CRÍTICA
Tierra de Cocodrilos

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Como el gavial del Ganges deslizándose bajo la tierra de grande distancias, Ibeth Guzmán recorre un mundo en cincuenta microrrelatos que se convierten en el corazón de este valioso libro. Tierra de cocodrilos, título de esta recopilación de cuentos, nos sugiere inmediatamente un aspecto rebelde, reflexivo, emotivo y liberador.

Ibeth se mueve en diferentes ambientes, ligera y sutil, y levanta su cuerpo del suelo con el deseo de respirar y autoconocerse, dejando atrás el silencio de los espantos. Este deseo metafórico traduce la urgencia de los personajes en nutrirse de las vivencias, de la experiencia ìntima que se desborda en una preocupación social. Los cuentos están dotados de imágenes expresivas compuestas internamente de melodías secretas que se liberan en la mudez del cansancio de hombres, mujeres y cosas, para apartarse arrebatadamente del lugar de sus agobios.

El deterioro social, el abuso de poder la muerte, la indiferencia, la conformidad, la traición, las intenciones (buenas o malas), la rutina, la violencia familiar, la infidelidad, son algunas de las manifestaciones que se presentan en el transcurso de los cuentos. Esta condición es la que provoca en el lector el deseo de escapar y, a veces, languidecer por los múltiples caminos de la exhausta conciencia.

En esta conciencia con palos y ramas del saber, la autora ejecuta una fecudación interna de todos sus huevos, plasmados en pensamientos, inquietudes, obsesiones y vivencias. Como ovípara apalabrada, ella entierna sus huevos sicológicos en la realidad de los otros. Ibeth Guzmán rompe con el silencio y nos conduce a ese deseo de no masticar con dientes conformistas, de modo que sacude y despedaza con su crítica los estereotipos entronizados en la cultura. Su nueva teoría de vida próspera, a fin de reemplazar aquellos deteriorados dientes, esta vez con la mordedura portentosa de sus cuentos. Así toma su epicentro la manifestación de un sutil trasfondo de reivindicación y cambio.

Estos cuentos se construyen dentro de una realidad que denuncia la palabra. Como ocurre en “El diablo en pañales”, minirelato que nos introduce a su lectura con el poder de cuestionar la órbita existencial y mirarla con ojos penetrantes, para observarla como una realidad dura, escamosa y seca.

La falta de sensibilidad convierte al ser humano en un potencial caos: nosotros, adaptados a la sangre, al abuso del poder, a la muerte, de la misma manera en que los cocodrilos se adaptan a la vida acuática, y solo de vez en cuando salen para asechar o fecundar.

En “La vida espera”, el cuento tropieza con la imagen de dos mujeres cargadas por la enfermedad, la rutina, la soledad y la tristeza.

 Se aprecia aquí el reflejo de la necesidad del autoconocimiento, de entender el valor esencial de la vida con sus complejos significados. De no confrontar los cambios, arriesgándolo todo por ese sentido común de pertenecernos.

Por otro lado, en “Repeticiones”, se cuestiona la felicidad masculina: “Si me multiplicara en seis mujeres, todos ellos serían felices”. Es el deseo interesante de producir felicidad en la inconsistencia de la imaginación, que se refleja en el espejo de los otros, cuando dependo del mundo para obtener o que precisamente no encuentro.

El humor hace su entrada en el relato titulado “Parlanchinas” y el elemento sorpresa gana territorio en estas ficciones con el cuento “Tierra de cocodrilos” que le da nombre al libro. El protagonista Tulio Martínez, un hombre huraño y misántropo que cría lagartos y a quienes los vecinos detestan y evitan. Este personaje se desdobla en el símbolo de una sociedad convertida en una suciedad asfixiante, como puede verse en el diálogo que sigue a continuación:

La muerte y el dolor se reflejan en los cuentos “Ya estaba muerta” y “Llegando a casa”, en los cuales se dibuja la duda y la impotencia ante la muerte de un ser amado. Aquí se plasma la añoranza del deseo de expresar las fortalezas y tornarse invencibles.

Por último, la relación de pareja y la violencia familiar es el tema sobre el cual giran los cuentos “No más”, “De noches sin luna”, “Esposa y amante”, “Siempre juntos”, y “La alfombra”.

En este último el narrador omnisciente expresa lapidariamente: “El hombre, culpable de haber apuñaleado (sic) a su esposa, pasó el resto de sus días en la cárcel. Todo por haber comprado una alfombra podrida”. Esa sangre que corre aún en nuestra sociedad como lo hace el cocodrilo, que se aferra a la presa con mandíbulas poderosas y dientes filosos, arrastrándola debajo del agua hasta ahogarla.

Finalmente, esta obra, “Tierra de cocodrilos”, tiene un amplio espectro de interpretaciones que asiste al lector a reconocer e identificar las cualidades del conocimiento social, para reflexionar sobre la unificación y armonización entre hombres y mujeres. El trabajo literario de Ibeth Guzmán está abocado a la tarea de cerrar el abismo que existe entre hombres y mujeres, y en el ser humano con respecto a su mundo y a sí mismo. Desde estos cuentos se promueve la autoconciencia del Ser, la sensibilidad, la igualdad, la justicia, el respeto mutuo,  el amor genuino y el valor hacia la vida. A mi juicio, Tierra de cocodrilos es la denuncia de una mujer cansada de gritar, por lo que indudablemente será escuchada desde sus propias fauces.