Clásica magnífica y variada combinación musical

Pianista norteamericano Henry Kramer

En el concierto del pasado día 18 de la Temporada 2017 de la Orquesta Sinfónica Nacional se juntaron talentos musicales de varias naciones.
Fue iniciado con la pieza para orquesta sinfónica y percusión folklórica El sueño de mi padre, del dominicano Manuel Tejada, ganadora del Premio Nacional de Música 2012.
Los asistentes al concierto pudieron comprobar lo certero de la opinión del jurado del concurso al señalar la coherencia entre sus temas, la presencia de la dominicanidad con un buen tratamiento de la armonía y el ritmo, y la originalidad y el valor artístico de su orquestación.
Bajo la excelente dirección del maestro cubano Enrique Pérez Mesa, la hermosa composición emocionó al auditorio, que unió los aplausos calurosos a su final.
Dos obras del genio de Johannes Brahms completaron el programa, que fueron el Concierto número uno en Re menor para piano y orquesta, y la Sinfonía número tres en Fa mayor.
La creación del concierto tuvo un difícil origen, que surgió tras un intento fallido del compositor por escribir una sinfonía, motivado por los elogios que le prodigó en una publicación Robert Schumann al escuchar sus primeras obras.
Vale señalar que Brahms apenas tenía veinte años y carecía de la suficiente capacidad musical para llevar a cabo la ambiciosa tarea artística que se había propuesto.
El intento de suicidio de Schumann, y su internamiento en un manicomio por enfermedad mental hasta el final de su vida, lo sumió en profunda tristeza.
Desde entonces aumentó su relación amistosa con la esposa del enloquecido genio, la pianista Clara Schumann, de la cual se enamoró, aunque no existe constancia de que intentara conquistarla.
Parcialmente finalizada la sinfonía, Brahms desistió de su conclusión, y la convirtió en una sonata para dos pianos, la cual interpretó con Clara y con su amigo el músico Julius Grim.
Este le sugirió unir sus dos ideas para realizar un concierto para piano y orquesta, que le pareció bien, poniéndose a trabajar de inmediato, escribiendo los dos primeros movimientos.
Después de varias modificaciones y ensayos lo presentó al público, y fue acogido cortésmente, pero sin entusiasmo. Otra presentación fue también poco apreciada.
Se ha considerado que resultó demasiado audaz y emotiva para oídos conservadores, careciendo al mismo tiempo del suficiente colorido para auditorios radicales.
También se cita que no fueron satisfechas las expectativas de virtuosismo que esperaba el público de la parte pianística, que se unió a la pobreza de la orquestación.
Sin embargo, con el tiempo el concierto concitó la popularidad de oyentes e intérpretes, aunque sin alcanzar la dimensión de la segunda pieza del compositor para el instrumento.
Secundado plenamente por la Orquesta Sinfónica Nacional, conducida por el internacionalmente reputado maestro cubano Enrique Mesa, el pianista estadounidense Henry Kramer puso de manifiesto su talento y pericia en su interpretación.
Lo hizo en tal forma, que desde mi limitado conocimiento sinfónico de simple aficionado, consideré que se acercó a la perfección.
La exultante admiración del público, y del director y los miembros de la orquesta, obligó al joven solista a salir un par de veces a escena finalizada su magistral actuación.
La tercera sinfonía del temperamental y voluble músico germano fue de sus obras una de las que más rápidamente alcanzó la popularidad y la fama.
Biógrafos del artista y musicólogos coinciden en sus contradicciones, que se manifestaron tanto en su personalidad como en sus composiciones.
Señalan que mientras su emotividad lo llevaban a identificarse con el periodo romántico de la música en que vivía, su laborantismo creativo lo llevaba a considerar que la pervivencia de su obra la garantizaba transitar la senda del clasicismo.
En esto influyó su ilimitada admiración por el genio de Beethoven, cuyo aporte al género sinfónico reinterpretó de forma entusiasta.
Al citado excelente programa, impuso su impronta el director Enrique Mesa, con el raro contraste plasmado en el entusiasmo de su conducción orquestal, y la expresión enseriada de su semblante.
Un detalle destacable de su actuación fue que, después de fortalecer la orquesta agregándole instrumentos de la familia de los metales, la llevó a interpretar variaciones emotivas y bellas de danzones cubanos.
Un hermoso gesto de cubanía melódica, correspondido por fraternales y vigorosos aplausos de un público dominicano.
Ilustre jefe, de los dos artículos, es este el que debe ser publicado, pues el anterior, después de enviado, no me satisfizo


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