Calles y avenidas
Familia Escoto implacablemente perseguida por tiranía de Trujillo

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Fueron perseguidos, encarcelados, torturados, constantemente vigilados hasta que la tiranía no tuvo mayores contemplaciones con esta familia decidida, valiente, de gran arrojo y firmeza que desafió y denunció al oprobioso régimen desde la propia República y más allá de las fronteras.

Sufrieron la experiencia de crueles días de encierro en La Torre del Homenaje a la que condujeron también a los ancianos padres. Vivieron tiempos precarios asilados en la embajada de México.

Pero la desgracia se tornó insufrible cuando cayó Luis, “Papito” o “El compadre”, el único que pudo hacerse profesional gracias a un inagotable deseo de conocimiento que abrió sus ojos a la realidad de aquella situación de terror. Después abatirían a su hijo Nelson y a su sobrino Beethoven. A Luis lo capturaron al intentar ingresar a la embajada de Brasil. Lo desaparecieron. Las últimas noticias que recibieron de él tras el encarcelamiento en “La 40” se las ofreció “Chachito” Mármol, primo hermano de la que fue su esposa, y quien murió loco por el martirio, aunque sobrevivió al tiranicidio.

“No lo reconocía, contó, era una masa amoratada, un muerto en vida. Los esbirros nos lo arrojaron a los pies diciéndonos con burla: ‘¡Ahí está su líder, miren lo que hicimos con él!”, cuentan hermanos y sobrinos de este revolucionario sin tumba.

Dolido por el crimen contra su progenitor, Nelson se integró con más fervor a la resistencia. Era casi un niño pero el ejemplo del padre, de los tíos, fue doctrina en esa estirpe de intrépidos antitrujillistas. Se empleó a profundidad en la divulgación de propaganda contra la dictadura, colocando afiches en Villa Juana, San Carlos, Villas Agrícolas. Ayudaba a Leandro en el taller de zapatería pero estudiaba y conquistaba otros jóvenes para la causa. Su primo Beethoven se dividía con él estas labores clandestinas.

Sus actividades, sin embargo, no eran ajenas a los calieses que terminaron con sus afanes de libertad  el día de 1959 en que los subieron a un “carrito cepillo” en la “Seibo” con calle “20”, al salir de la fábrica, en la Marcos Ruiz.

Luis Escoto Gómez fue reconocido con una calle en el ensanche Piantini y a los primos Nelson y Beethoven se les asignaron sendas vías en el barrio La Fe. A los muchachos también los torturaron, asesinaron y desaparecieron. La familia no los vio jamás. Sus datos y fotos son escasos. Del doctor Escoto Gómez se conocen referencias y conservaron fotos por la cercanía de edad y el contacto que mantuvo con sus hermanos 6así como por las posiciones públicas que aceptó al sátrapa que no logró conquistarlo a pesar de su interés por acallarlo con nombramientos. “Mientras más lo subía, más se rebelaba”, afirman sus parientes.

La historia de su arrojo temprano es prácticamente lo único que se tiene de Nelson y Beethoven y unas fotos borrosas reproducidas en la segunda edición del “Complot Develado”, el libro que la tiranía obligó escribir amañado a Rafael Valera Benítez y que éste pudo anotar y aumentar cuando el caudillo fue liquidado.

De la digna trayectoria de los Escoto hablan Leandro, hermano de Luis que no puede contener las lágrimas al recordar el fatídico final de sus sobrinos y del hermano que fue su inspiración en la denuncia contra la barbarie. También su esposa Altagracia García, sus hijos Iris y Leandro, su sobrino César, hijo de Marino, y Julio Escoto, primo de los muchachos que tuvo una activa militancia en el Movimiento Revolucionario 14 de Junio.  Los perfiles de los Escoto recordados por el tributo de tres calles con sus nombres, se publicarán en entregas separadas.

El instinto revolucionario de los Escoto sintonizó con los ímpetus rebeldes de Desiderio Arias, desde que éste acogió a Manuel Valdez, marido de Matea Núñez Barrera, la abuela, cuando un arbitrario militar estrecho colaborador de Trujillo le quitó su casa en la avenida Valerio, de Santiago, de donde son oriundos los Escoto mayores. Desiderio lo recibió en la Línea Noroeste. Leandro recuerda buscarle el café donde “Mercé”, cuando el líder iba a la quincallería que Matea tenía en la plaza, y lo lloró cuando Trujillo mandó a matarlo. Vio su cabeza expuesta al público en Santiago.

Luis, mayor que Leandro (Pucho), inició su oposición a la dictadura casi en sus comienzos. Estuvo entre los fundadores del Partido Socialista Popular y la Juventud Democrática junto a los hermanos Juan y Félix Servio Ducoudray, Mauricio Báez, Freddy Valdez. César recuerda que éste protegía a los hermanos porque sabía que  le apoyaban, lanzados abiertamente a la lucha desde las calles Talanquera y Achile Michel, de Santiago, hasta el traslado a la entonces “Ciudad Trujillo”.

“Todos los hermanos caímos. Originalmente estuvimos presos Manuel (Alipio), José, Francisco (Quico), Juan, Luis y yo, hasta a papá y mamá se los llevaron. Vivíamos en la Salcedo, próximo a la Pimentel”, narra Leandro. Los demás eran Eladia Mercedes, Antonio Marino, Luz Estela, Ana Virginia, Andrés y Manuel Nisio. Los encerraron en el sótano a puros golpes, entre dos filas de sicarios. “Unos nos empujaban y los otros nos recibían a garrotazos”, narra Pucho.

Los golpearon en el mitin del parque Colón el 26 de octubre de 1946 cuando los hermanos, junto a Mauricio Báez y otros líderes recorrieron las embajadas protestando. Tras la desbandada, se asilaron en la misión de México donde permanecieron unos días. Salieron y llevaron una vida aparentemente normal, pero fichados, vigilados, algunos confinados a lejanas comarcas.

La sociedad los marginó. Sergio recuerda: “Yo hacía diligencias a mi abuelo y nos acosaban de las tiendas cuando llevábamos zapatos: ¡No, no, no queremos nada con los Escoto! Vivíamos en la avenida Mella 127 y recuerdo cómo nos perseguía un famoso calié, pelotero, apodado Birrito. Escuché la palabra espía desde niño y ese señor era uno: Nos persiguió a mi madre y a mí cuando fuimos a buscar afiches que confeccionaron los Doucudray en un mimeógrafo, en la avenida Duarte 10. Anotaba cada paso, encuentro, conversación. Nos siguió hasta la Juan de Morfa. Así actuaban contra los Escoto”.

Estos tienen al menos la vida para contar. Luis, Nelson y Beethoven no sobrevivieron a la fiereza y el salvajismo del trujillato.