Casi la vida entera o la metamorfo sis del deseo

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Después de leer el libro Casi la vida entera de Jesús Losada (1967), me ha impresionado su capacidad de crear múltiples mundos y diversas temáticas a través de un tono exótico, desgarrado, minimalista, vertiginoso y alucinado. Extrañas visiones donde se unen el instinto del deseo sexual con el Eros oriental, “descubriendo el suicidio de nuestras carnes desnudas”.

Esta migración interior, que es la de vivir como riesgo antes de experimentarla como recurso poético, es la movilidad rigurosa del lenguaje, detrás de la cual ni el autor mismo sabe lo que sucede. Lo que Losada poetiza es un hito para un largo andar, es la flecha del deseo que designa una dirección. Lo que se olvida tira a la vez hacia aquello que está olvidado y hacia el recuerdo, el apartamiento más profundo donde se sitúa el lugar de la metamorfosis. Paso de lo exterior a lo interior, luego de más interior donde se juntan–decía Novalis y decía Rilke–, en un espacio continuo-discontinuo, la intimidad y el Afuera de toda la presencia.
Vista como una coherencia formal y transitoria del sujeto poético, la identidad de este (el poeta transido) solo puede ser tal si ella misma es un hecho que sucede, un proceso de metamorfosis, de transmigración de una forma que solo se afirma en una sustancia y en otra, siendo ella misma cada vez otra y la misma. La “identidad transida” (Merejo, 2017) del poeta Jesús Losada solo puede ser tal si en ella se da una dinámica que, al llevarla de una de-sustancialización a una resustancialización, la obliga a atravesar por el riesgo de perderse a sí misma, enfrentándola con la novedad de la situación y llevándola a vivir otras identidades concurrentes. Deslizamiento y flujo del deseo, “en el huerto (… ) del amor o en la noche del funambulista”, atisbando “rostros inmantados” o errando por las sendas de otros mundos.
Puede hablarse, sin duda—hipotéticamente es indispensable hacerlo–, de un momento originario en la constitución del deseo del poeta y el mundo de su vida, de un momento fundacional de su imaginario poético, de su identidad errante, movediza, angustiante y herida. Se trataría de un episodio inicial del juego del vaivén entre un texto y otro y su retroalimentación entre un código general de la semiosis humana y un primer empleo histórico y concreto del mismo, entre la posibilidad en abstracto de un cosmos humano y las condiciones reales de la misma. Sería un episodio fundador de la identidad y génesis poéticas de Jesús Losada, pues implicaría necesariamente la creación de un nuevo mundo poético y la elección inaugural de un cosmos singularizado en el panorama de la poesía española de los últimos treinta años.
Se trata de una coherencia interna puramente formal y transitoria de un poeta de consistencia evanescente; una coherencia que se afirma lo mismo en la consolidación que en el cuestionamiento de la transfiguración de esa identidad, lo mismo en la cristalización que en la disolución de las figuras concretas de la significación textual o metáforas epistemológicas del miedo.
Prueba que es la prueba poética de esta rica experiencia del sujeto de la escritura y en donde encontramos, como siempre, el momento en que el trastocamiento cuaja en una inmovilidad errante. Destino al que Losada responde, en una obra de factura rigurosa y limpia, al escribir el relato desgarrado, errante y gozoso de su vida.
Leamos lo que dice el poeta:
“Nadie llegará con la bandeja final
del amanecer
para ofrecernos las vísceras del día.
Su relámpago”.

El lenguaje mismo de Losada—a la vez directo y elusivo, elemental y “lógico”—nada tiene que ver con el de la llamada poesía pura (¿existe?). Es un lenguaje que, por el contrario, recuerda l’ecriture blanche de que habla Barthes: conciencia crítica y fascinación por la palabra, no un estilo sino una ética verbal. Su ascetismo es, por supuesto, enfrentamiento con la historia, participación en lo original y vislumbramiento de una nueva (otra vez nueva) utopía de la palabra.
Para Pascal, siempre hemos apostado de antemano, y la razón trágica (a menudo presente en estos versos) nos obliga a tomar conciencia de esta apuesta inevitable, al asumir el riesgo que Losada introduce en el pensamiento, haciéndolo inseparable de cada uno de sus movimientos.
Hay que arriesgarse; hay que trabajar por lo incierto. Casi la vida entera es una aventura. Hacernos conscientes de este imperativo al que estamos sometidos sin saberlo. Tal es el objetivo metafísico y lírico de esta apuesta poética. Lo que significa un esfuerzo doble para aumentar la conciencia y hacernos cumplir la locura del salto, de manera que esta locura sea un acto lúdico que la razón ilumine, lleve y soporte lo más lejos posible.
Losada, como se ve, no pone el acento en la disolución sino en la fragmentación: la del mundo y la del lenguaje; aun si la disolución es un dejar de ser lo que es, este hecho solo puede verse como una privación: no excluye la reconquista de lo que se pierde. Losada concibe una unidad original: la armonía del hombre y el universo a la cual corresponde un lenguaje total y pleno (“una palabra inmensa y sin revés”); esa unidad se ha perdido a través de la historia. Pero vivir o escribir no es solo tener nostalgia de ella; es también hacer de esa nostalgia un principio de acción.

Por lo tanto, como sucede en esta obra, hay que apostar y comprometer nuestra acción cierta en algo ciertamente incierto. Pero ¿qué incierto? ¿Dios, la nada, la realización del hombre? Aquí la razón trágica está como revelada–la experiencia de la causalidad como lo vio Breton, es la experiencia, la inmanencia, de una suerte de trascendencia de índole desconocida–, pero, que en Losada adquiere un poder de superación por medio del cual estamos razonablemente inducidos a un salto cuya esencia, sin embargo, consiste en ser un riesgo más para la razón. Para percibir hondamente estos versos desde una perspectiva óntico-verbal, donde viajar es el deseo místico de conocer y amar.

“Seguir contemplando
la sal negra de este Atlántico
con nuestros ojos quemados.
Con el alma calcinada por la anunciación”.
Ese viaje por el mundo no es más que el viaje por la memoria y por el cuerpo mismo: la apoteosis del principio del placer. El movimiento de esta obra, por tanto, es un movimiento sin fin, su tiempo es mítico y circular: discurrir de presencias vivas, no sucesión de momentos extintos. En el poema de la página 170, Losada nos da justamente esa visión: el ilimitado poder del deseo y de la pasión, poder demoníaco en la medida en que nunca tiene acceso a la definitiva posesión (¿plenitud en el vacío, el ser que también es no-ser?).