Cáncer institucional metastásico

EUSEBIO RIVERA Y ALMODÓVAR
Cuando alguien plantea una situación, circunstancia o acontecimiento probables y los interlocutores lo ven como algo imposible, utópico o sencillamente fantástico, se escuchan expresiones de origen popular o folklóricas que intentan traer al exponente nuevamente a la realidad. Por eso hemos aprendido el contenido profundo de frases como: ¡Ay ñeñé!, ¡y es fácil!, ¡eso tiene cocorícamo!, tú tᒠloco! y algunas de corte más añejo como ¡ay, si las vacas volaran!

Al ver los esfuerzos de este y otros gobiernos por modernizar el aparato productivo y administrativo nacional con la incorporación de tecnología informática o computadoras por todas partes, nos sentimos apenados y recordamos muchas de las expresiones citadas en el párrafo anterior, porque la cruda realidad es que en todas las programaciones, reuniones, seminarios y talleres para esos fines se olvidan que tenemos un cáncer en un sector que ya parece estar haciendo metástasis o invasión a todas las instituciones del país y que está representado por los apagones.

Parece increíble que todavía vivamos una pesadilla de aproximadamente cincuenta años y que aún no valoremos que nos está cercenando todo el cuerpo de la República porque los hospitales trabajan a medias, los estudiantes no pueden terminar jornadas de docencia e investigación científica, la producción industrial y en fin toda la actividad del país se ve afectada por las interrupciones del fluido eléctrico y somos un conglomerado dependiente de plantas de energía particulares, inversores y paciencia de los que no pueden adquirir uno de estos artefactos. ¿Cómo podemos pretender “computarizar” los servicios de salud, las escuelas o universidades si no controlamos los apagones?…

No hemos sido capaces de “programar” los períodos de oscuridad con sentido de equidad o eficiencia mínima, pues hay sectores llamados “privilegiados” donde la energía eléctrica no falta y entonces nadie explica por qué con todo el país no se hace lo mismo en términos de disposición de plantas, redes y servicios generales que garanticen energía permanente.

Sin necesidad de encuestas ni sondeos de opinión, con tan sólo un elemental ejercicio de sentido común, todos entenderíamos que la población en general, con extrañas, pero estadísticas excepciones, aceptaría pagar más por más luz, pues el costo de una situación estresante, la suspensión de una actividad profesional o técnica importante, la posposición de planes o programas de vida, es incalculable e infinitamente superior a o que podría ser, por ejemplo, la duplicación del monto de la factura eléctrica.

Como ciudadano, apuesto al empate y tal vez al triunfo de una política de pagar el doble por la luz permanente; así el ahorro sería “consciente” y obligado porque, aparte del interés de todos en controlar sus kilovatios de consumo aprendiendo a leer sus contadores, los hogares tendrían apagones voluntarios de bombillos innecesarios, artefactos eléctricos que no se estén utilizando y uso racional de la energía suministrada. Hace muchos años que aprendí a leer mis contadores y nadie ha podido cargarme ni un kilovatio de más; ocurrió una vez con Edesur y tuvieron que acreditarme la diferencia. Todos podemos hacer lo mismo, más ahora que algunos contadores tienen el consumo eléctrico marcado con cifras absolutas en forma simple.

Ahora bien, si continúan los apagones indiscriminados, abusivos, aterradores, sin programación ni control y con facturación igualmente irracional, parecería una conducta de idiotas, estúpidos o pend..s el no robarse la luz y no sería extraño que cuando las “Edes” y el gobierno se quejen por los cientos de miles de ladrones de luz, algunos usuarios respondan a las exhortaciones para no robarse la energía eléctrica con frases como “¿y e’ fácil pagar apagones cada ve’ mᒠlargo? espérennos por las oficinas comerciales que iremos a pagarles cuando llueva p’arriba o la semana e’lo tre jueve”…


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