CÉSAR, DE LA MODERNIDAD A LA PROVOCACIÓN

Obra en hierro forjado y soldado

En París, quienes creen en el arte como fuente de placer, de vida y de actualidad, no pueden dejar de visitar el Centro Pompidou, donde están el Museo de Arte Moderno y las exposiciones temporales –modernas y contemporáneas–, generalmente de tres a cuatro, cuya visita requiere un mínimo de tres horas.
La magna exposición del trimestre pasado era la del escultor francés y marsellés César, su tercera retrospectiva y la primera desde su muerte, ocurrida en 1998.
Hubo una respuesta entusiasta de la crítica y del público a esta retrospectiva y antología escultórica. Desplegó la obra de un artista inmenso y complejo, que ha aliado una cierta tradición dentro de la modernidad a una producción e investigación, totalmente contemporánea y perteneciendo a la “nueva escultura”, ¡sin temor a que lo acusen de provocación! Como prácticamente todos los mentores geniales, César tampoco hizo siempre la unanimidad: tanto su escultura como su personalidad fueron sujeto de entusiasmo, pasión y discusión.
Excelente ubicación y museografía. La exposición se inicia con un video triple del escultor, secuencia impresionante de imágenes “en acción”, e inmediatamente coloca al espectador dentro de una hazaña productiva, tan rica como coherente en su evolución y su tipología creadora, incapaz de detener técnicas e innovaciones.
Si César se conoce como miembro prominente del “Nuevo realismo” –formulado por el imperativo crítico de arte Pierre Restany en los 70–, su aura y trabajo supera esta identificación, y la museografía, atinadamente, no la destaca. Hubiera sido además difícil en ese gigantesco espacio totalmente abierto –sin la habitual sucesión de salas, a menudo constrictivas para fruición y reflexión–.
Aquella superficie descomunal contó con un montaje experto, igualmente abierto y acogedor, que permitía seguir el trayecto lineal de las sucesivas etapas, que invitaba a devolverse, incontenible y necesariamente, para asimilar la multiplicidad de las técnicas y de los materiales. Una segunda o tercera mirada percibía detalles insólitos, armonías imprevisibles, inventos irresistibles, trátese de piezas pequeñas –dispuestas en vitrinas– o monumentales, únicas o series… aunque asombrosas todas. ¡Un pajarito en metal reciclando llaves podía emocionar tanto como las compresiones de carros!
César fue figurativo y abstracto: estas definiciones, ambas a su manera, alternan, dialogan, se integran en el descubrimiento permanente que caracterizó una extraordinaria maestría. No nos sorprende que la magnífica instalación expositiva resultante haya concertado la colaboración del curador Bernard Blistène con un arquitecto, Laurence Le Bris. Obviamente, la exposición se ha concebido como un homenaje al artista y la mejor respuesta a su memoria.
Obras y etapas. Después de ocho años de estudios, César, joven y pobre, tuvo que recurrir a fragmentos y desechos de hierro que él ensamblaba y soldaba. Así nacieron la primeras obras maestras, increíble bestiario, donde ave, escorpión y murciélago se juntan. También recreó la figura humana, femenina esencialmente, con un estilo a la vez expresionista y recordando la estatuaria antigua.
El continuo labrar el metal, la soldadura y los temas zoo y antropomórficos, destacándose realizaciones con placas verticales. Observamos que a lo escultórico él añade la coloración del hierro según el grado de calor.
Casi al mismo tiempo, César empezó a comprimir piezas metálicas. ¡Ya le conocían, sus medios aumentaban! Pronto, fueron las llamadas “Compresiones dirigidas”, carrocerías y tuberías comprimidas en paralelepípedos… Desataron el entusiasmo… o el escándalo.
Vemos impresionantes ejemplares de estas esculturas, enriquecidas con cromatismo y reflejos. ¡Una llevaba las letras RD, pero no se referían a nuestro país, sino a una marca! Fue entonces cuando César hizo para una colectiva sobre la mano, su pieza más célebre –varios tamaños y colores–, ¡su famoso pulgar, cuyo formato mayor alcanzó doce metros de altura!
La siguiente etapa, ampliamente representada en la exposición, fue aquella de las expansiones, conquista estética a partir de procesos químicos, del poliuretano, moldeado y derretido discrecionalmente en el suelo. Esa extraña, formidable y magnificada formación se hizo en varios tamaños y colores.
Pero más nos gustó que César siguiese sus construcciones en hierro soldado y reciclado, e inventase compresiones… en cartón, madera de embalaje, o fibras. Ya llegado a la cumbre, el maestro nunca sacrificó su entereza y coherencia, su “locura” por la experimentación.
La carrera (sic) de César culmina y termina con los bólidos (¡!), los autos –en sus dimensiones reales– que comprime y luego entinta, en series de configuraciones verticales.
El color –sin intervención manual– realza la volumetría y los recovecos de la superficie. Interesante es notar que cada unidad de la serie tiene por título su color… que probablemente era aquel del carro utilizado y comprimido… ¡Un conjunto muy hermoso, finalmente pintura y escultura!
Han afirmado que César es un escultor moderno, post-moderno y contemporáneo: esta gran exposición lo demuestra.