CRÍTICA
Literatura discográfica de Leopoldo Minaya

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LEÓN DAVID
Dificulto que a ningún lector  a quien los astros hayan concedido un adarme de sensatez, se le antojará suponer que falto a la verdad cuando insisto en que nada puede avalarse más ventajoso, recomendable y oportuno que familiarizar al niño, desde la más tierna edad, con las expresiones señeras de la literatura universal, adaptadas estas –va de suyo-, al nivel de comprensión lingüística y al firmamento lúdico y transparente de experiencias propio de esa temprana y crucial etapa del desenvolvimiento de la criatura humana.

El niño –no importa la cultura, raza, geografía o sociedad a la que pertenezca- es como esponja que todo lo absorbe: lo malo y lo bueno, lo útil y lo inservible, la lumbre y la mancilla… En atención a ello, es poco cuanto cuidado se ponga en rodear al infante, desde que abre los ojos a la luz del día, de objetos hermosos, entretenidos, que propicien aprendizajes que estimulen la imaginación, nutran la mente y acrisolen la sensibilidad. Torcido o derecho, enclenque o fornido, del niño que fuimos brota el adulto que somos, como de la ínfima semilla surge el árbol frondoso. Y no es menester acudir a la autoridad de Freud o de Jung para percatarnos de realidad tan obvia.

De ahí la importancia que  reviste alimentar el espíritu del zagal –siempre disponible y curioso- con el sustancioso guiso al que no sabrá renunciar el paladar de ninguna discreta inteligencia, de los clásicos de la literatura universal, previamente acomodados –ya lo dijimos- al grado de desarrollo psíquico del menudo e insaciable lector u oyente.

La magna literatura no necesariamente es la literatura para adultos; la otra, de la que ahora nos estamos ocupando, capaz de elevar al niño a un plano de belleza donde mora el asombro y el misterio de la existencia alienta, muéstrase tan valiosa e imprescindible como la que al hombre maduro, vezado en las artes lúcidas de la lectura, suele complacer… Al cabo y a la postre, el escritor de ficciones cuya obra las generaciones futuras no se resignarán a preterir es el que, a pesar de las arrugas con que los años agrietaran su rostro y de la nieve que en sus cabellos pusiera el ineludible transcurrir del tiempo, ha podido salvaguardar en la más fecunda región del alma el candor infantil que hace posible contemplar las cosas más simples, ordinarias y encontradizas con pupila de pasmo y estupor.

A tenor de lo dicho en los  renglones que anteceden, no cabe sino lamentar que hasta el presente el escritor dominicano –no todos, claro está- haya tenido en menos las creaciones destinadas a los chavales, y que muchos de los textos infantiles con que topamos en los estantes del librero –excepción hecha de los clásicos en la materia como Andersen, Iriarte o Martí y uno que otro volumen fruto de la fresca pluma de algún autor contemporáneo- acusen imperdonable escasez de méritos estéticos.

No es otra la razón de que festejemos la aparición  en buena hora de la depurada, noble y divertidísima literatura que, en formato de discos compactos, el poeta y ensayista Leopoldo Minaya gestara para alborozo de los chicuelos de nuestra media isla y de otras naciones y comunidades de habla española… Con el propósito de conservar su talante oral (no olvidemos que la literatura empezó siendo palabra lanzada al viento y que no hay pibe al que no le apasione oír historias), prefirió el autor de tan encomiable proyecto lúdico-formativo, encomendar el escrito a la versión grabada del familiar CD. Y no es uno, sino diez discos compactos o, lo que es igual, diez libros en viva voz para los niños dominicanos los que –tesoro invalorable- Leopoldo Minaya ha regalado a los padres, maestros y bullicioso público infantil.

Cada uno de ellos contiene ora creaciones originales del autor, verbigracia “Historia del niño René Rosales y de la flauta encantada”; ora recreaciones de obras clásicas de la literatura en lengua castellana, como es el caso de “El conde niño”, que, basado en el conocido romance castellano, ha sido transformado hábilmente para que, sin menoscabo de su calidad poética, se ajuste a los patrones de la mente infantil; ora interpretaciones grabadas que mantienen estricta fidelidad al texto de alguna conspicua péndola, cual sucede con el poema “Los zapatitos de rosa”, de José Martí, febril pluma inmortal, orgullo no de Cuba sino del mundo entero…

Por lo demás, salvo en el CD que contiene los cuentos breves de León Tolstoi, encontraremos una primera parte en la que la voz de Minaya nos relata la historia, salpicada ésta de canciones especialmente compuestas por el autor y musicalizadas por Daniel Vásquez; luego, una segunda sección donde las canciones se repiten , cosa de que halagando el oído puedan ser fácilmente aprendidas; y, por último, un tercer segmento dirigido al maestro o mentor, en el que Leopoldo analiza con claridad, brevedad, hondura y elegancia el significado y trascendencia del género literario infantil. Cada encarte lleva una guía para el usuario.