y mujeres que cayeron o sobrevivieron a las salvajes torturas de la aterradora mazmorra, en 1962 le fue cambiado el nombre a la calle, llamada igual que la lúgubre prisión, por el de “Avenida de los Mártires”.

 Donde estuvo la espantosa ergástula se levantó después un templo, “San Pablo Apóstol”, cuyo primer párroco fue el sacerdote Eulalio Arias al que supuestamente le sacaron las uñas fantasmas que el rumor público asegura se hacen presentes allí por las noches. Lugareños de Cristo Rey, donde está ubicada la vía, se acercaron curiosos a los periodistas para declarar, alarmados, que es impresionante la cantidad de esqueletos que aún se encuentran en el sitio.

 El padre Manuel Bodenlle Yáñez, activo pastor que lleva seis años en la iglesia, dice que “todo es especulación. La gente venera sus muertos, tiene muchos sueños, es el subconsciente el que ve cosas que salen cuando uno está durmiendo y la mente está libre”.

 “Todo se derrumbó, no queda ni un muro, pero sí se dice que cuando metieron los tractores en el subsuelo había alguna conexión con el río Isabela”, añade.

 Imágenes de santos, altar mayor, bancos y un esplendoroso mural de Jesucristo resucitado sustituyen lo que fueron cámara de torturas, silla eléctrica, bastones, látigos, solitarias, escenarios de perros que enloquecían de rabia tras los prisioneros, destrozando sus carnes ya maltrechas. Bodenlle Yáñez construyó escuela y dispensario en lo que probablemente fueron las oficinas de los desalmados esbirros y pabellones de celdas.

 En 1961, antes de que los remanentes de la familia Trujillo abandonaran el país, el periódico “Unión Cívica” publicó el que es quizá único y más completo relato de lo que fue ese aciago recinto. Lo ilustran croquis y dibujo de la aterradora silla eléctrica. En la segunda edición de “Complot Develado” figuran fotos de esa tétrica mazmorra donde se desnudaba al opositor desde su llegada en los tenebrosos carros “cepillos” del Servicio de Inteligencia Militar”, buscando “atención absoluta del preso sobre la tortura, para que ésta fuera más efectiva”.

 Aparentaba una tranquila casa vacacional pero en su interior estaban “las oficinas de los jefes, dormitorios para agentes del SIM y la cámara de tortura: una habitación pequeña forrada por dentro de cartón comprimido, dividida en dos secciones, una donde estaba la silla eléctrica, otra, llena también de artefactos de torturas”, se escribió. Al mando de “La Cuarenta” se pusieron los más notorios y despiadados criminales con que contaba la tiranía de Trujillo”.

 Agrega que Johnny Abbes, coronel del Ejército Nacional, “fue designado por sus méritos “Jefe de La Cuarenta”. Maquiavélico, cruel, sanguinario, patológico asesino, la sola mención de su nombre por los pabellones de las solitarias celdas del local producía un frío temblor que recorría los cuerpos de los prisioneros”.

“Casi un trillo”.  “La calle 40 es casi un trillo, una vereda. Sin pavimento ni contenes, la arcillosa tierra que la forma, entre márgenes de mala yerba, va levantando montículos de barro endurecido que hacen difícil el tránsito de vehículos por ella”, se describía en 1961.

 Añadía que después de formar esquina con la Tiradentes (Máximo Gómez) caminando de Norte a Sur, “se alza un hermoso chalet de modernas líneas arquitectónicas, pintado de rosado, rodeado por un alto muro de block que impide parcialmente cualquier mirada curiosa hacia su interior. Por el frente, al Este, el muro, de cerca de cinco metros de alto, se abre en una puerta de rejas de hierro, siempre cerrada, sobre la cual hay un rótulo: “Rancho Jacqueline”. Más adelante aparece otra puerta más pequeña para la entrada de automóviles”.

 Manifiesta que el “Rancho Jacqueline” perteneció una vez al comandante Luis Ney Lluberes Padrón, muerto trágicamente hace varios años”. También se dice que luego fue propiedad de Juan Tomás Díaz, uno de los ajusticiadores de Trujillo.

 Esa descripción, expresaba la crónica que tuvo como declarantes a sobrevivientes de la ergástula, era sólo la apariencia externa, pues dentro de esta “cándida edificación operó la gigantesca cámara de tortura que se conoció con el nombre de “La Cuarenta”. Narra los métodos empleados por los sicarios para interrogar a los presos, administración de corriente en sus cuerpos, sobre todo en testículos, dimensiones de las húmedas solitarias,  funcionamiento del famoso “Bastoncito” y todos los tormentos físicos y emocionales infligidos a aquellos “cuyo delito ha sido conspirar contra la funesta dictadura de Trujillo o tan solo ser desafecto al régimen”.

 Son conmovedoras las reacciones de dolor que refiere. Por otro lado narra los martirios psicológicos dirigidos “por el capitán Del Villar y Ernesto Scott, pintor, ex profesor de pintura, de nacionalidad alemana”. “Ambos, junto a Abbes, hacían disparos sobre los rostros de los prisioneros desnudos y esposados. Por las noches, carceleros les abrían las puertas, encendían la luz, los despertaban para luego dar con las “horripilantes carcajadas” de los carceleros que se marchaban. También los colocaban en grupos en el muro Oeste y alineados de espalda. Los verdugos, ametralladoras en manos, les decían que iban a matarlos. Se llevaban el arma hasta la cintura, apuntaban y permanecían así por un momento, luego la bajaban otra vez y con sonrisa burlona decían: “Pónganse a chapear la yerba”. El reportaje concluye con la lista del personal de “La 40” y sus funciones.

“Los Mártires”  El 1 de junio de 1962, el Ayuntamiento del Distrito Nacional consideró “que en la denominada calle 40 tenía su sede la más siniestra de las casas de torturas empleadas por la tiranía como instrumento de mantenimiento y consolidación de su abominable régimen” y que allí “fueron objeto de múltiples y variados suplicios numerosos ciudadanos por el solo hecho de haberse opuesto de una u otra forma a los abusos y desmanes del sátrapa ajusticiado”.

 Teniendo en cuenta que “tras duro y largo tormento fueron muchos los héroes que perecieron en el trágico y sombrío local”, y que procedía reconocer la memoria de los así caídos, resolvió designar con el nombre de “Avenida de los Mártires” la actual calle 40 de esta ciudad, ubicada desde la avenida Duarte hacia el Oeste”.

 Hoy es una popular y transitada ruta de una vía que se extiende hasta la “Arzobispo Alonso de Fuenmayor”.

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