Cuidemos a nuestros escolares

El sistema educativo dominicano tiene que fijar su mirada atenta y minuciosa en el mercado de sustancias controladas, incluyendo las drogas, y su relación con el estudiantado, sobre todo con los muchachos y muchachas matriculados en los cursos de secundaria. Hay serios indicios y evidencias menores de que por lo menos siete sustancias que crean dependencia y daños cerebrales han rondado y rondan las escuelas y colegios privados.
Sabemos que el tema de los estupefacientes y sustancias conexas ha sido tratado de manera marginal por la sociedad dominicana y por las autoridades estatales. En un primer momento lo consideramos un aspaviento de sectores y luego minimizamos sus efectos, hasta que despertamos a la realidad triste de que Haití y República Dominicana son dos puntos importantes en el tránsito de la oferta mundial de drogas. Hoy, el consumo de estupefacientes es una cuestión dolorosa y preocupante en nuestra sociedad, con una evidente secuela de violencia y delincuencia.
Los jóvenes son el principal blanco de la oferta de estas sustancias y entre estos están los más de 900 mil estudiantes de los cursos secundarios de nuestro sistema escolar, el público y el privado. Las autoridades del sector, los padres, los maestros, el Gobierno y la sociedad en general tienen que darse cuenta de este fenómeno y actuar en consecuencia para contenerlo. La palabra mágica es prevención, alejar a los ofertantes de las escuelas y del barrio y dotar a los muchachos y muchachas de herramientas sicológicas y éticas para que puedan huir de las manos largas de estos mercaderes de la destrucción.
Los observatorios, los estudios de organismos internacionales y las encuestas indican que entre los secundarios dominicanos hay consumo de fármacos tranquilizantes, adquiridos sin prescripción médica; de tabaco, alcohol, estimulantes no recetados, éxtasis, marihuana y cocaína. En algunos casos, incluso se ha encontrado la sustancia más deletérea de todas, la heroína.
El Ministerio de Educación debe abrir esta ventana de trabajo y dejarse acompañar de entidades especializadas que por 30 o 40 años han estado en nuestros barrios acompañando a jóvenes, de manera silenciosa pero eficaz, para alejarlos de la tentación de la droga.
Urge hacerlo, y los maestros de aulas lo saben.