¿Cuánto cuesta tu tiempo?

Manauri Jorge

Puede ser una hipótesis jodona si consideramos la física y sus teorías, pero creo que la próxima guerra mundial no será por petróleo, ni por agua y menos por territorio, creo que será por tiempo. Sí, estoy convencido de que lo más preciado para los humanos será –o es- eso porque es lo único que no se puede manipular o sacar de una probeta, lo otro se hace de forma artificial.

El tiempo se ha convertido en algo tan preciado por los mortales que ya se paga lo que sea por tener la mayor cantidad disponible para completar una amalgama de diligencias “necesarias” para rozar el éxito. Prefieres pagar el doble para desplazarte si el taxi te asegura llegar más rápido al destino. Por algo se llama fastfood, la velocidad tiene su precio.

¿Otros ejemplos? Claro, pagas casi 200 dólares más por un vuelo directo para no hacer escalas y “perder” cuatro horas de tu preciada vida. La membresía de Prime en Amazon es para que los productos lleguen en menor tiempo a los clientes y los afiliados van aumentando. A veces prefieres transitar cinco kilómetros sin congestionamiento que tres en constante cambio –lo digo por experiencia propia con la Marginal de Las Américas-.

Al menos las nuevas tecnologías son aliadas de este ahorro temporal con una serie de aplicaciones móviles y facilidades que realmente funcionan. Ya no hay que desplazarse hasta un banco para hacer una transacción, incluso desde el gimnasio puedo hacer la compra de la casa, reunirme con el cliente por Skype o escuchar un audiolibro, todo eso mientras me ejercito. El panorama futurista de Wall-E, Inteligencia Artificial y Demoledor no está tan lejos.

Hasta ese punto parece razonable gastar un poco más de dinero por tener mayor tiempo, aunque realmente no se cambia la relatividad de Einstein porque no compras lapso, sino movimiento. Lo que se adquiere cuando pagas por “minutos” realmente es movimiento, es la posibilidad de mantenerte acelerado porque lo que no se soporta es estar estático, estancado.

¿Dónde está el problema? En la distribución. Queremos hacer tantas cosas en 24 horas que sentimos no dan. Trabajo, gimnasio, diversión, reuniones, comer, llevar y recoger los niños del centro educativo, conducir, dormir, chatear, crecimiento profesional, preparación académica, relación de pareja, tiempo con la familia y cuidado personal. No sobra un minuto para algo más.

En psicología se usa la denominada tabla de tiempo, donde se distribuyen las horas que una persona dedica a diferentes actividades de su vida. Así te pasas 30 años de pie, 23 durmiendo, 17 sentados, 16 caminando, 9 trabajando, 7 comiendo, 3 en el transporte urbano, casi 6 a ver televisión, 1.5 a reír, 250 días a la lectura, 110 días al sexo y 8 días a saludar.

Ya el problema no es en qué inviertes tu tiempo sino en quién. ¿Te devolverán los afanes el abrazo que no le diste a tu hija? ¿Tener el bíceps definido compensará la falta de sexo matutino? ¿Podrías dedicar una hora del chat a leer un libro que aporte? ¿Para qué necesitas más horas si las que tienes son las mismas desde el principio de la civilización? ¿El problema es que no te alcanza el tiempo o que te enfocas en el hacer más que en el ser?

En promedio pasamos dos terceras partes del día trabajando y durmiendo. La última ración la dividimos con malabares entre todas las vainas que sumamos para sentir que avanzamos, para mantener la sincronía con el entorno manipulado. Lo curioso es que si mañana fuera tu último día de vida no hicieras casi nada de lo que a diario haces, sino que buscaras lo que en el fondo sabes que es realmente importante para ti, para los tuyos, para vivir.

En la película In Time con Justin Timberlake se plantea un futuro donde cada día de faena tiene un valor temporal. Si se te gastan los segundos, mueres. No creo que el futuro sea tan apocalíptico como esa cinta, pero hoy vivimos con el cronómetro en la frente y distribuimos los segundos hasta para el cariño. Tanto afanar por tener más que por ser, tantas excusas para escapar de nosotros mismos porque, al final, se trata de eso, ocuparnos en hacer para no ocuparnos del ser. ¿Cuánto cuesta tu tiempo? No te cotices, quizás tu hijo sea el comprador.


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