Consumo y estatus social

Tahira Vargas

La búsqueda de una imagen de un mejor estatus social en el país se ha incrementado en los últimos años y no solo se muestra en la posesión de jeepetas y vehículos de lujo, también en otro elemento importante para la población, el vestido.

El vestido es un símbolo de estatus social en nuestra historia cultural y ha servido para agudizar las diferencias sociales.

El establecimiento de un “código de vestimenta” en ciertos lugares públicos marca esta diferencia de clase. En distintos momentos hemos visto en la prensa nacional la expulsión y la restricción de acceso a discotecas, restaurantes, clubes sociales de personas que no tienen “la vestimenta adecuada”. En muchos casos este supuesto código de vestimenta que no es explícito en muchos lugares, sirve para encubrir situaciones de discriminación racial, como ha ocurrido en la discoteca Loft y otros lugares nocturnos.

La discriminación racial se mezcla con este manejo simbólico de la apariencia como la representación de la conducta de las personas. Así hemos observado en establecimientos comerciales del polígono central que a la llegada de una persona de piel negra se producen gestos y movimientos de desconfianza porque se piensa que puede ser un delincuente, se le interroga y se le cuestiona su presencia en el lugar.

En nuestra sociedad el proceso de formalización de la vestimenta y el sostenimiento de parámetros conservadores en el vestido se ha agudizado en los últimos 15 años. El conservadurismo y elitización que se expresa en la vestimenta tiene sus nexos con el crecimiento de esta tendencia en otras expresiones de nuestra vida social y política.

El uso del saco y la corbata en los hombres los convierte simbólicamente en una persona supuestamente “seria” y difícilmente se asocie a actividades delictivas. Sin embargo, ha sucedido todo lo contrario en robos y atracos realizados en guaguas y avenidas.

El peso de la apariencia en su asociación a estatus no solo se vincula entonces a condición socio-económica sino a condición educativa y a valores como “seriedad”. ¿Pareciera entonces que es más importante aparentar ser “educado” “bueno” y “serio” que serlo?

Esta tendencia en términos culturales tiene sus riesgos para las futuras generaciones y ya se evidencian. Esta disociación afecta a niños, niñas y adolescentes que están insertos/as en una ola de consumo y reproducen la incoherencia que aprenden de los/as adultos y sobre todo de personas que tienen relevancia pública, política y social.


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