Carilda, la poetisa “desordenada” de las letras cubanas

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La Habana. La poetisa Carilda Oliver Labra, una leyenda de la lírica de Cuba, ajena a los prejuicios y con una obra privilegiada por la popularidad que arrastró su fascinante personalidad, será recordada en la isla por las rimas intimistas de su mítico y más repetido soneto, “Me desordeno, amor, me desordeno”.
Amante declarada de lo bello, excitante y profundo, Carilda Oliver, quien falleció el pasado 29 de agosto, a los 96 años y escribía poesía desde los 12 “como si fuera un delito”, trascendió con su pluma las fronteras de la isla desde su querida ciudad de Matanzas, donde nació el 6 de julio de 1922 y vivió hasta el último día.
Allí, en la casona familiar y centenaria de la Calzada de Tirry 81, como tituló uno de sus poemas más conocidos, Carilda escribió su primer poemario, “Preludio lírico” (1943) y sus más encendidas estrofas de amor, empeñada en no apartarse de “lo cotidiano y lo real” para dotar de autenticidad la obra poética que le caracterizó sobre todo por cantar al amor.
Solía decir que Matanzas era su “gran metáfora” y también un verso “libre, claro y preciso”, el lugar donde tenía su casa, amigos, su “razón de ser”, a la que consideraba deberle “las esperanzas, la vida” y quería además, “deberle la muerte”.
Confesa admiradora de ilustres voces de las letras latinoamericanas como Alfonsina Storni, Pablo Neruda y César Vallejo, Carilda fue catalogada por la chilena Gabriela Mistral como “la mejor sonetista de América”.
La autora de “Discurso de Eva” y “Desaparece el polvo”, presidió desde 1987 la tertulia literaria con sede en el antiguo Palacio de Junco matancero y en Madrid, en el bar Chicote, se celebró durante años una peña y se creó además un cóctel con su nombre.
Vivió rodeada de sus libros, gatos, helechos, relojes, mamparas, espejos, fotos y óleos.