CRÍTICA
Variaciones sobre temas oligárquicos

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El origen histórico de la oligarquía dominicana descansa en una tríada formada por un sacerdote, una mujer casada infiel a su marido y la hija de una esclava negra. La mujer es un componente muy importante en la historia de nuestra oligarquía, pero a su vez constituye un tabú del cual no se habla ni se escribe desde 1901 cuando se inicia el siglo XX.

Durante todo el siglo XIX, si se estudia con detenimiento el árbol genealógico de la familia Báez, fundada por Pablo Altagracia Báez y Teresa Méndez (cuyos hijos Buenaventura, Damián, Carlos, Altagracia, Félix, Irene y Rosa fueron reconocidos, y no así los otros hijos tenidos con otra mujer: Remigio Valentín, Valentín y José Ramírez Báez), se observa que el nombre de Teresa (la Camateta) aparece dos veces  como hijas del matrimonio de Damián y Dolores Lavastida, la primera, y la segunda, del matrimonio de Altagracia y José María Camoin.

La atribución del mismo nombre a nietas de Teresa Méndez indica que en aquel siglo XIX la familia Báez reconocía y se sentía orgullosa de su descendiente, aunque fuera hija de una esclava negra y de la cual dispuso su amo como una propiedad privada para uso sexual, como en el mito bíblico dispuso Abraham de su esclava egipcia Agar en razón de que Sara, al igual que María Quezada con respecto a Pablo Altagracia Báez, no pudo darle hijos al patriarca hebreo. El paralelismo de este caso dominicano con el de Abraham es patético.

Sin embargo, el nombre de Teresa se eclipsa a partir del siglo XX y es reemplazado por el de Amelia, solo o combinado con otro nombre, ya que ella, hija de Buenaventura Báez y Fermina Andújar, se matrimoniará con el general Marcos Cabral, hijo del también general y ex presidente de la República, José María Cabral y Luna, protegido de Báez, de quien se separó políticamente para convertirse en héroe de la Restauración y miembro distinguido del Partido Azul liderado por Gregorio Luperón.

Con el matrimonio Cabral-Báez se origina la historia de la oligarquía dominicana, al nacer su hijo, José María Cabral y Báez, que una vez adulto se casó con María Petronila Bermúdez, quienes engendraron a José María Cabral Bermúdez. Con ellos principia en Santiago el largo reino dinástico de cruzamientos de sangre y fortunas que se mantiene casi inconmovible hasta el día de hoy, pese a los grandes sacudimientos políticos, la emergencia de nuevos ricos creados por los gobiernos de Balaguer, el PRD y el PLD.

Incluso, pese al surgimiento de esos nuevos ricos y la fragmentación de numerosas fracciones burguesas en múltiples asociaciones de industriales, de comerciantes, de banqueros, de zonas francas, y de turismo, la vieja oligarquía descrita por John Bartlow Martin en “El destino dominicano” y por Esteban Rosario en “Los dueños de la República Dominicana” y otros textos, ha sabido, gracias al control de los mecanismos burocráticos públicos y privados, así como al control de más del 80 % de las riquezas del país, mantener la hegemonía frente a los poderosos grupos burgueses emergentes que todavía no han sido legitimados por los lazos de sangre, aunque se avanza en esa dirección.

Quienquiera que reivindique parentesco por lazos de sangre con el árbol genealógico de la pirámide Cabral-Báez-Bermúdez pertenece políticamente, sin importar los bienes de fortuna, a la oligarquía dominicana. El largo período de control económico y político de la sociedad dominicana, desde finales del siglo XIX hasta hoy, le otorga carácter de dinastía, lo cual unido a los matrimonios consanguíneos, convierte a sus miembros en una especie de aristocracia intocable.

La base política de esa aristocracia intocable es el Estado autoritario fundado por Pedro Santana sobre la nación y con exclusión total del pueblo organizado. Ahí reside la inexistencia de la nación dominicana y su reemplazo por esa caricatura de Estado obligada a orbitar, como decía Américo Lugo, en torno a los Estados verdaderos.

Aparte de la exclusión del pueblo en la construcción de la nación dominicana, el Estado que la reemplaza se funda en el patrimonialismo y el clientelismo, lo cual explica, hasta hoy, la retahíla de gobernantes sin principios  y la caterva de Constituciones promulgadas y que no han sido  otra cosa que letra muerta en el país, como decía Peña Batlle, quien concluía con la infeliz ocurrencia de que Trujillo había sido el creador del verdadero Estado nacional.

La nación es el verdadero negocio redondo de los políticos y de la oligarquía dominicana y sus intelectuales ancilares, quienes reproducen y mantienen ese mito que les reditúa pingües beneficios a través del patrimonialismo y el clientelismo. Esto les permite postergar “sine die” cualquier proyecto que vaya en la dirección de crear un verdadero Estado nacional burgués moderno fundado en principios y valores y en los rasgos que lo especifican: separación entre lo público y lo privado, Estado de Derecho, igualdad efectiva de todos ante la ley, reconocimiento efectivo de todos los  derechos humanos, civiles, políticos y sociales, construcción de la ciudadanía, soberanía efectiva del territorio, juridificación y territorialización y no la fragmentación en 32 provincias para pasto de caciques clientelistas, Estado laico, monopolio efectivo de la violencia legítima, ahora en manos de pequeños ejércitos privados de delincuentes, narcotraficantes y gente poderosa ligada a la política y los negocios, impartición de justicia efectiva y cero impunidad para el delito público y privado.

Pero en el Estado autoritario y presidencialista que nos gastamos, estos rasgos del Estado nacional moderno funcionan al revés. La prensa y los intelectuales, cuya misión es iluminar, criticar y proponer soluciones en contra del patrimonialismo y el clientelismo, se dedican, con excepciones ínfimas, a apadrinar la corrupción, a guardar silencio o a reprimir la crítica, a recibir contratas de obras a través de terceros, a recibir anuncios para programas de panel cuya misión es reproducir la propaganda oficial e  incluso, ahora, la modalidad más evidente de esta corrupción es el pago en efectivo, o las exoneraciones y otorgamiento de apartamentos lujosos .

En este tipo de Estado patrimonialista y clientelista, nadie en el PLD está sujeto a la ley. Los intelectuales peledeístas fueron exiliados como embajadores desde 1996. Políticamente no tenían ningún vínculo con el Presidente de la República, sino con Juan Bosch, en la mayoría de los casos. Pero la presencia de esos intelectuales en el país supondría, en el menor de los casos, su participación en los medios para debatir con sus opositores. Pero el incumbente de la Presidencia es alérgico a toda disidencia y solamente ama el elogio para su “democracia revolucionaria”. Lo que prueba que en el PLD el único intelectual antipatrimonialista y anticlientelista fue Juan Bosch.

Por otra parte, la contraparte de la antigua izquierda intelectual que tronó contra Balaguer durante los doce años, llegó cansada al período 1986-1996 y el propio caudillo de Navarrete cooptó una parte de estos izquierdistas, el PRD la otra, y ya, con Juan Bosch, la más teórica había pasado al PLD. La caída del muro de Berlín en 1989 fue el apocalipsis.

De modo que  nada hay que le cueste más al presupuesto anual de la república que un izquierdista renegado. Este arrastra una pequeña clientela amante de bares y salones que la caricatura de Estado dominicano debe alimentar permanentemente, a riesgo de perder sus valiosos servicios de contrainsurgencia política. 

Quedan, para mostrar las excepciones, algunos intelectuales de la izquierda que no se han plegado a ningún gobierno. Fieles al materialismo histórico y dialéctico, siguen pensando que lo ocurrido en 1989 fue una traición y no el colapso de las dictaduras de partido único.