Coctelera

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15 junio, 2005 12:00 am Sé el primero en comentar

Félix Acosta Núñez es, mi querido Magino, uno de mis personajes inolvidables. No solo fue un apreciado colega y mejor amigo en la crónica deportiva escrita, radial y televisada. Fue, sin duda alguna, el hombre que me introdujo en la siempre difícil crónica escrita. Eso ocurrió hace ya más de medio siglo, hasta el punto de que no recuerdo bien si fue en 1950 o en 1951. Félix era editor deportivo de La Nación, el desaparecido diario de la Avenida Mella —edificio adquirido por La Sirena, el viejo número 52—. El Coctelero hacía pininos en la crónica radial, en un programa que se transmitía a las seis de la tarde, bajo la dirección de Din Soler y con la participación del dueño de la HIZ, ingeniero Frank Hatton. El siempre querido Freddy Mondesí, con su extraordinaria voz, se fajaba con los comerciales de Pontiac. Escribí unos largos artículos sobre béisbol profesional de verano y Félix les dio cabida en las páginas que dirigía, con la asistencia del internacional Billy Berroa. Cuando renuncié al cargo de Oficial de Estadísticas del Departamento de Estudios Económicos del Banco Central, el amigo Félix me ofreció una posición de redactor asistente en deportes y ahí comencé a funcionar, a aprender en la crónica escrita…

Félix era un hombre de una capacidad extraordinaria. Sabía escribir. Dominaba bien el idioma. El movimiento deportivo de la época era sumamente limitado y en materia deportiva internacional solo se le daba un seguimiento regular al béisbol de Ligas Mayores, con ocho equipos en cada uno de los circuitos. No había criollos ni en las mayores ni en las menores. Félix era estudiante de medicina de la Universidad de Santo Domingo. Creo que abandonó dichos estudios en el quinto año. Siempre le decíamos que hizo bien, pues como médico, él hubiera sido siempre un excelente cronista deportivo. Es posible que hasta Mariano, su hermano, un reputado psiquiatra, estuviese de acuerdo con esa opinión. Félix era extremadamente celoso y se le podía considerar hasta el precursor de la teoría del gancho que popularizara el doctor Antonio Zaglul Elmúdesi. Aunque confiaba en sus ayudantes, tenía por costumbre chequearlo “todo”. Que no se me mal interprete. Félix era un hombre de excelente corazón, incapaz de hacer un daño a persona alguna y a quien la enorme popularidad ganada en los círculos deportivos jamás le envaneció…

Si como cronista de prensa escrita fue un gran ganador —editor del Listín Diario por años, donde hizo época—, la radio proyectó a Félix en toda la geografía nacional y del área caribeña. De voz bien timbrada, emotiva a tiempo completo, de excelente dicción, ha sido una de las grandes figuras quisqueyanas de todos los tiempos. Su calidad le ganó para narrar en Puerto Rico, donde se le apreciaba. Con él compartí jornadas en cabinas radiales, en transmisión desde el Quisqueya, y en retransmisiones desde la Z. ¿Qué gustaba de los tragos? Cierto. El Coctelero también. Pero solo sus detractores gratuitos le acusaban de llegar a las cabinas de transmisión en condiciones inaceptables para trabajar. Eso es falso, completamente falso…

Félix tenía excelente sentido del humor. Las bromas que le gastábamos eran de todos los colores. El las aceptaba calmadamente y buscaba la “venganza” a su tiempo. Los cronistas compañeros de Félix sentíamos gran aprecio por su esposa Laila Selimán con quien procreó una estimada familia. Laila tenía un gran sentido de la responsabilidad familiar y su vertical actitud mantuvo un largo matrimonio. Cuando la enfermedad comenzó a atacar a Félix, éste encontró a su lado a una abnegada compañera que le atendía hasta en sus más pequeñas necesidades y le acompañaba a todos lados. Supongo lo que para Félix representó la pérdida de su compañera de toda una vida…

Desde hace unos años —seis o siete— Félix salió del escenario público. La terrible enfermedad de Alzheimer hizo presa de ese roble de mentalidad brillante para reducirlo a la impotencia. Félix, ya un tanto enfermo, fue exaltado al pabellón de la Fama del Deporte Dominicano, pabellón que él ayudó a construir. Fue una muy merecida elección para un auténtico propulsor del deporte, especialmente del béisbol. No se puede olvidar que Félix fue un hombre clave en el resurgir de ese deporte, en 1950, después del épico triunfo quisqueyano en la Serie Mundial de Managua, triunfo que se ha querido quitar al país por maniobras dolosas —y se le quitó en el papel— de adversarios tradicionales…

Ayer, mi querido Magino, a los ochentaiun años de edad, Félix Acosta Núñez cerró los ojos para siempre y entregó su alma al Creador. Su muerte enluta al deporte dominicano que tanto amó y a una crónica escrita, radial y televisada que tanto le honró y a la cual él tanto honró. Mi pesar es profundo, pero a Dios doy las gracias por haberme permitido disfrutar de una larga amistad con Félix. Mi pésame más sentido a sus hijos y demás familiares. Y mi adiós al queridísimo Chivín de Tanares.

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